Síndrome de Down: sueños hechos realidad
Este sábado, 21 de marzo, se celebra el Día Mundial del Síndrome de Down

La entrevistada, Almu, junto a su familia. | Cedida por Fátima Ros.
Me llamo Fátima y con motivo del Día Mundial del Síndrome de Down os quiero contar la historia de mi hermana Almu (24 años), la novena de diez hermanos. Almu creció viendo a sus hermanas ir cada mañana al Colegio Montealto. Cuando le tocó a ella, fue al mismo colegio. Sin caminos paralelos. Sin etiquetas en casa. Fue donde iban sus hermanas.
Nuestros padres tomaron esa decisión con responsabilidad, con dudas normales, pero con una idea clara: querían que su hija creciera en el mismo entorno, con las mismas oportunidades y el mismo día a día que el resto de la familia. Cuando habla de esa etapa, no habla de dificultades. Habla de personas. «Me gustó el cole de mis hermanas porque la gente me conoce, me cuidan, me ayudan cuando tengo algún problema… y me gustaba el comedor con la bandeja».
Ese detalle del comedor siempre aparece. Hacer la fila. Llevar su bandeja. Sentarse con sus amigas. Compartir conversaciones que para cualquiera pueden parecer pequeñas, pero que para ella fueron enormes. Porque significaban algo sencillo y profundo: pertenecer. Hablar del colegio es, inevitablemente, hablar de sus amigas. Almu las nombra una a una: Paula, Cristina, Loreto, Inés, Blanca y Paloma. Recuerda especialmente las clases de lengua: «Cuando había algo difícil, me ayudaban a pensar».
Fundación Tacumi
No le daban las respuestas hechas. No hacían las cosas por ella. Se sentaban a su lado. Le explicaban otra vez. Le daban tiempo. Le ayudaban a ordenar las ideas hasta que lo entendía. Durante esos años contó también con el apoyo de la Fundación Tacumi, que la acompañó en su proceso de aprendizaje. El lema de esta fundación -«Juntos y Revueltos»- es hoy una realidad para muchos niños como Almu.
Allí recuerda con muchísimo cariño a Irene, su reeducadora. «Irene me trataba con mucho cariño, en clase era una amiga más», dice. Ese apoyo fue importante. No sustituyó al colegio. Lo reforzó. Le dio herramientas. Le dio confianza. Le ayudó a avanzar cuando algo costaba un poco más.
Sus amigas sabían que en algunos momentos necesitaba un pequeño empujón. Y lo hacían con naturalidad. Sin dramatizar. Sin hacerla sentir diferente. Era su amiga. Y punto. Con el paso de los años cada una ha seguido su camino. Pero cuando Almu habla de ellas, no usa el pasado. Sigue diciendo: «Son mis amigas».
Porque el aprendizaje académico fue importante. Pero aprender a tener amigas —y conservarlas— ha sido igual de decisivo en su vida. Cuando le preguntas qué sabe hacer hoy gracias al colegio, contesta sin dudar: «Sé leer, escribir, rezar, cantar en misa, estudiar y hacer amigos».
Leer y escribir le dieron autonomía. Estudiar le enseñó esfuerzo. Rezar y cantar formaron parte de su crecimiento personal. Hacer amigos le dio seguridad. Pero, sobre todo, aprendió a moverse en un entorno real. A convivir con personas distintas. A superar momentos que le costaban. A no rendirse cuando algo no salía a la primera. Eso la preparó para lo que vendría después.
Hoy trabaja. Y le gusta.
Después del colegio siguió formándose, estuvo cuatro años en la Universidad Pontificia de Comillas. Dio más pasos. Aprendió nuevas cosas. Hoy trabaja en el departamento de cultura y eventos en Acciona. Y cuando habla de su trabajo, lo hace con una mezcla de responsabilidad y entusiasmo: «Me gusta mi trabajo porque hay mucha gente buena y nos encargamos de los eventos de la empresa. Me gusta porque tengo tareas que hacer, como mandar emails, hacer fichas… tengo jefe».
Tiene responsabilidades. Tiene compañeros. Tiene rutinas. Tiene tareas que cumplir. Se siente parte de un equipo. Se siente útil. Se siente orgullosa. Nada de eso empezó el día que firmó su contrato. Empezó mucho antes, en aquellas aulas, en aquellos recreos, en aquellas conversaciones con amigas que la ayudaban a pensar y a relacionarse.

Sus sueños
Y como cualquier mujer de 24 años, tiene planes. Quiere viajar a Nueva York. Lo dice con ilusión, imaginando los rascacielos y las luces. Y también dice que quiere comprarse una casa al lado de Acciona para ir andando a trabajar. Tiene sueños. Tiene ilusión. Tiene horizonte.
Es normal tener miedo. Cualquier decisión importante sobre un hijo lo genera. Pero la experiencia de Almu demuestra algo sencillo: lo más importante no es el nombre del modelo educativo, sino el trato. Que crean en sus capacidades. Que la acompañen cuando lo necesite. Que la traten por igual.
En el colegio encontró eso: un entorno donde crecer junto a los demás, donde equivocarse, aprender, celebrar y construir relaciones que duran más de una década. Lo que permanece no es solo lo que se estudia. Permanecen las amigas. Permanece el esfuerzo. Permanece la confianza. Y permanece la certeza de que cuando a una persona se le dan oportunidades reales, con cariño y exigencia, puede construir su propio camino.
Almu lo ha hecho. Y lo sigue haciendo cada día.
