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Opinión

Si Sheinbaum pide más, España acata

A pesar del acercamiento del Rey, la presidenta mexicana «esperaba más»

Si Sheinbaum pide más, España acata

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum. | Luis Barron (ZP)

En el complejo tablero de la geopolítica latinoamericana, la relación con la antigua metrópoli suele ser un termómetro de madurez pragmática. Sin embargo, en los últimos años, México se ha erigido como una anomalía desconcertante, marcando una distancia que no sólo lo separa de España, sino de sus pares regionales, incluidos aquellos que comparten su sintonía ideológica de izquierda. 

Mientras el continente avanza en una relación de respeto institucional con la Corona española, el movimiento político que gobierna México parece atrapado en la dinámica de aquella canción de los años noventa del grupo dominicano Los Ilegales: «La morena quiere más». No importa cuántos puentes se tiendan ni cuántos gestos de cortesía se realicen; el Gobierno de Morena siempre encuentra una razón para elevar la apuesta, estancado en una insatisfacción crónica.

México es hoy la gran excepción en el trato de América Latina con la Corona. Desde su proclamación en 2014, Felipe VI ha ejercido una diplomacia de presencia constante, asistiendo a las tomas de posesión de líderes de todo el espectro político. La lista incluye al boliviano Luis Arce, el peruano Pedro Castillo, la hondureña Xiomara Castro, el colombiano Gustavo Petro y el chileno Gabriel Boric. El Rey incluso acompañó el regreso de Lula da Silva en Brasil y visitó la Cuba de Miguel Díaz-Canel. En este panorama, la normalidad es la regla y la cortesía es la herramienta.

Sin embargo, con México la historia tomó un rumbo distinto cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió en 2019 dinamitar el puente diplomático mediante la exigencia de una disculpa formal por la Conquista del siglo XVI.

Resulta difícil satisfacer a un Gobierno que está obstinado en un planteamiento históricamente forzado y jurídicamente huérfano. Los hechos de la Conquista sucedieron cuando España, como Estado nación actual, no existía, y México, tampoco. Además, resulta una contradicción vital que los actuales gobernantes mexicanos exijan perdón por un episodio del que también fueron participantes activos sus propios ancestros y cuando México, ya formado como país, exterminó a los apaches (en ese caso no existe siquiera a quién pedir perdón).

Se trata de una pelea con fantasmas donde se pide cuentas al presente por los actos de un pasado remoto y ajeno, ignorando que la prosperidad de miles de familias depende de la estabilidad con el segundo país inversor en México.

Para el público español, es fundamental entender que Morena es el equivalente de Podemos. Ambos son partidos que operan desde un pedestal moral permanente, utilizando el juicio hacia los demás como una estrategia de comunicación para ganar y mantener el poder. No son movimientos abiertos a la negociación pragmática, sino formaciones de «todo o nada» que necesitan el conflicto para alimentar su narrativa de identidad.

México «esperaba más» del Rey

La Corona ha intentado múltiples acercamientos para romper este congelamiento ideológico. Un ejemplo claro fue el otorgamiento del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025 al Museo Nacional de Antropología de México, un reconocimiento al corazón de la identidad que el oficialismo dice proteger. Asimismo, el Rey mostró su disposición al visitar en el Museo Nacional del Prado la exposición «Tornaviaje», donde se destacó el legado artístico de la Nueva España y la importancia de las culturas indígenas.

Hace unos días, cuando asistió a la exposición La mitad del mundo. La mujer en el México indígena, Felipe VI hizo referencia a la complejidad de la historia compartida reconociendo abusos. Y la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum no se alejó demasiado de la línea marcada por su antecesor. Aunque reconoció el gesto, sentenció que México «esperaba más».

Esta insaciabilidad se hizo evidente con la invitación al Rey para acudir a la inauguración de la Copa del Mundo de 2026, un acto al que Sheinbaum no va a asistir, seguramente para prevenir un abucheo como el que se llevaron sus antecesores en 1970 y 1986. Cuando los medios preguntaron si dicha invitación era parte del deshielo en la relación bilateral, ella minimizó su propio gesto, diciendo que lo había invitado a él «y a otros».

Esta parálisis diplomática no se detendrá hasta que Morena —que no México— vea a la Casa Real pidiendo perdón de rodillas. Se trata de una postura que sacrifica el futuro y la relevancia internacional del país en el altar de un nacionalismo de manual, todo por cumplir el capricho personalista de López Obrador que su sucesora ha decidido heredar, al punto de haber pretendido que en su toma de posesión, hace año y medio, España no estuviera representada por su jefe de Estado. 

Mientras el resto de la izquierda latinoamericana recibe al Rey —y, a través de él, a España— como un socio estratégico, el Gobierno mexicano se queda solo en un rincón, alimentando un berrinche que ignora la lógica histórica más elemental y las necesidades del siglo XXI. Ya sabrán los españoles hasta dónde están dispuestos a llegar.

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