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El temor oculto de Washington: perder un bombardero furtivo B-2 sobre Irán

Las consecuencias menos dolorosas para Estados Unidos serían las dinerarias

El temor oculto de Washington: perder un bombardero furtivo B-2 sobre Irán

Bombardero B-2

Para los chinos fue un regalo caído literalmente del cielo. Para los serbios, un triunfo simbólico, y para los estadounidenses, una sorpresa muy desagradable de consecuencias de largo recorrido. El avión F-117 Vega-31, un aparato invisible para los radares de tierra, era más visible de lo que sospechaban y acabó, dicen, en algún oscuro laboratorio militar asiático, desvelando costosos secretos bélicos.

EEUU teme que vuelva a ocurrirle algo parecido con una de las joyas de su arsenal: el bombardero furtivo B-2. El problema no sería tanto el coste a asumir —unos 2.000 millones de dólares por unidad—, sino lo que simboliza y lo que pudiera ocurrir después. El Northrop Grumman B-2 Spirit encarna la supremacía aérea basada en el sigilo estratégico, y si uno cayera bajo fuego iraní, el impacto político y militar superaría con creces el daño material.

La cuestión no es si Irán puede incomodar una misión. La cuestión es si puede derribar el bombardero más avanzado del arsenal estadounidense, y hay dudas flotando en el aire, porque ya se han llevado chascos relacionados con tecnologías que no cumplieron del todo con las promesas.

El B-2 no es invisible, porque ninguna aeronave lo es. Sus toberas emanan calor, por ejemplo; pero su diseño de ala volante elimina superficies verticales que devuelven ecos claros al radar, el procedimiento acostumbrado para detectarlas en vuelo. Sus materiales absorbentes dispersan la energía electromagnética y las bodegas cerradas en su panza ocultan el armamento. Su huella ante un radar avanzado equivale, en determinadas frecuencias, a la de una cigüeña. Esa comparación resulta imperfecta, aunque ilustra el problema al que se enfrentan los operadores de defensa aérea: cómo discriminar un amenazante superbombardero de alta tecnología de un pájaro que anda migrando.

Irán dispone de una red que combina sistemas rusos S-300PMU2 con desarrollos nacionales como el Bavar-373. Sobre el papel, ambos pueden comprometer objetivos a más de 150 kilómetros. Frente a un caza convencional, el alcance de detección supera con facilidad los 100 kilómetros, pero contra un B-2 esa distancia se comprime de manera drástica. La detección podría producirse a decenas de kilómetros, en función de la frecuencia empleada y de las condiciones atmosféricas, lo que haría casi imposible una respuesta efectiva de muchos de sus sistemas antiaéreos.

La cadena de destrucción exige detectar, clasificar, asignar batería, lanzar el misil y guiarlo hasta el blanco. Cada fase consume segundos valiosos. El sigilo no elimina la detección; la retrasa. Y en un escenario de guerra aérea, retrasar significa desmontar esta secuencia. En banda X, en la que operan los radares de control de tiro, el problema se agrava. Son precisos, pero vulnerables frente a plataformas de baja detectabilidad.

Teherán confía en radares de baja frecuencia en bandas VHF (lit.: «frecuencia muy alta» en inglés) y UHF (lit.: «frecuencia ultraalta» en inglés) como alternativa. Estas longitudes de onda interactúan de forma distinta con superficies furtivas y pueden generar retornos algo más detectables. El obstáculo reside en la resolución. Un radar VHF puede indicar la presencia de un objeto en un cuadro amplio de varios kilómetros, pero eso no basta para guiar un misil. Para asegurar el blanco se requiere un radar de mayor frecuencia, justo el tipo de sensor que las características del B-2 degradan.

La solución teórica pasa por redes multistáticas que triangulen ecos débiles desde distintos ángulos. En un entorno real se necesitan enlaces de datos robustos, sincronización muy precisa y capacidad de procesado que separe la señal del ruido bajo interferencias electrónicas. Y, claro, todo ello mientras el objetivo maniobra, despliega señuelos o recibe apoyo externo. Porque, si en el agua los portaaviones navegan acompañados, en el aire el B-2 nunca vuela solo.

Un paquete de ataque estadounidense integra guerra electrónica, supresión de defensas y degradación de mando y control. Los Boeing EA-18G Growler interfieren radares; los AGM-88 HARM atacan emisores que se activan; plataformas no tripuladas generan pistas falsas y operaciones cibernéticas erosionan la red. Cuando el bombardero penetra en espacio aéreo hostil, la defensa ya ha sufrido un desgaste previo.

En ese contexto, la pregunta cambia. ¿Puede Irán derribar un B-2 en un escenario aislado, con su red intacta y sin presión externa? La guerra admite probabilidades, pero las dificultades crecen de forma exponencial. Los operadores ven retornos ambiguos, se ven obligados a disparar con datos inciertos que revelan posiciones y consumen costosos proyectiles de resultado incierto.

Dudas aerotransportadas

Todo parece asumible, pero la certeza absoluta no existe. No sería la primera vez que una plataforma considerada invulnerable demuestra lo equivocados que estaban los estrategas. El 27 de marzo de 1999, durante la campaña aérea sobre Serbia, un sistema SA-3 Neva derribó un avión invisible, un F-117 Nighthawk, cerca de Belgrado. Aquella noche, la defensa serbia explotó rutas de vuelo repetitivas y breves ventanas en las que este aparato abría su bodega de armas. El éxito combinó ingenio, disciplina y una gran dosis de suerte.

El F-117 representaba la primera generación de aparatos furtivos. Su caída demostró que su tecnología no equivalía a invisibilidad. También dejó claro cuánto debe alinearse para que el defensor tenga éxito: anticipación, persistencia en el radar, correcta identificación y lanzamiento en el momento exacto. Fue un derribo aislado en una campaña prolongada que no cambió el resultado estratégico, pero sí introdujo un enorme freno de mano en la narrativa de la invulnerabilidad.

Un precedente aún más revelador del ingenio extraestadounidense ocurrió en diciembre de 2011. Irán mostró con lógico orgullo una pieza de caza mayor ante las cámaras: un RQ-170 Sentinel, un dron furtivo empleado por la CIA en misiones de reconocimiento que hasta entonces «no existía». Teherán sostuvo que logró forzar su aterrizaje mediante interferencia electrónica y manipulación de señales GPS. Expertos occidentales apuntaron a una combinación de guerra electrónica y explotación de vulnerabilidades en los enlaces de datos. Los iraníes engañaron su GPS y le ordenaron aterrizar en su territorio haciéndole creer que estaba «en casa».

Un ingenio con premio

El RQ-170 proporcionó a Irán acceso a materiales, sensores y arquitectura de una plataforma de baja detectabilidad. Aunque Washington minimizó el incidente, la pérdida evidenció que incluso sistemas avanzados pueden ser neutralizados cuando el adversario identifica puntos débiles en la cadena de control. No fue un derribo convencional, pero sí un golpe simbólico.

Ambos casos comparten un elemento común: la confianza en la superioridad tecnológica. En Serbia, el F-117 volaba a través de rutas previsibles bajo la premisa de que el enemigo no podía detectarlo de forma eficaz. En Irán, el RQ-170 operaba sobre territorio hostil con la convicción de que su sigilo y sus enlaces seguros bastaban. En los dos escenarios, el adversario explotó grietas en procedimientos y sistemas.

Ahora hay diferencias. El B-2 Spirit incorpora décadas de mejoras en recubrimientos, gestión de firma y guerra electrónica; sus tripulaciones reciben información en tiempo real sobre amenazas emergentes; y la doctrina estadounidense evita patrones repetitivos y combina plataformas para saturar y confundir defensas. El B-2 no depende solo de su forma; depende de una arquitectura de apoyo en capas.

Eso no elimina el riesgo. Sin embargo, para que Irán se anote un derribo, necesitan confluir varias condiciones. Su red debe permanecer conectada; sus operadores deben interpretar datos ambiguos bajo interferencia; y sus sistemas de lanzamiento deben sobrevivir a ataques previos. A esto hay que añadir que el bombardero debe exponerse durante el tiempo necesario para cerrar el tiro.

Un coste extradinerario

El temor en Washington no obedece a una expectativa alta de derribo. Responde al coste político de un único éxito iraní. Un B-2 abatido sobre territorio persa proporcionaría imágenes, restos y narrativa. Como ocurrió con el F-117 en 1999 y con el RQ-170 en 2011, el símbolo importaría tanto como el hecho militar. El prestigio tecnológico sufriría un golpe.

El sigilo no garantiza inmunidad, pero sí introduce duda en el adversario. Esa duda ralentiza decisiones y fractura la cadena de destrucción. Mientras Estados Unidos mantenga su enfoque en capas y evite la complacencia, el B-2 seguirá siendo un instrumento de penetración estratégica con escasa probabilidad de caída.

Irán puede elevar el riesgo, complicar misiones y aspirar a un golpe de efecto. Ahí se decide si un bombardero furtivo regresa a su base o se convierte en trofeo. De momento, la balanza se inclina hacia el retorno a su base del aparato con forma de murciélago, aunque los ayatolás alzan su mirada al cielo y se frotan las manos. Rusos y chinos también.

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