'Marimí', la superiora de las monjas HAM, repartía su cabello como reliquia
La líder religiosa regaló estampas de la Virgen con su silueta y figuritas que la equiparan con la madre de Jesús

La exlíder de las HAM junto a cabellos para reliquias y objetos suyos de veneración. | Ilustración: Alejandra Svriz
La ex superiora general de las Hijas del Amor Misericordioso (HAM) María Milagrosa Pérez promovió durante años el culto a su personalidad y divinización dentro de la asociación religiosa, hasta el punto de repartir cabello de forma periódica entre sus miembros y fieles en forma de reliquias.
Entre los hermanos y hermanas de la asociación se normalizó la petición de quedarse con objetos o restos biológicos de Marimí o Mami, como se la conocía entre sus seguidores. A cada miembro que entra en la rama masculina o femenina de las HAM se le entrega pelo de Marimí e hilo de la camisa del fundador de la asociación, el padre Antonio Mansilla, para que lo coloquen en el interior de la medalla de San Benito que se utiliza como insignia religiosa y que queda alojada en la cruz pectoral.
Hace varios años se repartió una reliquia «muy significativa» de Marimí, en palabras de una miembro de las HAM. En concreto, un trozo de prenda de la entonces superiora general con una frase bíblica de los Hechos de san Pablo: «Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían». Con ello, se quería justificar el uso de fragmentos de ropa de Marimí como objetos con poderes de curación y expulsión de demonios, comparándola con los milagros realizados a través de las prendas del santo.
Otro objeto de culto dentro de las HAM era una foto de la Virgen María mezclada con Marimí. El montaje fotográfico, con la silueta de la superiora general en una de las mejillas de la madre de Jesús, lo elaboró una de las hermanas de la asociación. También se han repartido figuritas de madera de santos y ángeles, entre los que incluyen las representaciones del padre Mansilla con gafas y la ex líder religiosa de las HAM, a quienes se venera en los belenes como los padres del hijo de Dios.

Todo este culto a la santidad de Marimí se ha llevado en el más absoluto secreto dentro de las HAM y bajo la amenaza de castigos si se verbalizaba en público. «Nos advirtieron de que si hablábamos de lo de las reliquias o de que Marimí era santa hacia fuera, nos iban a poner una penitencia que nos íbamos a enterar», relata una de las víctimas que ha denunciado ante el Papa la situación que se vive en esta asociación religiosa intervenida por la Iglesia en julio del año pasado.
En un campamento, por ejemplo, a una hermana se le escapó ante un niño que tenía cabellos de Marimí en su cruz pectoral. Ya por la noche, las hermanas recibieron una reprimenda por parte de Clara, una de Las Once religiosas que formaban parte del núcleo duro en torno a la superiora general, con la amenaza de castigarlas con una penitencia.
Las citadas fuentes hacen hincapié en la «identificación con la divinidad» que se pregona dentro de las HAM, mostrando a Marimí «como santa en vida» y atribuciones «de dones de clarividencia y control sobre la vida» de las personas que la rodean. «Ella afirma que nadie en la comunidad muere sin su permiso. Muchas veces nos decía ‘no tenéis permiso para morir’ mientras nos dejaba en una obra sin medidas de seguridad», relata una de ellas.
En los oficios religiosos también se producía un hecho llamativo, la separación o distinción sacramental en el rito de la comunión. Mientras que las hermanas recibían la eucaristía bajo las dos especies —pan y vino—, los familiares más próximos o laicos participaban bajo una sola especie. Marimí, por su parte, tenía «una posición singular» al consumir directamente del cáliz del sacerdote. «Este acto simboliza una jerarquía espiritual y de compromiso dentro de la comunidad. La diferencia en la forma de comulgar marca el umbral entre la vida consagrada, la laical y, por otro lado, el privilegio excepcional de Marimí», relata un testigo.
«Sometimiento mediante el miedo»
La ya exsuperiora de las HAM exigía «una obediencia ciega» a los que la rodeaban. El juicio propio se consideraba una falta de fe y la consulta para decisiones personales o económicas era «obligatoria» dentro de la asociación religiosa. Las víctimas relatan la «manipulación emocional» que, a su juicio, se sustentaba en «el afecto desbordado o love bombing para generar deuda» en el receptor. En caso de no sometimiento a ello, la líder de la asociación subrayaba que ese comportamiento equivalía a «herir a la comunidad».

También denuncian «sometimiento mediante el miedo», bajo la admonición de que uno quedaría «perdido o expuesto al demonio fuera de la guía de Marimí», así como la «violación de la intimidad» de las monjas HAM, ya que los directores espirituales rompían de forma sistemática el deber de sigilo, al trasladar a la superiora todo lo hablado en las charlas. Esa información era utilizada por esta última «para confrontar o humillar».
La anulación de la autonomía personal se llevó hasta el extremo de obligar a los laicos a rendir cuentas y pedir permiso para decisiones de índole personal como la compra de un coche —inclusive el modelo incluido—, la venta de su vivienda, la gestión de los ahorros y la planificación de sus vacaciones.
