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Así funciona el sistema de detección de misiles estadounidense que no posee Europa

Los últimos movimientos de Moscú inquietan a la defensa del Viejo Continente

Así funciona el sistema de detección de misiles estadounidense que no posee Europa

Un camión del ejército ucraniano con un cañón antiaéreo en su parte trasera. | Andriy Andriyenko (Zuma Press)

Hay inquietud en la OTAN. Rusia está instalando lanzadores del enigmático misil Oreshnik en Bielorrusia. El problema es que este país, seguidista de cualquier deseo de Moscú, es frontera con Letonia, Lituania, Ucrania y Polonia, miembro de la Alianza Atlántica de pleno derecho y país que incrementa su gasto en defensa como ningún otro país conocido.

No se sabe hacia dónde apuntan o apuntarán los Oreshnik bielorrusos, pero sí se sabe que es un misil balístico de alcance intermedio. Según estimaciones occidentales, tendría un alcance máximo de 5.500 km, suficiente para alcanzar cualquier capital europea desde territorio ruso. Moscú saca pecho y afirma que puede volar a velocidades de hasta Mach 10, aunque esas velocidades son habituales en la fase terminal de muchos misiles balísticos y no implican capacidades hipersónicas por fuerza.

El misil fue empleado por primera vez en combate contra Ucrania en noviembre de 2024 en una configuración no nuclear, lo que confirma que puede utilizarse como arma estratégica convencional. En ese ataque, según Kiev, el Oreshnik portaba múltiples ojivas con submuniciones inertes, lo que apunta a una capacidad de carga múltiple, aunque los detalles técnicos siguen siendo escasos.

A día de hoy, muy pocos países tienen un sistema de defensa contra armamento de este tipo, y ante cada bravata en este sentido de Vladímir Putin, los estrategas europeos piensan que quizá acabe siendo una necesidad. Israelíes y estadounidenses sí que lo tienen, y al menos el judío funciona bastante bien. Es menos conocido el estadounidense, con capacidades globales y un modo de funcionamiento general distinto, más ambicioso y parecido al deseable en el viejo continente.

Un ataque con misiles intercontinentales, los que llegarían a territorio continental estadounidense, es muy difícil de detener una vez iniciado. Sin embargo, es posible estar advertidos con un tiempo prudencial, que podría ser suficiente para que personal militar y ciudadanía encuentren refugio. Para disponer de ese necesario lapso de tiempo, Estados Unidos ha invertido miles de millones en la construcción de un sistema de detección temprana como el que muestra la película de Kathryn Bigelow Una casa llena de dinamita.

El corazón de este sistema, perfeccionado durante décadas, se basa en una arquitectura espacial, terrestre y en una red de ordenadores capaz de detectar, rastrear y clasificar una amenaza en cuestión de segundos. La finalidad es simple: ganar tiempo. Un minuto de advertencia puede marcar la diferencia entre la destrucción total y una respuesta defensiva.

El primer eslabón del sistema se encuentra fuera de la atmósfera terrestre, en el espacio. El Pentágono opera desde los años setenta una constelación de satélites diseñados para detectar lanzamientos de misiles mediante sensores infrarrojos que captan el calor emitido por las toberas de propulsión. Estos satélites, situados en órbitas geoestacionarias, vigilan de manera constante regiones clave del planeta. Además, en sus últimas versiones, se actualizan con sensores de mayor resolución y algoritmos capaces de distinguir lanzamientos reales de señuelos o explosiones convencionales.

Cada satélite recoge datos en tiempo real y los transmite a estaciones terrestres, donde se procesan de forma automática. La huella térmica de un misil permite calcular su trayectoria en segundos, lo que resulta clave para evaluar hacia dónde se dirige. La prioridad no es solo la detección, sino también la identificación: saber si se trata de un misil intercontinental, un proyectil de corto alcance o una amenaza nuclear.

Los satélites transportan escáneres de matriz focal que operan en bandas de infrarrojo medio y lejano, optimizados para captar el rastro de misiles en su fase de impulso. Estos sensores no solo detectan calor, sino que discriminan variaciones de temperatura muy sutiles que permiten diferenciar un cohete real de un señuelo. La combinación de sensores de escaneo amplio y de observación puntual permite cubrir vastas regiones con vigilancia continua.

Miles de sensores conectados

El procesamiento de datos se apoya en la fusión de información procedente de una cascada de sensores. Esto implica la combinación con datos de otras fuentes como radares, señales electrónicas y observaciones ópticas. Con todas ellas y su análisis se puede generar una imagen única y coherente de la amenaza. La inteligencia artificial y el aprendizaje automático se aplican en este nivel para filtrar ruido de fondo, reconocer patrones de vuelo y anticipar trayectorias incluso antes de que el proyectil complete su fase de impulsión inicial.

Los radares de apertura sintética también resultan de gran ayuda. Su capacidad para redirigir el haz electrónico sin necesidad de mover componentes físicos permite escanear el espacio aéreo en milisegundos y concentrar su potencia en objetos sospechosos. Con frecuencias de operación en bandas UHF y L, estos radares son menos susceptibles a interferencias atmosféricas y pueden detectar objetos pequeños a gran altitud, incluso en condiciones adversas.

La integración de estos sensores se dispone de manera distribuida y redundante. Si uno de los centros de control fuera atacado o quedara fuera de servicio, otros asumirían el relevo para ejecutar su misma función. Cualquier interrupción o sabotaje en un nodo específico no colapsaría la cadena de respuesta.

Radares de cobertura global

De forma complementaria, existen radares de alerta temprana desplegados en enclaves estratégicos. Los hay en las costas este y oeste de Estados Unidos, así como en otras instalaciones como Thule (Groenlandia) o Fylingdales (Reino Unido). Estos radares controlan sectores enteros del hemisferio norte y son capaces de seguir cientos de objetos de manera simultánea con una precisión superior al 90 %.

El papel de estos radares es doble. Primero, confirmar la detección realizada desde el espacio. Segundo, seguir el vuelo del misil, incluso tras su fase propulsiva, durante el tramo medio y el reingreso. Con estos datos, el sistema de defensa puede calcular el punto de impacto estimado, priorizar objetivos y activar las plataformas de interceptación adecuadas. Toda esta información se canaliza hacia el Mando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD) y el Comando Estratégico de Estados Unidos (USSTRATCOM), encargados de autorizar respuestas tácticas o estratégicas.

Atasco de datos en segundos

Uno de los avances más notables del sistema es su capacidad para procesar grandes volúmenes de información en tiempo casi real. Cuando un satélite detecta una señal sospechosa, los datos se validan mediante varios procedimientos, incluida la inteligencia artificial, que reduce el margen de error y descarta falsos positivos. En menos de un minuto, la cadena de mando recibe un informe detallado que incluye la ubicación del lanzamiento, el tipo de misil, su altitud, velocidad y posible blanco.

Este proceso automatizado reduce la dependencia del elemento humano en los primeros momentos, aunque la decisión final de respuesta sigue en manos de los mandos militares y, en última instancia, del presidente. En simulaciones recientes, el tiempo estimado desde la detección hasta la autorización de una respuesta puede reducirse a tres minutos si el blanco es el territorio continental estadounidense. La velocidad de decisión, sin embargo, debe equilibrarse con el riesgo de error, motivo por el cual se siguen utilizando sistemas redundantes para verificar cada paso.

El Pentágono no opera este sistema en solitario. Las estaciones de radar ubicadas en el Reino Unido y Groenlandia se operan en coordinación con la Royal Air Force y el Gobierno danés, respectivamente. Japón y Corea del Sur participan en redes regionales integradas que alimentan la base de datos común sobre lanzamientos de Corea del Norte. Israel, por su parte, coopera con sistemas como Arrow e Iron Dome, diseñados con tecnología estadounidense para hacer frente a amenazas regionales.

Intercambio de datos

Además, la OTAN mantiene el programa Active Layered Theatre Ballistic Missile Defence, que se alimenta de la arquitectura estadounidense. En un futuro cercano, sistemas europeos como el radar GM400 de Thales y los sensores del Eurofighter se integrarán más en esta red, lo que aumentará su cobertura y capacidad de respuesta.

Aunque el sistema actual ha demostrado eficacia frente a misiles balísticos convencionales, las nuevas amenazas requieren una evolución constante. Los misiles hipersónicos, que vuelan a velocidades superiores a Mach 5 y maniobran durante el trayecto, reducen el margen de reacción y complican la predicción de la trayectoria.

También se exploran el uso de sensores de nueva generación en plataformas no tripuladas, radares cuánticos que prometen una detección más precisa y herramientas basadas en inteligencia artificial, capaces de predecir lanzamientos mediante patrones de comportamiento observados en ejercicios militares o despliegues logísticos. El futuro de la defensa aérea estadounidense no depende solo de la tecnología, sino también de la coordinación entre agencias, aliados y estructuras de mando robustas capaces de actuar sin fallos en momentos de máxima tensión.

En Europa no tenemos nada de este nivel; sin embargo, los polacos han visto las orejas al lobo y se van a gastar más de 2.000 millones de euros en un sistema de defensa que blinde su frontera, o parte de ella. No será algo como lo que maneja la Casa Blanca, pero sí que servirá para amenazas más pequeñas, que serían más frecuentes, habituales y puede que hasta más dañinas. Bruselas medita.

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