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Cajal, un héroe científico en un país sin memoria

La exposición ‘El legado histórico de Santiago Ramón y Cajal’ invita a recordar la vida del padre de la neurociencia

Cajal, un héroe científico en un país sin memoria

Santiago Ramón y Cajal.

¿Cómo pensar como un premio Nobel de Medicina? Esa es la pregunta que puede plantearse el público que visite la exposición El legado histórico de Santiago Ramón y Cajal, abierta en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, de Madrid. La muestra coincide con el anuncio de la incorporación en depósito del Legado Cajal, proveniente del Instituto Cajal del CSIC, a dicho museo. Este legado es un auténtico tesoro nacional: nada menos que 28.222 piezas, entre las cuales destacan un archivo fotográfico de más de 2.700 imágenes, 1.800 dibujos científicos, más de 1.900 manuscritos y objetos tan valiosos como el diploma y la medalla del premio Nobel.

Con la idea de invitarles a hacer un viaje en el tiempo, la exposición conduce al visitante a una recreación del laboratorio y despacho de Cajal. Además de muebles históricos, como su silla y su mesa y los armarios donde ordenaba sus preparaciones científicas y los frascos con productos químicos, quedan a la vista del público su biblioteca y otros recuerdos personales.

Estos y otros elementos convierten la visita en una respuesta a la pregunta que encabeza estas líneas: ¿qué tuvo de original el pensamiento de este personaje irrepetible? ¿Cómo es posible que alguien alcanzase una categoría tan elevada en facetas tan diversas como la ciencia, la pintura, la fotografía y la escritura?

Además de un genio tocado por los dioses, Cajal fue, en lo personal, una figura tan atrayente que casi parece inventada por un novelista. Confirmando el cliché del sabio excéntrico, no solo se dedicó a observar a través del microscopio lo que él llamaba «las misteriosas mariposas del alma». También empleó la hipnosis con su mujer, a fuerza de hacer gimnasia quiso ser un juvenil «Hércules de feria», e incluso escribió un relato de ciencia-ficción, «La vida en el año 6000».

Retrato de Santiago Ramón y Cajal, por Joaquín Sorolla en 1906. Museo Provincial de Zaragoza.

Un rebelde en el laboratorio

Desde la niñez se hizo notar. Quién iba a decir que aquel chaval soñador y ocurrente sería algún día uno de nuestros científicos más ilustres. «Al decir de mis parientes ‒escribe en Recuerdos de mi vida‒, era yo entonces un diablillo inquieto, voluntarioso e insoportable».

¿Quieren un ejemplo? En cierta ocasión, tuvo la mala idea de molestar a un caballo. Harto de las ocurrencias del crío, el pobre animal le sacudió una solemne coz en la frente. «La herida fue gravísima ‒nos dice‒. Pude, sin embargo, sanar, haciendo pasar a mis padres días de dolorosa inquietud. Fue esta mi primera travesura; luego veremos que no debía ser la última».

Aquellos enredos de Santiago Ramón y Cajal (Petilla de Aragón, 1852 – Madrid, 1934) fueron corregidos con tenacidad por su padre, cirujano titular, empeñado en que sus hijos salieran de la pobreza. Con una educación muy disciplinada, el muchacho encaminó sus pasos hacia la medicina, sin desatender en ningún momento sus verdaderas pasiones: el dibujo y la gimnasia, complementadas luego por la fotografía.

Cajal alcanzó el título de licenciado en 1873 y luego estudió unas oposiciones para ser médico militar. Durante la guerra de Cuba se ocupó de las principales dolencias que padecían sus compañeros de armas: disentería, úlceras, viruela y paludismo (una enfermedad, esta última, que él mismo sufrió). También comprobó diversos casos de corrupción que descomponían el ánimo de los combatientes españoles. Esa defensa de la moral y de la integridad públicas, un rasgo característico de Cajal a lo largo de toda su vida, surgía del amor que siempre profesó a su país. «¡Oh nuestros inveterados abusos administrativos ‒escribe‒ y cuán caros los ha pagado la pobre España, siempre esquilmada, siempre sangrante y siempre perdonando y olvidando!».

En 1877, mientras iba completando los exámenes para obtener el doctorado, descubrió cuánto le fascinaba la histología gracias a otro científico excepcional, Aureliano Maestre de San Juan. Tras un par de intentos fallidos, ganó en 1883 una plaza como catedrático de Anatomía de la Facultad de Medicina de Valencia. De forma muy decidida, aun a pesar de sus dificultades económicas, avanzó en la investigación histológica del sistema nervioso en distintas universidades españolas. En este proceso, recibió la ayuda del neurólogo y psicólogo Luis Simarro Lacabra. El doctor Simarro (retratado en dos ocasiones por Sorolla) fue quien mostró el método de Camillo Golgi a Cajal. Esto último fue decisivo para nuestro investigador, que logró con ello las tinciones adecuadas para su trabajo neurohistológico.

«La pobre España, siempre esquilmada, siempre sangrante y siempre perdonando y olvidando»

Santiago Ramón y Cajal
El investigador con sus hijos: Fe, Santiago, Jorge y Paula, en Barcelona (1889).

Un descubrimiento prodigioso

Por fin, en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, celebrado en 1889, presentó sus preparaciones. Aunque al principio fue recibido con escepticismo, este acabó sustituido por el asombro ante sus revolucionarias conclusiones sobre la estructura del sistema nervioso. Una sorpresa que, por cierto, culminó en la concesión del Premio Nobel en 1906.

«Cuál fue el descubrimiento de Cajal? ‒escribe José Manuel Sánchez Ron en El país de los sueños perdidos‒ Por supuesto, el de la neurona (…). La extraordinaria actividad científica de Cajal propició la creación de instalaciones para la investigación histológica, lo que condujo a que surgiese, en los albores del siglo XX, una auténtica y floreciente Escuela Neurohistológica española».

Sus decisivas aportaciones a la histología del sistema nervioso convierten a Cajal en padre de la neurociencia. En un segundo plano, también sobresale su labor en el campo de la fotografía, y desde luego, su incansable labor humanística, como inspirador de toda una generación de españoles.

A modo de testamento, su libro El mundo visto a los 80 años resume los puntos de vista que defendió en la última etapa de su vida. Como verán, siguen siendo válidos en el siglo XXI. «Cuando se tiene la desdicha de vivir demasiado ‒escribe‒, se confirma la teoría de los ciclos históricos. Mi existencia se ha encuadrado entre dos revoluciones similares, aunque algo dispares: entre las ignominias del cantonalismo de 1873 y la revolución con miras autonomistas de 1931. ¡Quiera Dios que en el intervalo de estos sesenta y un años haya surgido en nuestro cerebro, antaño prepotente y señero, el lóbulo del sentido político y de la prudente tolerancia!».

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