China está experimentando la reconversión de buques civiles en plataformas de combate
El país asiático posee al menos 1.900 buques mercantes que podrían militarizarse

Buque militar chino.
Eran sencillos barcos de pesca, en especial arrastreros y balleneros. Su aspecto, en plena Segunda Guerra Mundial, era tan amenazador como el de una vaca pastando. Pero en un par de minutos retiraban unos paneles abatibles y aparecían por la borda cañones al más puro estilo de piratas y filibusteros. Eran los Q-boats ingleses, puro engaño embarcado. Ahora los chinos están aplicando esta táctica, pero con dimensiones y tecnologías abrumadoras que inquietan a las cúpulas militares.
Los Q-boats británicos eran robustos, pensados para faenar con mal tiempo, pasaban desapercibidos, incluso estando a su lado, y tenían muchos rasgos comunes. China ha tomado nota de la idea, y está experimentando con algo parecido. Sin embargo, resulta mucho más llamativo por la contundencia de las pistas que están dejando.
Todo comenzó en septiembre de 2025, cuando un ciudadano hizo fotos de un extraño carguero con una retahíla de contenedores. Hasta aquí, todo normal. Pero poco a poco fueron emergiendo imágenes de otras soluciones, tecnologías e inventos que no son una rareza en navíos militares, pero sí en barcos mercantes como es el Jeongda 79.
Es un portacontenedores ni especialmente moderno ni grande. Con apenas 100 metros de eslora, su cubierta está siendo transformada en un experimento flotante de arquitectura militar. Amarrado en el astillero de Hudong-Zhonghua, Shanghái, representa un concepto que la comunidad de defensa lleva décadas imaginando… y temiendo: un barco arsenal camuflado que podría pasar por un inofensivo carguero por cualquier ruta comercial.

Diversos analistas militares e informaciones procedentes de distintos servicios de información apuntan a que los contenedores apilados sobre la cubierta no son tan inofensivos como parecen. En lugar de transportar paquetes de AliExpress, albergan sistemas de armas, sensores de radar y hasta catapultas electromagnéticas. Lo que parecía una idea algo alocada ha tomado forma tangible y, aunque todo indica que se trata de una plataforma de pruebas, insinúa que la ingeniería militar china va a avanzar por esa senda.
Tras seguir la pista a diferentes imágenes captadas con relativa facilidad, todo apunta a que el Jeongda 79 ha servido como banco de ensayos para múltiples configuraciones. En principio, su cubierta fue equipada con hasta 60 celdas de lanzamiento vertical (VLS, por sus siglas en inglés) distribuidas en 15 contenedores de 12 metros, idénticas a las utilizadas por destructores chinos Tipo 055. A esa instalación se añadieron sistemas defensivos como el cañón automático Tipo 1130 de 30 milímetros, sensores ópticos y radares montados sobre contenedores, además de lanzadores de señuelos Tipo 726, todo dispuesto sobre la cubierta sin una integración desarrollada. Estaban puestos encima, sin más, y carentes de las estructuras habituales en barcos militares.
En otra variante posterior, y bastante más sorprendente, se retiró la mitad de los contenedores para instalar una catapulta electromagnética de 44 metros, similar a las disponibles en los portaaviones más avanzados. Montada sobre cuatro camiones especiales alineados, parece diseñada para lanzar drones desde la propia cubierta del buque por un procedimiento de instalación rápida y no fija.
Todos estos cambios sugieren que el programa no busca un diseño final, sino explorar distintas posibilidades: defensa aérea, guerra electrónica, lanzamiento de drones, ataque con misiles o una combinación de todas ellas. A diferencia de los buques de guerra convencionales, este experimento se construye sobre la lógica de lo reemplazable. El sistema no está integrado en la estructura del barco, sino en módulos intercambiables, de quita y pon.

Como si fueran piezas de Lego, los sensores, armas, radares y lanzadores pueden retirarse o añadirse en función de la misión. El resultado es una plataforma de combate modificable y adaptable con facilidad, aunque con limitaciones evidentes en términos de robustez y coordinación entre sistemas.
Inocentes contenedores
Lo que parece claro es que el eje sobre el que pivota todo es el uso de contenedores comerciales para ocultar armamento. Novedad no es, pero China parece haberlo llevado a una escala hasta ahora inédita. Los sistemas de armas encapsulados en contenedores se remontan al programa Club-K ruso, revelado en 2010, capaces de disparar misiles Kalibr desde contenedores estándar. Estados Unidos, Israel e Irán también han explorado variantes similares, pero ningún país había dispuesto hasta ahora de un buque entero como campo de pruebas para desplegar esta capacidad.
Estos contenedores pueden albergar misiles de crucero, drones suicida, equipos de guerra electrónica o estaciones remotas de control. También pueden incluir torretas automáticas, sensores pasivos y sistemas de comunicaciones encriptadas. Algunos incluso se han diseñado con capacidad de operación autónoma gracias a inteligencia artificial. Su mayor virtud es el engaño: pueden ser transportados por buques, trenes o camiones sin levantar sospechas, mimetizados con el entorno logístico global. Podría darse el caso de que ya estén estacionados y esperando órdenes en destinos remotos. Suena aterrador.
Desde el punto de vista estratégico, el peligro es doble. Por un lado, permiten ocultar la preparación de un ataque, como ya ocurrió en la llamada Operación Telaraña de junio de 2025, cuando Ucrania infiltró drones en territorio ruso dentro de camiones civiles. Por otro, convierten cualquier contenedor en armamento pesado, lo que distorsiona las normas de identificación y protección de la infraestructura comercial, que podría quedar tocada en caso de infiltraciones.
Problemas civiles y militares
El concepto que ensaya Pekín introduce un quebradero de cabeza operativo para cualquier marina moderna: cómo distinguir entre buques comerciales reales y arsenales camuflados. Las plataformas como el Jeongda 79 podrían operar en aguas cercanas a la costa, capaces de ofrecer cobertura aérea sobre bases, astilleros o pasos marítimos estratégicos.
Su modesto tamaño ofrece una ventaja táctica: son difíciles de localizar, baratos de reemplazar y su conversión puede realizarse lejos de zonas vulnerables. De los 1.900 buques portacontenedores que posee China, muchos son susceptibles de ser modificados con estas capacidades con facilidad y rapidez. Incluso un uso parcial de esa flota bastaría para saturar los radares enemigos con amenazas ambiguas. La Marina estadounidense reconoce que solo se inspecciona de manera física el 3% de los contenedores que llegan a sus costas. Revisar todos sería imposible sin colapsar el comercio mundial.
La idea de un Pearl Harbor del siglo XXI ya no pasa por flotas invasoras o bombarderos furtivos, sino por drones lanzados desde contenedores civiles a pocos metros de bases navales. Los analistas temen que un ataque coordinado desde varios puertos comerciales pueda neutralizar radares, centros de mando o pistas de despegue sin previo aviso. Y una vez que esto ocurra, cualquier buque mercante se convertirá en un blanco potencial, lo que podría desencadenar un caos logístico de escala global.
Guerra barata, guerra sucia
La reconversión de buques civiles en plataformas de combate no solo responde a una lógica de innovación, sino también de economía de guerra. Un destructor moderno cuesta cientos —si no miles— de millones de euros, años de construcción y cientos de tripulantes. El Jeongda 79 puede operar con un par de decenas de marineros, armarse en pocas semanas y sustituido con rapidez en caso de pérdida. El coste de cada plataforma es una fracción del de un buque de guerra tradicional, pero su potencial disruptivo es mayúsculo.
También es un arma para la guerra asimétrica. Países sin capacidad naval avanzada, o incluso actores no estatales, podrían recurrir a esta fórmula para ganar capacidad de disuasión. La infraestructura ya existe: más de 20 millones de contenedores marítimos circulan por el mundo en cualquier momento. Aumentar la militarización de estos medios implica difuminar aún más la frontera entre lo civil y lo militar, y colocar al mundo frente a un nuevo paradigma bélico: todo puede ser un arma.
Lo que comenzó como una imagen tomada por un civil curioso se ha convertido en una advertencia del mundo que viene. El carguero Jeongda 79 es un indicio de que la doctrina naval china está explorando caminos hasta ahora impensables. La guerra naval ya no será solo una cuestión de fragatas y portaaviones, sino también de inocentes —de aspecto— contenedores de acero, que navegan en silencio.
