The Objective
Tecnología

EEUU concentra casi la mitad de su fuerza aérea operativa frente a Irán

Hacía más de treinta años que no se veía un despliegue de fuerza semejante

EEUU concentra casi la mitad de su fuerza aérea operativa frente a Irán

Una aeronave de la fuerza aérea estadounidense.

Es casi la mitad de su fuerza aérea. Porque se calcula que el United States Central Command ha llevado hasta Irán unas 300 aeronaves, alrededor del 40% de las que posee en estado operativo, casi tanto, o más, que en la Guerra del Golfo. Eso es cualquier cosa menos una rotación rutinaria: es una fuerza preparada para sostener una campaña aérea de alta intensidad durante semanas.

La fuerza del Pentágono se apoya en dos espacios: el terrestre y el naval. En el primero, el despliegue se apoya a su vez en tres nodos principales. En Catar, la Base Aérea Al-Udeid actúa como centro logístico y de mando. En Jordania, la Base Aérea Muwaffaq Salti aporta profundidad operativa. En Arabia Saudí, la Base Aérea Príncipe Sultán ofrece dispersión y protección frente a misiles balísticos. Desde estos enclaves se cubre el golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz y buena parte del interior iraní.

A este cinturón pegado al suelo se suman dos bases aéreas flotantes. Los portaaviones USS Abraham Lincoln y USS Gerald R. Ford despliegan sus alas embarcadas 8 y 9 en el mar Arábigo. Cada grupo de ataque incorpora navíos con sistemas Aegis y decenas de celdas de lanzamiento vertical. En conjunto, la Marina estadounidense dispone de una quincena de buques de combate en la región, lo que multiplica la capacidad de defensa antimisil y de ataque de precisión.

El pasado 9 de febrero se celebró la Super Bowl, ese gigantesco espectáculo deportivo que remata la temporada de fútbol americano. El cantante Bad Bunny entonó sus canciones, y millones de pares de ojos vieron el partido. Pero hubo dos personas que perdieron su participación en el evento, dos pilotos de combate. Eran los encargados de sobrevolar el Levi’s Stadium con sus F-22, en Santa Clara (California). El ejército los retiró a última hora debido a «asignaciones operativas urgentes» sin especificar.

Es de suponer que esas dos aeronaves están entre las 12 que hay en una base israelí, y a las que se pueden sumar al menos otros seis que despegaron en fechas recientes de la base de Langley. Existe una historia casi divertida sobre esta aeronave e Irán. En 2013, un F-4 Phantom persa intentó derribar un dron Predator en aguas internacionales. Un F-22, no detectado por los aviones iraníes, voló por debajo de uno de ellos para inspeccionar su armamento antes de colocarse a su lado y aconsejar a los pilotos que se volvieran para casa, cosa que hicieron al instante. La conclusión fue sencilla: el F-22 fue completamente invisible al radar de los F-4.

A estos cazas de superioridad aérea se suman los 84 Super Hornet embarcados, 36 F-15E, 48 F-16C y 42 F-35. En diversas configuraciones. En términos cuantitativos, casi el 70% del paquete lo forman aeronaves de combate puro con una distribución lógica. Los F-35 penetran defensas aéreas y actúan como nodos de inteligencia; los F-15E aportan carga útil y alcance. Los F-16 proporcionan masa y flexibilidad; los Super Hornet sostienen el ritmo de salidas desde las cubiertas de despegue. Pero hay más.

La guerra electrónica y el control del espacio aéreo completan una malla de dominio aéreo. 18 EA-18G Growler se encargan de suprimir radares y sistemas de defensa antiaérea. Seis E-3 AWACS amplían el horizonte radar y coordinan paquetes de ataque complejos. Cinco E-11A garantizan comunicaciones en entornos saturados. 12 A-10C quedarían disponibles para apoyo cercano o destrucción de blindados si el conflicto escalara.

El músculo en el aire sería irrelevante sin una logística apropiada. Desde enero, cerca de 300 vuelos de C-17 y C-5 han realizado una mudanza gigantesca. Unos 75 aviones cisterna KC-46 y KC-135 amplían el radio de acción de los cazas y permiten patrullas prolongadas. Sin ellos, la superioridad aérea se reduciría a vuelos de corto alcance, y muy previsibles. Con ellos, Estados Unidos puede mantener patrullas continuas y sostener ataques sucesivos contra objetivos en profundidad.

La presencia estratégica no termina ahí. En el Índico, la base de Diego García alberga bombarderos B-2 Spirit y B-52, además de aeronaves de patrulla marítima P-8A Poseidon y aviones cisterna adicionales. Esta base flotante, aunque fija, extiende el alcance de la campaña y añade capacidad de ataque de largo alcance.

Otra Guerra del Golfo

La suma de todos estos factores da un resultado que se aproxima a las fases iniciales de las guerras de Irak. La diferencia es que, al menos de momento, la concentración se ha producido sin que se haya disparado un solo tiro. Nunca antes se había desplegado una fuerza de este tamaño contra un adversario potencial sin cruzar la línea del combate abierto.

La estructura del despliegue apunta a una secuencia clara. Primero, asegurar bases y rutas marítimas. Después, neutralizar radares y defensas de largo alcance. A continuación, atacar infraestructuras críticas seleccionadas. Pero los iraníes no se van a quedar de brazos cruzados, y quieren dar una bienvenida a los americanos acorde con su estatus.

A sus fuerzas establecidas han añadido dos ases en la manga en fechas recientes. En diciembre, Teherán firmó en Moscú un contrato por 589 millones de dólares para adquirir 500 lanzadores y 2.500 misiles del sistema 9K333 Verba. El Verba es un Manpads, un tubo lanzacohetes portátil por un operador a nivel del hombro, con buscador infrarrojo y resistencia mejorada frente a señuelos térmicos. Se desconoce su estado de disponibilidad.

Cazador de drones y aeronaves de combate

Su alcance efectivo ronda los seis kilómetros y puede interceptar objetivos hasta unos 4.500 metros de altura. No amenaza a bombarderos, que vuelan a gran altura, pero sí a helicópteros, drones, aviones en aproximación y misiles de crucero en fase terminal. En un escenario de ataques a baja cota o inserciones especiales, cientos de estos sistemas dispersos elevarían el riesgo para todo aquel que se acerque al terreno.

Más relevante aún, sobre todo para la Marina, es la posible adquisición de misiles antibuque chinos CM-302, la versión de exportación del YJ-12. El CM-302 es un misil de crucero supersónico con velocidad que puede superar Mach 3, alcance cercano a los 300 kilómetros y una cabeza de guerra de 250 kilos. Su perfil de vuelo rasante y guiado terminal por radar activo lo convierte en un sistema idóneo para saturar las defensas navales.

Misil chino antibuque CM-302

Lanzado desde plataformas terrestres móviles o desde buques, el CM-302 obligaría a los estadounidenses a operar bajo alerta constante. Un solo impacto no hundiría un portaaviones, pero sí podría inutilizar un destructor o dañar de cierta gravedad un buque logístico. La amenaza no reside solo en la potencia individual del misil, sino en la posibilidad de ataques coordinados que saturen radares y sistemas interceptores.

No pasarán

Con estos elementos en su arsenal, Irán no pretende dominar el aire, sino negar el acceso, romper el ritmo operativo y forzar a Washington a dedicar recursos a la protección. La acumulación estadounidense es abrumadora, pero el equilibrio final no se medirá solo en número y calidad, sino en la capacidad de cada parte para absorber daño y seguir funcionando. Irán responde con capas de defensa que no ganan guerras, pero sí pueden encarecerlas.

La región asiste así a una concentración de medios que recuerda a los prolegómenos de un conflicto mayor. La diferencia es que, por ahora, todo permanece en estado de alerta. La decisión de cruzar la línea no dependerá del volumen del arsenal, sino de la voluntad política de emplearlo. La maquinaria está lista. Esperemos que todos se vuelvan a casa sin oír el sonido de la pólvora.

Publicidad