El uso de gafas inteligentes está generando una explosión de problemas en el espionaje militar
Lo militar se está adaptando a inocentes dispositivos que pueden convertirse en armamento enemigo

Mark Zuckerberg portando unas Ray-Ban Meta, con las cámaras del dispositivo visibles junto a las lentes. | Billy Bennight (Zuma Press)
El pasado 12 de enero, la escudería Audi de Fórmula 1 desplegó un férreo dispositivo de seguridad en la pista de Montmeló. Era una jornada de acceso restringido, con un exhaustivo control de las imágenes. Sin embargo, un breve vídeo emergió en las redes sociales. De alguna manera, en el circuito estaba el influencer ucraniano @dmitriy_v12, que grabó las imágenes de manera clandestina con unas gafas inteligentes Ray-Ban Meta. Una situación similar adquirió una dimensión mucho más inquietante justo un mes después, en la que entraron en juego los servicios secretos franceses.
Los espías franceses, equivalentes galos al CNI español o la CIA estadounidense, son bien conocidos por tener un extraordinario dominio en todo lo relacionado con la tecnología. Por eso debió de resultarles bastante fácil seguir la pista a un joven empleado de 19 años que trabajaba en la cadena de montaje del avión de combate Rafale, en la planta que tiene Dassault en Cergy, al noroeste de París.
Encargado del cableado interno de la aeronave, este contratado temporal ha sido detenido bajo sospecha de espionaje. No hablamos de un monoplaza, una aerodinámica exótica o unas suspensiones raras, sino del principal vector de combate de la Fuerza Aérea francesa. Y todas las alarmas se dispararon ante la presencia de unas gafas. Pero no eran unas gafas normales.
Las gafas del operario, de aspecto normal para el ojo no advertido, incorporaban capacidad de grabación. Al tener constancia de esta capacidad, el trabajador fue interrogado en las propias instalaciones antes de ser trasladado a comisaría. La acusación potencial es grave: las autoridades están considerando tildar el asunto de atentado contra los intereses fundamentales de la nación. La DGSI, responsable del contraespionaje interior francés, asumió la supervisión del caso. El núcleo de la investigación es claro: determinar si grabó áreas o piezas sensibles del Rafale y con qué intención.
La diferencia entre lo vivido en la pista de Montmeló y la factoría de Cergy es abismal. En Barcelona se filtró una imagen promocional antes de tiempo; en Cergy pudo haberse captado la arquitectura de cableado, la integración de sistemas, la disposición de componentes electrónicos o procedimientos industriales clasificados. En un caza de cuarta generación avanzada como el Rafale, cada detalle importa, y no es solo que estén protegidos por fuertes medidas de seguridad en relación con la propiedad intelectual. Lo peor es que pueden identificarse las vulnerabilidades de una costosa y sensible aeronave militar.
El uso de inocentes gafas inteligentes con fines poco o nada claros, o directamente siniestros, no es un fenómeno aislado. El 2 de diciembre de 2024, el tribunal Old Bailey de Londres escuchó cómo una red de espionaje búlgara que operaba para Rusia utilizó gafas con grabación de vídeo para vigilar a periodistas y disidentes en vuelos comerciales. En junio de 2022, una de las acusadas grabó a Christo Grozev durante un trayecto entre Viena y Montenegro con gafas diseñadas para capturar imagen sin llamar la atención. El futuro del espionaje adelantado por Tom Cruise en Misión imposible ya está aquí.
Pero el uso de dispositivos personales camuflados con la finalidad de ser usados para la vigilancia clandestina no se limita a operaciones del espionaje tradicional. El 6 de enero de 2025, el FBI confirmó que el autor del atentado de Año Nuevo en Nueva Orleans, que costó la vida a 15 personas y dejó decenas de heridos, había grabado el barrio francés con unas gafas inteligentes durante la fase de planificación. Las llevó también durante el ataque. La tecnología no solo sirve para espiar secretos militares; permite el reconocimiento previo, el estudio de rutas, el análisis de puntos débiles y el registro de procedimientos policiales.
La cuestión es que estos dispositivos han cruzado un umbral. Las Ray-Ban Meta integran cámara, micrófonos, conectividad inalámbrica y funciones de inteligencia artificial capaces de analizar imagen y sonido. El aspecto de este prodigio tecnológico es indistinguible del de unas gafas convencionales. Si bien es cierto que incorporan un indicador luminoso cuando graban, existen métodos para desactivarlo u ocultarlo. La grabación puede almacenarse en la nube sin intervención visible del usuario, de manera inalámbrica. Y lo más siniestro de todo: incluso el portador puede no ser consciente del alcance real del sistema.
El ámbito militar es especialmente sensible ante las vulnerabilidades que puede provocar un dispositivo como este. Las bases aéreas, hangares, cubiertas de portaaviones o líneas de ensamblaje concentran información sensible que no siempre está clasificada en el sentido formal, pero sí es crítica desde el punto de vista operativo. Una secuencia de vídeo de segundos puede revelar la disposición de sistemas, el ritmo de producción, la configuración de armamento o los protocolos de seguridad. En la era de la inteligencia de fuentes abiertas, es un peligro latente que puede estallar en la cara de los llamados a guardar todo esto en secreto.
Medidas de urgencia
Esa es la razón por la que la Fuerza Aérea de Estados Unidos ha decidido actuar. El 9 de enero de 2026 actualizó su reglamento de vestimenta y apariencia personal para prohibir de manera expresa el uso de gafas inteligentes con capacidades de fotografía, vídeo o inteligencia artificial mientras se esté de uniforme. La medida no se limita a espacios clasificados. Afecta al uso general en instalaciones militares. La razón es la seguridad operativa. No saber cuándo un dispositivo está grabando es, en sí mismo, una vulnerabilidad.
La normativa subraya que ya existían restricciones para dispositivos electrónicos personales en áreas clasificadas. La novedad es la extensión de estas cautelas al entorno cotidiano del personal uniformado. La proliferación de tecnología portátil, desde relojes inteligentes hasta auriculares Bluetooth, obliga a redefinir el perímetro de seguridad. Según responsables de protección de información, el desafío no es solo la intención maliciosa. Es el riesgo involuntario.
A diferencia de una cámara profesional o un teléfono móvil, las gafas inteligentes se integran en el atuendo cotidiano. No exigen levantar el brazo ni enfocar. Basta con mirar. El personal de seguridad puede detectar un móvil en alto. Resulta mucho más complejo identificar una montura aparentemente inocua que esté grabando o incluso emitiendo en directo de forma consciente o inconsciente.
Sospechas de espionaje
En el caso de Dassault, la investigación determinará si hubo intención de espionaje o imprudencia. Pero el hecho de que el episodio haya alcanzado la categoría de posible atentado contra los intereses fundamentales de la nación refleja la magnitud del riesgo percibido. Francia exporta el Rafale a socios estratégicos, y su cadena de producción es un activo industrial de grado geopolítico. Cualquier fuga de información afecta a contratos, capacidades y al equilibrio regional en diversas zonas en conflicto. En la actualidad, Francia, Egipto, India, Catar, Grecia, Croacia, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia y Serbia operan esta aeronave.
Si lo ocurrido en Montmeló fue una anécdota tecnológica con impacto mediático, lo de Cergy puede ser un síntoma. Las gafas inteligentes no son un gadget más. Son sensores personales con conectividad permanente. En manos de un influencer generan viralidad, pero en manos equivocadas, inteligencia. Las fuerzas armadas han comprendido que el campo de batalla también incluye el perímetro digital y el entorno cotidiano de sus instalaciones.
Cuando un dispositivo capaz de grabar y transmitir en tiempo real se disfraza de objeto trivial, la defensa debe adaptarse. Las Ray-Ban Meta no son un arma. Pero en determinados lugares pueden convertirse en una puerta abierta cuando debería estar cerrada. Y en el mundo de la defensa, las puertas de par en par rara vez conducen a algo bueno.
