Vox y su descenso a los infiernos con Viktor Orbán
Quienes vitorean a Viktor Orbán no están defendiendo Occidente, sino aplaudiendo a quienes trabajan para demolerlo

Santiago Abascal entre dos de los líderes europeos más supuestamente cercanos a Putin, Viktor Orban (i) y Marine Le Pen (d). | Ricardo Rubio (EP)
Voy a tratar de contar la realidad para que lo entienda cualquiera que no quiera dejarse engañar por la propaganda. Durante la última década, esa derecha occidental que se informa poco y tuitea mucho ha decidido erigir un becerro de oro en Europa Central, adorando con un fervor casi erótico a Viktor Orbán. Han vendido a Hungría como el último bastión de los valores tradicionales, el paraíso del conservadurismo, el faro de la familia cristiana y la trinchera inexpugnable contra la izquierda woke. El coñazo que nos han dado con Orbán ha sido infinito. Pero cuando rascas la superficie y te atreves a mirar los datos, lo que asoma no es un modelo a seguir, sino un relato preventivo terrorífico. Orbán no es la antítesis de la izquierda identitaria; Orbán representa, a todos los efectos, la derecha woke más irreflexiva y estúpida. Ha instaurado un Estado fundamentado en el victimismo crónico, la cancelación del disidente (no vaya a ser que se ofendan los ofendiditos de su parroquia) y, lo que es aún más flagrante, un intervencionismo económico que es puro socialismo de la vieja escuela. Detrás de los eslóganes baratos del Gobierno y sus activistas que hablan de un país fuerte, patriótico y próspero —el faro de Occidente, la Perla del Danubio, la Cuarta Roma, el París del Este y demás zarandajas—, se esconde una sociedad profundamente deprimida, empobrecida y medicada a base de alcohol barato. Que casi el 37% de los hombres tenga un trastorno con la bebida (el dato más alto del mundo) y que el país siga en el podio de los rankings de suicidios en la Unión Europea es la prueba del algodón: el modelo social de Orbán no está salvando a su gente; la está dejando caer. ¿Este es el modelo de Vox?
Hablemos de economía, porque a algunos autodenominados «liberales» se les llena la boca defendiendo el libre mercado, bajar los impuestos —patatín, patatán—, pero luego aplauden a un régimen que ha convertido a Hungría en un infierno de planificación central. Si en 2009 Hungría estaba en el puesto 44 de los países más libres del mundo, para 2026 se ha despeñado hasta el puesto 79. Y no es para menos. Ante la crisis, Orbán decidió aplicar recetas puramente soviéticas: controles obligatorios de precios en alimentos básicos como la harina, el azúcar o el aceite. Como dicta la economía para principiantes, esto provocó un desabastecimiento crónico en los supermercados. Sumemos a esto la práctica nacionalización del sector energético, el IVA más alto de todo el mundo occidental —un asfixiante 27%— y una serie de impuestos confiscatorios a la banca y a las multinacionales diseñados como una extorsión mafiosa para obligar a las empresas a malvender sus filiales a los amigos del Gobierno. El resultado macroeconómico de este disparate es que Hungría sufrió la mayor inflación de la Unión Europea, superando el 25% en 2023, aplastando el poder adquisitivo de sus ciudadanos, mientras el país se coronaba en el Índice de Transparencia Internacional como el Estado más corrupto de toda la UE. Un auténtico capitalismo de amiguetes, cutre, provinciano y letal, donde el antiguo instalador de gas y amigo de la infancia del primer ministro, un tal Lőrinc Mészáros, es hoy el hombre más rico del país.
Pero el espejismo no solo se desmorona en la economía; la farsa social es aún más grotesca. Se han fundido un 5% del PIB en políticas para fomentar la natalidad y defender a la sacrosanta familia tradicional. ¿El éxito incontestable? Bueno, ellos lo venden como un éxito rotundo, pero los datos son testarudos: la tasa de fertilidad, tras un ligerísimo repunte inicial, se ha vuelto a desplomar hasta un paupérrimo 1,31 hijos por mujer, lejísimos de la tasa de reemplazo. Lo único que lograron las masivas ayudas para la compra de vivienda fue crear una burbuja inmobiliaria salvaje. Los vendedores simplemente sumaron la subvención al precio de las casas, duplicando los precios en Budapest, haciendo imposible la emancipación para los jóvenes solteros y creando una trampa de deuda para las mujeres que, por problemas de fertilidad o divorcios, no logran cumplir la cuota de hijos prometida al Estado.
Y mientras el Gobierno se envuelve constantemente en la bandera de la protección infantil y la moral cristiana, Fidesz ha construido gran parte de su relato aprobando leyes homófobas (sí, homófobas) bajo la excusa de proteger a los menores, pero el mayor escándalo de la década en Hungría lo protagonizaron ellos mismos a principios de 2024. El país entero descubrió que la presidenta de la República y la exministra de Justicia —dos pilares absolutos del conservadurismo de Orbán— habían firmado en secreto un indulto presidencial para el subdirector de un orfanato estatal. ¿El delito de este hombre al que perdonaron? Coaccionar y presionar a los niños huérfanos para retiraran sus denuncias por abusos sexuales contra el director del centro, un depredador que llevaba años abusando de decenas de menores. La furia popular fue tan colosal que ambas dirigentes tuvieron que dimitir fulminantemente, dejando claro que, a la hora de la verdad, el régimen prefiere proteger a sus encubridores antes que a los niños vulnerables. Como aquí con los sueltavioladores.
También conviene mencionar el bochorno internacional de József Szájer a finales de 2020. No hablamos de un cargo menor; Szájer era miembro fundador del partido, la mano derecha de Orbán en Europa y, literalmente, el redactor principal de esa nueva Constitución húngara que blindó el matrimonio de forma exclusiva como la unión entre un hombre y una mujer. Pues bien, en plena pandemia, mientras los ciudadanos europeos sufrían severas restricciones de movimiento, la policía belga allanó un piso en Bruselas y desmanteló una orgía gay ilegal en la que participaban 25 hombres. La imagen del gran arquitecto de la moral puritana de Orbán intentando huir desesperadamente de la policía, descolgándose por la tubería de un desagüe con pastillas de éxtasis en la mochila, es el resumen definitivo de lo que representa este Gobierno: lecciones de moralidad y familia tradicional de cara a la galería, y podredumbre por la puerta de atrás. Cualquier parecido con la realidad española del sanchismo es, como diría Santiago Segura, «una putada». Doble moral en estado puro. Aquí, en vez de pastillas de éxtasis, somos más de cocaína.
La farsa no termina en la alcoba o en los orfanatos, sino que se extiende a las fronteras. El mismo líder que cimentó su poder construyendo vallas y jurando proteger a la nación de la inmigración, ha convertido su país en un coladero silencioso de mano de obra barata. Ante la sangría de talento joven que huye de la corrupción y el colapso demográfico que sus políticas no han sabido frenar, Orbán está llenando Hungría de megafábricas de baterías chinas y surcoreanas. Para hacerlas funcionar, el Gobierno está expidiendo visados a escondidas de su electorado rural más reaccionario para importar a cientos de miles de trabajadores procedentes de Filipinas, Vietnam o Mongolia. Pura xenofobia (sí, xenofobia) en los carteles electorales de cara a la galería, mientras abre la puerta trasera a la inmigración masiva por desesperación económica.
Sin embargo, la verdadera tragedia, la que afecta a la seguridad de todo el continente, es la traición geopolítica. Orbán ha convertido a su país en el caballo de Troya de los peores tiranos del planeta. El hombre que se hizo famoso en 1989 pidiendo la retirada de los tanques soviéticos, hoy es el mamporrero diplomático de Vladímir Putin. Y no hablamos de simples vetos o de arrastrar los pies en Bruselas. Hablamos de la mayor crisis de lealtad institucional de la historia de la UE: grabaciones filtradas que exponen al ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ofreciendo entregar documentos internos de Bruselas directamente a Serguéi Lavrov. Esto no es soberanía; esto se llama espionaje y sabotaje activo. Es entregar los secretos de tus aliados a la potencia que está masacrando a un país vecino. Y es asqueroso.
La hostilidad de Hungría hacia Ucrania es de una bajeza moral inenarrable. Mientras Putin bombardea civiles, Orbán califica a Volodímir Zelenski de enemigo, su número dos dice que el presidente ucraniano tiene un problema mental y bloquean fondos vitales de supervivencia bajo el cínico argumento del pacifismo. Todo esto mientras permiten que policías de la dictadura comunista china patrullen las calles de Budapest. E incluso hemos sabido, gracias a otra filtración, que el Gobierno húngaro ofreció cooperación de inteligencia a Irán tras la explosión de los buscapersonas de Hezbolá, aterrorizados por sufrir represalias. Y aquí es donde la paradoja explota: mientras Trump bombardea Irán y la administración estadounidense repudia estos regímenes, personajes como JD Vance peregrinan a Budapest para pedir el voto por Orbán. Un vicepresidente de Estados Unidos metido hasta el cuello en las elecciones de un país de diez millones de habitantes, un país pobre, ayudando a reelegir a un autócrata que sirve en bandeja los intereses de Moscú, Pekín y Teherán. Es un insulto a la inteligencia. Recordemos que Eurostat utiliza un indicador llamado Actual Individual Consumption (AIC) para medir el bienestar material real de los hogares, es decir, los bienes y servicios que las familias realmente pueden permitirse consumir. Y según los últimos datos consolidados, el consumo de los hogares húngaros ha caído al 72% de la media de la UE, situándose en la última posición de los 27 Estados miembros, por debajo incluso de Bulgaria y Rumanía.
La esquizofrenia política de Orbán alcanza su clímax de cinismo con su relación con el Estado de Israel. Por un lado, se erige como el gran escudo diplomático de Benjamin Netanyahu en Bruselas, vetando cualquier resolución europea que incomode a su Gobierno. Por otro, Fidesz no tiene el menor pudor en resucitar la retórica antisemita más oscura de la Europa de los años treinta para demonizar a sus enemigos. Como ese supervillano judío de 95 años llamado Soros que osó nacer en Budapest. Orbán ha llegado a pronunciar discursos alertando sobre un enemigo que se esconde, que no es nacional sino internacional y que especula con el dinero, empapelando Hungría con vallas publicitarias que recuerdan a la propaganda del «judío burlón».
Y en este albañal húngaro es donde entra Vox, protagonizando uno de los episodios de vasallaje político más lamentables de la historia reciente de España. Un partido que ha basado toda su existencia en gritar a los cuatro vientos «España es lo primero», que rechaza furibundamente cualquier injerencia extranjera, ha decidido vender su alma y su supuesta independencia a la chequera de Budapest. Abandonaron el grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), donde compartían filas con Giorgia Meloni —una líder atlantista, pro-OTAN y respetuosa con el Estado de derecho—, para arrodillarse ante la nueva plataforma de Orbán, Patriotas por Europa, el vertedero de lo peor del continente, aliado de Putin y enemigo declarado de la democracia liberal.
¿Por qué este cambio tan drástico? Solo hay que seguir el rastro del dinero. Vox financió sus millonarias campañas de 2023 con créditos provenientes del MBH Bank, una entidad controlada directamente por la red de oligarcas de Orbán. Es decir, el partido de la supuesta soberanía española está siendo financiado e hipotecado por la casta corrupta de un Gobierno extranjero. No hay patriotismo en esto; hay una operación transaccional, una franquicia teledirigida donde Santiago Abascal pone la cara en los carteles mientras oscuras redes de poder en la penumbra —orquestadas por el clan de Julio Ariza y chiringuitos como el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (Issep)— importan a Madrid la maquinaria del autoritarismo húngaro. Prometieron ser el dique de contención contra el comunismo, y han acabado sentados en la misma mesa que los defensores de Putin. El descenso a los infiernos de este movimiento lo encarna, con trágica perfección, Hermann Tertsch. Quien hace 15 años, siendo un periodista de prestigio en el diario El País y el ABC, alertaba con lucidez en 2011 sobre la deriva de Fidesz titulando que «Budapest nos ataca a todos los europeos», hoy debería mirarse al espejo y sentir una vergüenza profunda. El Tertsch de 2011 repudiaría con asco al eurodiputado Tertsch de 2026. Hoy, convertido en vicepresidente del chiringuito de Orbán en Europa, se ha dedicado a mendigar fotos y rendir pleitesía en Bucarest a sujetos como Călin Georgescu, un individuo deleznable que llamaba semidictador a Zelenski, alababa a Putin como un verdadero líder y exaltaba a Ion Antonescu, el dictador criminal, admirador de Hitler, y responsable de exterminar a cientos de miles de judíos. Que Tertsch se codee con admiradores de Antonescu o Alexander Dugin, el ideólogo de Putin y los nazbols rusos que busca destruir Occidente, demuestra que han tirado a la basura cualquier rastro de decencia «liberal-conservadora».
Hungría no es el modelo de una alternativa exitosa al capitalismo democrático. Es el laboratorio de la corrupción institucionalizada, un Estado mafioso donde los medios de comunicación libres han sido asfixiados y entregados en bloque a fundaciones del gobierno, donde las elecciones se ganan infundiendo terror y culpando a Zelenski de la inflación, y donde la ley se redacta a medida para blindar el saqueo de los fondos públicos.
Ser de derechas, en mi opinión, ha de significar ser la alternativa real al colectivismo, al estatismo y a la tiranía. Significa defender la libertad individual, la democracia liberal, el Estado de derecho, los contrapesos institucionales y la soberanía frente al matonismo de autócratas extranjeros. Quienes hoy vitorean a Viktor Orbán, a los herederos de Le Pen, a Alternativa para Alemania o a esta versión claudicante de Vox, no están defendiendo Occidente. Están aplaudiendo, ciega y estúpidamente, a quienes trabajan a sueldo para demolerlo. Y eso, sencillamente, repugna.
