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Si una autocaravana te parece limitada siempre podrás comprar un aerocaravana

La versión alada de uno de los mayores símbolos de libertad lleva a la posibilidad de aventura sin límites

Si una autocaravana te parece limitada siempre podrás comprar un aerocaravana

El avión private explorer.

Una autocaravana le debió saber a poco, muy limitada para sus más aventureros deseos. Por eso, en 1960, el empresario estadounidense Thomas Kendall decidió salir a conocer el mundo junto con su familia en un avión reconvertido en aerochalet familiar. El problema no fue el aparato en sí, sino los touaregs que se lo dejaron como un colador tras un aterrizaje en una playa del Golfo de Aqaba.

Pero desde que se ideó aquel Consolidated PBY Catalina de origen militar hasta hoy, el diseño, los materiales y la construcción han cambiado mucho. Lo que no ha cambiado tanto son las ganas de algunos que consideran que volar alrededor del mundo con una casa a cuestas es algo más que un sueño. Los más pudientes, sobre todo jeques árabes, se compran un Airbus o un Boeing de pasajeros que personalizan con comedores, duchas, dormitorios con sábanas de diseño personalizado o hasta pistas de baile.

Pero no solo se trata de volar rodeados de ampulosidad, sino de vivir en el aire, dormir entre nubes, comer sobre océanos o despertar frente a un glaciar. También hacerlo a través de fórmulas más flexibles y, por qué no, más asequibles. Pensados para ello se hicieron los Explorer.

Desarrollados entre los años noventa y la primera década del siglo XXI, estos aviones no eran simples aparatos de transporte. Eran viviendas con alas. Refugios aéreos pensados para expedicionarios, cineastas, científicos o exploradores extremos.

La idea que persiguieron sus diseñadores era que fueran capaces de despegar desde cualquier sitio, no solo pistas de asfalto; sino playas, lagos o pistas de tierra. Todo eso y la capacidad de alojar a una pequeña comunidad durante días o semanas. De esa visión nacieron tres modelos únicos: el Wilson Global Explorer, el Private Explorer y el Mini Explorer. Cada uno reflejó una fase distinta de ese deseo, desde la casa voladora total hasta el microrrefugio con una hélice.

El Wilson Global Explorer fue el proyecto más ambicioso. Nació del encargo del explorador francés Hubert de Chevigny, quien buscaba una plataforma aérea capaz de acompañarlo a los lugares más remotos del planeta. Para hacer realidad su visión contactó con Dean Wilson, ingeniero autodidacta conocido por el diseño del Avid Flyer, una avioneta ultraligera muy popular en el entorno del círculo polar ártico.

El aventurero galo no pidió una avioneta ligera, sino una casa aérea completa. A cambio, Wilson le diseñó un biplaza anfibio de unas dimensiones considerables: 12,14 metros de largo, con una envergadura de 20,42 y una altura de 6,70. Su estructura tubular revestida en tela recordaba casi a los aviones clásicos de la Primera Guerra Mundial, pero su interior rompía todos los moldes. Contaba con camas, cocina, ventanas panorámicas, espacio para siete ocupantes e incluso una compuerta en el suelo para filmar hacia abajo. Sus dos motores Lycoming de 300 caballos cada uno lo impulsaban con solidez más que con velocidad.

El fuselaje era modular. Podía desmontarse para ser transportado por vía marítima y cargarse con un helicóptero de apoyo; era un conjunto muy ligero. Su tren retráctil actuaba como patines acuáticos y los flotadores fijos laterales le garantizaban una buena estabilidad en amerizajes. Era, en palabras de sus creadores, una especie de autocaravana del aire con vocación planetaria, un verdadero hogar volador con capacidad para expediciones autosuficientes.

El primer prototipo voló en abril de 1991. Sin embargo, su historia quedó marcada por el accidente sufrido ese mismo año en Columbia Británica, cuando los aerofrenos quedaron extendidos por error durante un despegue. El avión no pudo ganar altura, impactó contra los árboles y quedó destruido. El piloto sobrevivió; la aeronave, no.

Una versión muy televisiva

Poco después se construyó un segundo ejemplar, pintado de amarillo y bautizado como «L’Avion». Con él, el explorador Stéfane Peyron cruzó Australia, América del Sur y África en varias expediciones documentales financiadas por Canal+. El avión incluso voló de Australia a Francia en 1998, pero los altos costes operativos obligaron a retirarlo. En 2001 sufrió un nuevo accidente en Francia y fue trasladado al museo de hidroaviones de Biscarrosse, donde permanece almacenado.

Lejos de renunciar al sueño, Wilson y otros entusiastas decidieron apostar por una versión más manejable: el Private Explorer, también conocido como Explorer 2. Este nuevo modelo mantuvo la esencia modular del Global Explorer, pero en un formato monomotor y con menor capacidad. Podía alojar a dos personas en cabina y hasta cuatro en su compartimento posterior, y estaba pensado para operar como una sencilla autocaravana voladora con amplio rango de vuelo.

Su estructura tubular de acero recubierta en tela, tren de aterrizaje fijo y ala alta con refuerzos le daban un aire robusto y funcional. Se podía equipar con ruedas, esquís o flotadores según las necesidades. Con una autonomía algo superior a las trece horas de vuelo, permitía cruzar vastos territorios sin escalas. Su producción, además, fue diseñada como kit de construcción para aficionados avanzados: se podía montar en casa, la pegada al suelo.

También turbinas

Los motores disponibles incluían variantes de 235 o 300 caballos, y también se desarrollaron versiones experimentales con turbinas Pratt & Whitney. El precio base rondaba los 110.000 euros actuales, aunque el coste final variaba según motor, hélice e instrumentos. Como cuando se compra un BMW: todo depende de los accesorios y nivel de acabados.

Se fabricaron seis unidades, una en Estados Unidos y cinco en Canadá por Explorer Aéron Nautique. No obstante, el proyecto se extinguió tras el fallecimiento de su propietario en 2009… en un accidente aéreo. Algunas unidades volaron. Otras nunca salieron de sus hangares.

El tercer y más modesto de los Explorer fue el Norman Aviation Mini Explorer, creado en Quebec hacia el año 2000 por Jacques Norman. Este modelo ultraligero, construido con tubos de acero soldados, alas de madera y tela, representó la versión minimalista del mismo concepto: una cabina simple con sofá cama, cocina básica y espacio suficiente para albergar a dos adultos. No pretendía ser una casa completa, sino un albergue con alas. De las cinco unidades construidas, cuatro se fabricaron en Canadá y una en Francia. Varias siguen activas.

Con un peso reducido y un rendimiento básico, el Mini Explorer ofrecía la posibilidad de vuelos autónomos sobre zonas rurales, lagos o incluso nieve. En esencia, fue un vehículo de libertad personal más que una herramienta expedicionaria. Su espíritu persistió en los márgenes de la aviación recreativa.

El sueño de Jesús Calleja

Los Explorer plantearon una idea muy loca, pero atractiva: una casa que se podía transportar con casi cero limitaciones. Se podía aterrizar en una playa, repostar en un río o seguir hacia el horizonte tras el sol. Sin embargo, la realidad técnica impuso sus límites. La aviación castiga el volumen, las grandes estructuras incrementan la resistencia al avance, exigen más potencia, consumen más combustible y reducen el alcance. Los aviones-casa no solo eran costosos, también difíciles de mantener, operar y justificar.

Por otra parte, las regulaciones aeronáuticas de la mayoría de países no favorecen las aeronaves experimentales de gran tamaño; tampoco las operaciones desde pistas no preparadas, y no digamos los amerizajes en lugares no controlados. A esto se suma el coste del mantenimiento de un bimotor anfibio y el acceso a hangares, combustible y piezas en zonas remotas. Todo ello limita la espontaneidad que caracteriza a las caravanas terrestres.

El remate fue su viabilidad comercial: el nicho de usuarios potenciales era demasiado pequeño. Incluso para los exploradores modernos, hoy existen alternativas más baratas y eficaces: drones, fotografía por satélite, navegación GPS o una infinidad de vehículos todoterreno adaptados. La necesidad de una casa aérea completa se ha reducido a una rareza técnica más que a una demanda real.

Y una posible resurrección

A pesar de su fracaso comercial, los Explorer siguen generando cierta fascinación. Su diseño, modularidad y ambición técnica anticiparon algunas ideas que hoy cobran nueva vida: autonomía, movilidad híbrida y exploración sostenible. En un mundo donde el turismo de aventura, las expediciones científicas o las operaciones humanitarias en zonas inaccesibles van en aumento, la idea de una aeronave habitable vuelve a parecer una buena idea. Los avances en materiales compuestos, motores eléctricos, paneles solares, baterías de alto rendimiento y arquitectura modular podrían permitir el regreso del concepto de casa voladora en un futuro.

Los Explorer nunca dominaron los cielos, pero dejaron huella. Sus planos sobreviven en hangares, museos y foros de aviación experimental. Quizá algún día, en un futuro donde los límites tecnológicos se hayan desplazado, alguien construya una nueva casa aérea. Una solución habitacional con alas que no entiende de fronteras, límites ni sueños atenazados por una valla. El sueño de volar elevado a la enésima potencia, cuyos pasaportes solo sellan las nubes.

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