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Dos búhos reales y un pino gastronómico

Esta es la historia del búho real hizo del pino de mi madre su restaurante gastronómico de proximidad

Dos búhos reales y un pino gastronómico

Búho real (Bubo bubo sibiricus) |Foto: Carlos Delgado vía Wikipedia

El búho llegó a nuestras vidas como llegan, a veces, otros miembros de la familia. Muy al gusto de unos, menos bienvenidos por otros. Por sorpresa para todos.

Era verano y empezamos a notar a las palomas y otros pájaros que viven en los pinos de casa de mi madre más agitados que de costumbre. Tan agitados, que veíamos a los pies de los árboles más plumas de lo habitual. 

Supimos más tarde que entre aquel montón de plumas había egagrópilas. O sea, que de baile nocturno nada. Algún depredador se los estaba zampando. Un atardecer, en un edificio cercano, apareció un pájaro enorme. Estaba inmóvil, mirando durante minutos hacia nuestra casa. Era un búho real. Al fin le poníamos cara al que había hecho del pino de mi madre su restaurante gastronómico. 

Mi familia recibió al búho con entusiasmo. A mí me costó más aceptarlo. Me lo imaginaba atacando a los gatos que viven cerca de casa o al nuestro, que tiene más de dónde agarrar y menos capacidad de plantarle cara, porque jamás en su vida de sofá y comida asegurada le ha hecho falta plantarle cara a nada. 

A mi madre le daba igual la posible incompatibilidad entre los miembros animales de su familia. Quien no se lleve bien con alguien, que se vaya. Ésa es su ley. Si alguna vez el búho regurgitó y le pasó cerca a alguien, no había derecho a la queja. Mi madre argumentaba que otras molestias le daríamos nosotros al búho y él no decía nada. Y fin del asunto. 

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El Grande, a través de los prismáticos. | Foto: Inma Garrido.

Cada noche, el búho hacía su aparición. Cuando oscurecía, se posaba en el edificio cercano a casa. Nos observaba, nos sobrevolaba y desaparecía hasta el día siguiente al amanecer, que volvía a sobrevolar el jardín y desaparecía de nuevo. 

Así todos los atardeceres. Así cada amanecer durante años. 

Mi madre nos hablaba del búho como si fuese alguien de la familia. Nos mandaba vídeos del búho, nos contaba a qué hora había aparecido hoy o a qué hora se fue ayer. Y si algún día no lo veía, pocas cosas teníamos más claras que como alguien le hubiese hecho algo al búho, la íbamos a tener.

El búho, finalmente se quedó a vivir en nuestro pino. A mi madre le pareció estupendamente. A las palomas supongo que les hizo menos gracia, pero ahí siguieron todos. Para el búho, tener tanta comida de proximidad sería como el que tiene un huerto en casa. Tan a gusto estaba allí, que la primavera pasada lo que era un búho pasaron a ser dos. Oficialmente llamados El Grande y El Pequeño

Este verano el entretenimiento de cada día era estar en el patio a las 21:00 para ver a los búhos. Vimos cómo El Pequeño aprendía a volar. Inseguro al principio, llamando a El Grande, y volando como un adulto al final del verano. 

Nadie en casa se cuestionaba ya si los búhos nos gustaban o no. Eran los búhos de mi madre. Nos llamábamos si los veíamos volar y para el Día de la Madre le regalamos a la nuestra unos prismáticos para que los observara mientras dormían en sus ramas.  

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El Grande, en su pino gastronómico y el agente medioambiental subiendo al pino. | Fotos: Inma Garrido.

Pero desde hace un mes, El Pequeño no ha vuelto al pino de casa y El Grande no se ha movido de la rama donde le gustaba estar. Pasaron los días y mi madre llamó a los agentes de protección animal para contárselo. Como El Grande seguía sin moverse, esta semana han venido a recogerlo. Han tenido que trepar el pino y cuando han llegado a él, se ha confirmado lo que temíamos. Ya no hay búho grande porque lo han encontrado muerto y porque hoy, después de años, nos hemos enterado de que El Grande era La Grande.

Nos han dicho que estaba okupando el nido de unas palomas y que, si ha estado tantos años con nosotros, seguro que otro búho (o búha) real vendrá a vivir a ese árbol. 

Ya no veremos nunca más a La Grande, pero nos hemos quedado tranquilos al confirmar que La Grande ha estado tan feliz con nosotros como nosotros lo éramos cada vez que la veíamos sobrevolarnos.

Ojalá El Pequeño vuelva pronto. 

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