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Cómo Hemingway convirtió unos Sanfermines locales en una fiesta universal

El libro del estadounidense ‘Feria’ popularizó la tradición navarra y cambió para siempre la fiesta

Cómo Hemingway convirtió unos Sanfermines locales en una fiesta universal

Hemingway con un sombrero a la derecha de la imagen. | Wikimedia Commons

Jake Barnes es corresponsal de un periódico norteamericano en el París de 1922. Cohn, un amigo que vagabundea por allí. Brett, la hermosa divorciada que ha convertido la capital francesa en un andén entre dos trenes. Mike, la promesa de marido que se ha procurado entretanto. Y Bill, un amigo de Jake que solo parece pensar en la pesca.

A todos ellos, y al torero Pedro Romero, trasunto del Niño de la Palma, los reúne Hemingway en la Pamplona de Fiesta (1926). Es decir, en los Sanfermines.

La fiesta celebra al copatrón de Navarra, san Fermín, hijo de Firmo, un oficial romano cristianizado hacia el siglo III por san Saturnino, obispo de Toulouse. Según la leyenda, Fermín se habría establecido en Amiens y muerto mártir. Según la tradición oral en Pamplona, de ahí viene el pañuelico rojo que se lleva al cuello en las fiestas.

Origen e historia de los Sanfermines

La historia de los Sanfermines sería larga de contar. A lo largo de los siglos ha conocido cambios. Entre los siglos XIV y XVI hubo un baile de fechas que hizo que fuesen celebraciones otoñales primero, solsticiales más tarde y veraniegas finalmente. En 1939 se ideó el ritual del txupinazo, el estallido de un cohete que da inicio a la fiesta, el mediodía del día 6 de julio.

Lo más conocido de las fiestas es el encierro, el trayecto que los seis toros que van a participar en la corrida de la tarde hacen a las ocho de la mañana entre el establo y la plaza, cruzando el casco antiguo de Pamplona. Antiguamente, los toros eran llevados por los ganaderos. De esta costumbre se mantiene la actual tradición de correr delante de los animales hasta que lleguen a su destino.

Pero no solo existe esa costumbre durante los Sanfermines. Entre las muchas tradiciones que los constituyen están la misa y la procesión de San Fermín, patrón de Pamplona y de Navarra, el encierrillo –en el que cada día, a las diez de la noche, se lleva al establo a los toros que participarán en el encierro de la mañana siguiente– o el «riau riau», una celebración popular en la que los ciudadanos cantan y bailan un vals del siglo XIX, ocupando las calles del centro e impidiendo el paso a la corporación municipal. El riau riau lleva varios años ausente de las celebraciones oficiales, aunque sigue realizándose de forma extraoficial.

Los Sanfermines son un cúmulo de tradiciones y una amalgama de cristianismo y paganismo. Hemingway supo verlo al instante. La corrida de toros, afirma en su novela, es «una tragedia en tres actos». Más tarde, en cambio, observa que «San Fermín es también una fiesta religiosa».

De hecho, puede decirse que es precisamente la recreación literaria de los Sanfermines a manos de Hemingway lo que dio forma a lo que conocemos hoy. Basta un vistazo a la novela para comprobarlo.

Pamplona era una fiesta

Varios son los temas en Fiesta. El primero es el drama de Jake: su impotencia, causada por una herida de guerra, queda subrayada por la ironía de que Brett lo prefiera entre los hombres que la pretenden (Mike, Romero, Cohn) y por la exaltación de la virilidad que supone la fiesta de los toros. Es Jake además el narrador, pero no nos desvela su dolencia hasta muy avanzada la historia, y lo hace sin profundizar en ello, para que el lector lea entre líneas.

Otro tema de fondo es el clima anímico, que convierte Fiesta en un emblema de lo que Gertrude Stein bautizó como la «generación perdida», traumatizada por la Primera Guerra Mundial. De hecho, fue Stein quien aconsejó a Hemingway que conociera los Sanfermines.

Así, la herida de Jake invita a una lectura simbólica, y señala un mal que no le es exclusivo. Reveladoramente, uno de los sarcasmos que Cohn dirige contra Brett –la llama «Circe», porque «convierte a los hombres en cerdos», como la hechicera de la Odisea– sugiere que, al igual que Ulises, este grupo de norteamericanos se resiste a regresar a su patria tras la conclusión de una guerra que ha derribado todas sus certezas. Tras la visible hambre de acción acecha en realidad el tedio.

Un tercer tema tiene que ver con ese tedio y con la personalidad de Hemingway. El escritor era alguien que no solo escribía sobre aventuras sino que convertía la propia escritura en ello, alguien que gustaba de cazar cocodrilos en Florida, pescar atunes en Cuba o disparar a las fieras en África.

Eso buscan los personajes, un atracón de aventura y exotismo con tres manifestaciones obvias: la mencionada tensión sexual, los toros y la bebida. No debe olvidarse que Fiesta se escribe durante la Ley Seca y que el autor procede de Chicago, una ciudad convertida en centro del tráfico ilegal de licor.

Pues bien, contra aquella disyuntiva entre abstinencia y ebriedad, entre ilegalidad y puritanismo, lo que encuentran estos norteamericanos en los Sanfermines es una vivencia festiva y gozosa. Se bebe públicamente, sin remordimiento y con alegría.

Hemingway y los Sanfermines

No fue Fiesta lo único que escribió Hemingway sobre Pamplona. Antes, en octubre de 1923, había publicado el artículo ‘Pamplona in July’ (Pamplona en julio) en el Star Weekly de Toronto, tras su primera visita –de un total de diez–. Después mencionaría las fiestas en Muerte en la tarde, 1932, su libro sobre el toreo.

Sí fue, sin embargo, su consagración como escritory la consagración universal de los Sanfermines (pese a que la mayor parte de la novela no tiene esta fiesta como escenario, sino París, San Sebastián, Bayona y Madrid).

El propio Hemingway pudo comprobarlo tras un largo paréntesis. Durante la década de 1940 no pudo visitar Pamplona (se había significado en favor de la República y escrito Por quién doblan las campanas, un alegato contra la política de no intervención), pero cuando se restablecieron las relaciones diplomáticas entre EEUU y España le faltó tiempo para coger el avión.

Lo que encontró fue algo parecido a un boomerang: en lugar de la fiesta local de una pequeña ciudad, ahora veía el tumulto cosmopolita propiciado por la popularidad de su propia novela (y de la adaptación cinematográfica rodada en 1957 en México por Henry King).

En suma, la realidad imitaba al arte: la fiesta era ahora una muchedumbre de extranjeros ávidos de emular las andanzas de Jake, Mike y Brett en una suerte de parque temático, mientras que la población local añadía al tradicional pañuelico rojo, un uniforme de camisa y pantalón blancos que solo era unánime en la película de King, en la lógica kitsch de quien desea confirmar un tipismo de postal en la mirada del foráneo. Y, por supuesto, la vertiente más pagana empezaba a prevalecer sobre la religiosa.

No le gustó, dicen.

The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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