¿Cómo no vamos a estar hartos de la familia Pantoja?
«Como diría Shakira, ‘los Pantoja no lloran, los Pantoja facturan’. Pero quien dice Pantoja, dice Rivera»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La familia Pantoja es como la marea, que sube y baja, lo ocupa todo y luego vuelve a su sitio. La familia Pantoja también marea: ahora se quieren, ahora se odian; van al amor y vuelven al odio con pasmosa facilidad. La familia Pantoja es el Guadiana de esta columna, pues aparece y desaparece según la exclusiva de turno. Como diría aquélla: ¡Estoy harto de la familia Rivera! Ay, no, perdón, que aquélla no era otra que la dichosa tonadillera. Lo que de verdad quería decir es: ¡Estoy harto de la familia Pantoja!
Y me da que ustedes también.
Pero, claro, la confusión nos viene por el resultado de la combinación de ambos clanes en una figura clave: Kiko Rivera Pantoja. El culmen de la fusión nuclear del salseo patrio, un ejemplar único que reúne lo peor de cada casa, que ya es decir.
Por un lado, sorprende toparnos con la noticia de una reconciliación y no un conflicto. El acercamiento con Isabel Pantoja —ese «qué fácil ha sido», que muestra cómo un gesto casi banal, «he levantado un teléfono», adquiere ahora valor simbólico, pues resume años de ruptura en una llamada telefónica— introduce un giro de guion que, lejos de desactivar el relato, lo reconfigura. Kiko habla de lágrimas, de perdón mutuo, de una puerta que se abre casi sin esfuerzo. Incluso hay un elemento de redención: reconoce errores, admite que «la ha cagado un montón» y revisa con cierta distancia aquel estallido de «La herencia envenenada» que dinamitó la relación. Cómo será que hasta se han borrado de su memoria esos billetes escondidos por Cantora de los que antes hablaba con tanta soltura…
Pero en televisión, como en la dramaturgia clásica, cada resolución exige un nuevo conflicto. Una especie de revisión del icónico grito «marxista» (de los hermanos Marx): «¡Más madera, es la guerra!» Ahí entran Irene Rosales y Jessica Bueno, convertidas en antagonistas de esta nueva etapa. El tono conciliador desaparece y da paso a una dureza sin matices: «no me hacen bien». Es decir, ya no habla mal de su madre, sino de las madres de sus hijos, a las que sitúa en un mismo plano de ruptura emocional. Y muestra un desapego total que convierte la distancia en algo definitivo, casi programático: «Me la pelan las dos enormemente». No hay ni ambigüedad ni voluntad de entendimiento, sino una ruptura expuesta con crudeza.
El mismo Kiko que pedía perdón en el frente materno se transforma cuando el foco se desplaza. El cambio de tono no es gradual sino abrupto. Sobre Irene Rosales lanza un dardo contundente: «Lo único que le interesa es el dinero». (…) «Toma, aquí lo tienes para que no les falte de nada, ya veremos si es para las niñas o no»: con estas palabras sentencia la preocupación de Irene por el bienestar de sus hijas. No es una insinuación, es una acusación acompañada de reproches acumulados: «Estoy cansado de que se aproveche de mí». Estratégicamente, se presenta como víctima («Solo quería pasar el mayor tiempo con mis hijas y su madre me lo ha quitado, y por no querer pelear más, lo he aceptado») y desplaza el conflicto del terreno emocional al económico, donde las posiciones se endurecen y las reconciliaciones son más improbables.
Con Jessica Bueno, el movimiento es distinto, pero complementario: se trata de una deslegitimación del relato ajeno. Para ello, desarma la imagen pública de armonía que ella e Irene habían proyectado en televisión. «Montaron un numerito. Me gustaría que la señorita Jessica Bueno enseñara el móvil a ver cuántas veces Irene la ha llamado para preguntar por mi hijo. Me gustaría verlo», sugiriendo que todo es una escenificación interesada. Y añade un elemento más corrosivo: cuestiona el vínculo real entre Irene y su hijo mayor, insinuando que ese afecto se diluyó con el tiempo. La estrategia es clara: si no puede controlar el relato, erosiona su credibilidad.
Su reacción responde a una lógica casi industrial. La reconciliación con Isabel Pantoja no reduce el ruido: lo desplaza. Y las declaraciones contra Irene Rosales no son un exceso puntual, sino la apertura de nuevas líneas argumentales que garantizan continuidad. Lo que no esperaba es que, al pasarse de rosca, ésta acabara por convertirse en oscuro objeto del deseo mediático, lo que se ha materializado en un contrato en Mediaset que le garantiza seguir la partida cobrando por cada puñalada, cada secreto confesado, cada mentira descubierta. Joaquín Prat ya se recrea con su primer zasca al doliente: «¿No querías que se buscara un trabajo?» Ea, pues, ya lo tiene. Una más para vivir de este cuento de nunca acabar.
Kiko, consciente de que no abandona el culebrón, trata de reescribirlo. Nos vende que pasa por un momento de reajuste vital. Habla de paz mental, de pasar página y de centrarse en su relación con Lola, el nuevo amor de turno. Y en ese equilibrismo entre la paz interior y la guerra abierta, se sitúa exactamente donde quiere: en el centro del relato. Por ahora, con permiso de Irene Rosales: veremos si convertida en colaboradora consigue hacerle sombra.
Convertido en blanco de críticas feroces, Kiko nos hace creer estos días que hace autocrítica («Así que sí, he perdido los papeles, pero eso no me quita ni un ápice de razón. Ni justifica todo el odio que estamos recibiendo. Porque lo que estamos viviendo no es normal») cuando, en realidad, su lamento no es más que promoción para una nueva entrega de su rentable melodrama personal: «Este viernes vuelvo a televisión. Y lo único que quiero es poder hablar, explicar cómo me siento… pero diciendo todo lo que tengo que decir. Porque ya está bien de callar». ¿Callar? Muchacho, ¡si no paras de soltar por esa boca!
Y es que, como diría Shakira, «los Pantoja no lloran, los Pantoja facturan». Pero quien dice Pantoja, dice Rivera.
Nota al pie de página: Servidor, como Kiko, también he decidido cerrar «el grifito» de las actualizaciones, porque esto se mueve más que los partes de guerra entre Estados Unidos e Irán y sus acuerdos de cese el fuego. Esta noche de viernes, todo lo escrito se autodestruirá a los diez segundos de comenzar un programa que nuestro «pequeño del alma» ha sabido alimentar para llevárselo calentito regalando un más que probable buen dato de audiencia.
El show debe continuar.
