El soldado español que asombra a la OTAN, se tira en paracaídas y anda a cuatro patas
El malinois belga se ha convertido en el estándar en las unidades de operaciones especiales

Lucas, el perro del Mando de Operaciones Especiales del Ejército español.
Que se te acerque un perro ladrando a la carrera es normal en términos relativos. Que lo haga tras arrojarse desde un avión lo es bastante menos. Que además esté integrado dentro de una unidad de élite de un ejército y que se le trate casi como a una estrella debido a su valor es ya extraordinario. Se llama Lucas, ladra, muerde, olisquea a su alrededor y en la OTAN poco menos que le hacen la ola. Es un soldado más del MOE, el Mando de Operaciones Especiales del Ejército español.
Lucas no habla, no porta un arma, pero es capaz de defenderse. Tiene cuatro años, cuatro patas y un olfato capaz de salvar vidas. Es un pastor belga malinois integrado en uno de los cuerpos de élite del Ejército de Tierra y, en el ejercicio Steadfast Dart 26, es uno de los operadores que la OTAN está siguiendo con más atención, y hasta le dedican espacio en la web de la Alianza Atlántica.

Lucas está adscrito al Núcleo Canino del Mando de Operaciones Especiales. Es una estructura que en los últimos años ha transformado el papel tradicional del perro militar en algo más cercano a un sistema de combate remoto que a un simple detector de explosivos. Su nombre, elegido por su guía, procede del latín y significa «el portador de luz», una elección que no es retórica. En escenarios donde un error cuesta vidas, su función consiste en arrojar claridad allí donde el ojo humano no llega.
El malinois belga, raza a la que pertenece Lucas, se ha convertido en el estándar en las unidades de operaciones especiales occidentales. Con un peso que suele rondar los 30 kilos y una altura en cruz cercana a los 60 centímetros, combina resistencia, agilidad y una enorme capacidad de concentración. Su esperanza de vida suele ser de entre 12 y 14 años, pero su ciclo de servicio es mucho más corto debido a su exigencia.
Lucas llegó al MOE con apenas tres meses de edad, y no es un capricho sentimental, sino una decisión técnica. Los responsables del Núcleo Canino sostienen que el vínculo entre guía y perro debe forjarse antes de que el animal cumpla un año. Es la edad con la que tienden a superar las pruebas de trabajo que determinan su idoneidad operativa. Su vida fuera del servicio tampoco es la normal en la de un cánido doméstico. Desde cachorro convivió con el militar que hoy es su responsable directo. Duerme en su casa, comparte entorno familiar y establece un lazo que en combate se traduce en obediencia inmediata y confianza mutua.
El entrenamiento de un K-9 (pronunciado en inglés «keináin», canino) de operaciones especiales no tiene una fase de inicio y otra de final. Es continuo. Lucas y su guía acumulan cuatro años de preparación exigente e ininterrumpida. Cada jornada incluye sesiones de obediencia avanzada, trabajo de detección, acondicionamiento físico y simulaciones tácticas en las que el refuerzo positivo es la base del método. Mordedores, pelotas y premios alimenticios generan conductas que deben permanecer estables bajo presión extrema.

El MOE dispone de instalaciones específicas para sus perros: zonas de descanso, áreas de recreo, circuitos de entrenamiento y un cuidadoso control veterinario permanente. A pesar de semejante carga profesional, el modelo español insiste en la convivencia doméstica. El guía no solo entrena a Lucas; vela por su alimentación, su estado sanitario y su equilibrio emocional. En operaciones especiales, el binomio humano-animal es indivisible.
La especialidad de Lucas es la lucha contra artefactos explosivos improvisados, los denominados IED. Está capacitado para detectar un amplio catálogo de explosivos, desde mezclas caseras hasta compuestos militares complejos de alta potencia. Su olfato puede identificar concentraciones de tamaño tan pequeño que pasarían inadvertidas para sensores electrónicos. En un teatro de operaciones, eso significa localizar amenazas antes de que una patrulla avance o un convoy se detenga sobre una trampa.
Su capacidad no se limita a la detección. Lucas puede operar a distancias de hasta cuatro kilómetros de su guía. Esa cifra, poco habitual en el ámbito canino tradicional, es posible gracias a un programa desarrollado por el Núcleo Canino del MOE. Han desarrollado procesos que integran drones terrestres y aéreos, sistemas de radio, comandos de voz y guiado por láser. El perro recibe indicaciones remotas y se dirige con precisión hacia puntos concretos del terreno donde se ejecuta una misión.
Equipamiento específico
El arnés que porta tampoco es un simple accesorio. Puede incorporar cámaras, focos de iluminación y marcadores que transmiten información en tiempo real a la unidad en la que está integrado. Lucas actúa como avanzadilla, reconoce zonas sospechosas y confirma o descarta la presencia de explosivos.

Esa combinación de instinto animal y tecnología ha convertido al perro de operaciones especiales en una pieza clave y cada día más utilizada. No sustituye al combatiente, sino que amplía su alcance y multiplica su seguridad. La experiencia acumulada por el MOE desde 2017, con despliegues en escenarios como Irak, ha servido para depurar procedimientos y consolidar métodos propios en el empleo de las unidades caninas.
Durante el ejercicio Steadfast Dart 26, Lucas y su guía realizarán una inserción aérea. El perro saltará en paracaídas equipado con una máscara de oxígeno adaptada para soportar la altitud, y no es una imagen pensada para la galería. Es una capacidad que permite introducir al binomio en zonas de difícil acceso junto al resto de la unidad. El entrenamiento para estos saltos incluye habituación al ruido, a la presión y a la sensación de vacío, factores que en un animal no se pueden improvisar.
Sonrisas en la OTAN
Lucas está desplegado junto a su unidad en el ejercicio Steadfast Dart 26, la principal actividad anual de la OTAN en 2026. Reúne a unos 10.000 militares de 11 países. España participa con unos 1.500 efectivos. El objetivo es demostrar la capacidad de la Fuerza de Reacción Aliada para desplegarse en plazos muy cortos y converger ante una crisis en territorio aliado.
El ejercicio integra capacidades terrestres, aéreas, marítimas, espaciales y cibernéticas. En ese marco, Lucas es una pieza diminuta pero al mismo tiempo reveladora. Su presencia refleja una necesidad que atraviesa a todas las fuerzas armadas aliadas: la integración de medios especializados que reduzcan riesgos humanos sin sacrificar eficacia. Frente a amenazas como los artefactos improvisados, el mejor blindaje sigue siendo la anticipación y, en esa tarea, un olfato entrenado puede resultar más decisivo que cualquier sensor.
Cuando termine Steadfast Dart 26 y las unidades regresen a sus bases, los titulares hablarán de cifras, despliegues y toneladas de material proyectado. Lucas volverá a casa con su guía, a su rutina de entrenamiento y descanso. No recibirá medallas públicas ni ascensos. Pero cada misión completada sin bajas añadirá una línea invisible a su historial. En el silencio de las operaciones especiales, ese es el reconocimiento que importa, no por lo que haya ocurrido, sino por lo que logró evitar.
