Confirmado: un estudio demuestra que los hombres lloran más por el fútbol que por amor
Según la investigación, los varones tienden a expresar sus sentimientos solo en contextos valorados como muy viriles

Un hombre llorando. | Freepik
Todos hemos escuchado alguna vez en la vida la frase: «los hombres no lloran». Especialmente de los propios protagonistas. Y es que, a pesar de que la mentalidad está cambiando en muchas partes del mundo, desde los primeros años de vida, la socialización masculina suele reforzar mensajes implícitos o explícitos contra la muestra de los sentimientos de los varones, tradicionalmente vista como una «debilidad». Esto genera presión en los individuos, provocando que teman a mostrar públicamente sus emociones, sobre todo frente a otros hombres, algo considerado como «poco masculino».
Curiosamente, con el fútbol ocurre lo contrario. Son muchos los varones que, bien durante la práctica de este deporte o alentando a algún equipo, exhiben con confianza lo que sienten en ese momento. Gritan, ríen, cantan, insultan… Incluso, la expresión emocional en este ámbito a veces va más allá: lloran. Y no se trata de ninguna exageración: según un estudio publicado en la revista Frontiers in Psychology, los hombres lloran más por el fútbol que por amor.
La investigación —Las creencias sobre las emociones están vinculadas a las creencias sobre el género: el caso del llanto de los hombres en los deportes competitivos—, dirigida por Heather J. MacArthur, buscaba discernir si es más aceptable que los hombres lloren en ámbitos estereotípicamente masculinos. Es decir, conocer si llorar en espacios donde predominan roles masculinos rígidos está mejor visto que en otros donde no. Para ello, se realizaron dos experimentos.
En ambos, los participantes leyeron una viñeta sobre un hombre o una mujer llorando en un entorno estereotípicamente masculino o estereotípicamente femenino para después al protagonista en diferentes aspectos relacionados con sus emociones. Generalmente, calificaron a los bomberos de género masculino que lloraban como emocionalmente fuertes, mientras que los enfermeros varones no recibían la misma calificación. Posteriormente, se realizó la segunda prueba en la que las viñetas estaban relacionadas con los deportes, y las contestaciones expusieron que los varones tienden más a derramar lágrimas tras perder una competición en levantamiento de pesas que en patinaje artístico.
Tras analizar los resultados, se llegó a la conclusión de que los hombres tienden a expresar sus sentimientos solo en contextos valorados como muy viriles, porque en este campo se considera socialmente «aceptable» hacerlo. El fútbol ha sido percibido históricamente como masculino, idea que a día de hoy sigue presente en muchos contextos, lo que hace que dentro de este marco la exposición de emociones no sea juzgada. «Los estereotipos de género y emociones sugieren que los hombres no lloran ni deberían llorar; sin embargo, el llanto masculino parece ser particularmente prominente en contextos como los deportes de competición», explica MacArthur.
Esto también podría explicar por qué, en otro tipo de contextos, como podrían ser acabar una relación amorosa o perder a un ser querido, los hombres manifiesten menos las emociones en comparación con las mujeres. Y es que, según un estudio compartido en la revista Der Ophthalmologe, los varones lloran entre 6 y 17 veces al año, mientras que las mujeres lo hacen entre 30 y 67. «Las expectativas culturales de masculinidad continúan requiriendo que los hombres expresen sus emociones en formas que las deslindan claramente de la mujer y la feminidad», advierte MacArthur.
El fútbol como catalizador de emociones
En conclusión, seguir a un equipo de fútbol o practicar este deporte representa para muchos hombres algo más que un simple pasatiempo: es una especie de ventana en la que poder mostrar sus emociones, frustraciones, miedos e incluso sueños, sin temor a juicios sociales. El fútbol les ofrece un espacio donde pueden expresar libremente sentimientos que a menudo permanecen reprimidos: alegría, rabia, amor o decepción. Para muchos futboleros, el equipo funciona a modo de «segunda patria», una familia simbólica que trasciende el lugar de nacimiento, la residencia e incluso el idioma. Esto, además, permite que los hombres conecten emocionalmente con otros, compartan vivencias y construyan un sentido de pertenencia que va más allá de lo estrictamente deportivo.
