Paradoja sobre los cielos de Teherán: Estados Unidos ataca Irán con un arma iraní
La historia está repleta de innovaciones que se volvieron en contra de su creador y Lucas es la última de ellas

Dron Lucas. | Spectre Works
Ya han empezado, y los primeros en tirar del gatillo han sido los israelíes. Después llegarán los americanos. De su mano y sobre los cielos de la antigua Persia se van a ver estos días misiles Tomahawk, aviones furtivos F-22, aeronaves de escucha e inteligencia y cientos de sofisticados ingenios voladores. Entre ellos, uno de los aparatos más modestos, discretos y baratos será un dron de nombre bíblico: Lucas. La paradoja reside en que, manejado por los estadounidenses, es un aparato de origen iraní.
Su denominación no ha salido del Antiguo Testamento, sino que es un acrónimo que atiende a Low-Cost Uncrewed Combat Attack System, o Sistema de Combate No Tripulado de Bajo Coste. Tan bajo que gran parte de su desarrollo corrió a cargo de los bolsillos de Teherán, el destino que tiene Lucas por blanco. El aparato encierra una paradoja tan cruda como reveladora: Washington golpeará a Teherán con un arma nacida en los talleres que va a destruir.
Este dron kamikaze de —relativo— bajo coste, convertido en símbolo de la guerra de desgaste en Ucrania, es la respuesta americana a una pregunta que el Pentágono tardó demasiado en hacerse: ¿por qué gastar un millón de dólares derribando algo que costó unos cuantos miles? Es la razón a la que atiende la lógica del Shahed 136 iraní del que emana Lucas. Nunca fueron la precisión ni la velocidad. Fue el precio.
Un enjambre no requiere que ninguno llegue al objetivo; basta con que las defensas se queden sin los hoy disparatadamente costosos sistemas de intercepción. El punto de partida de esta historia es un dron de ala delta con motor de pistón trasero y una cabeza explosiva que ronda los 35 kilos. Su velocidad máxima se sitúa en torno a los 185 kilómetros por hora y su alcance puede superar los 1.000 kilómetros en determinadas configuraciones. No es rápido, no es furtivo y no es sofisticado. Por contra, es barato, fácil de fabricar y se puede producir en masa de manera escalable.
En la empresa Spectre Works tomaron nota en sus instalaciones de Arizona y se pusieron manos a la obra. Sus ingenieros desmontaron ejemplares capturados en Ucrania y el entorno del mar Rojo y, con ellos en las manos, estudiaron cada mecanismo, cada circuito y construyeron su propia versión. El resultado se podría confundir con los fabricados con la plantilla iraní. Son casi gemelos. Quien haya visto un Shahed sabe exactamente qué forma tiene Lucas.
Pero sí hay diferencias: debajo del fuselaje. El Shahed original puede recorrer hasta 2.000 kilómetros si vuela muy ligero y descargado. Lucas, en su versión actual, alcanza unos 650 con 18 kilogramos de carga explosiva, para un peso de despegue de entre setenta y cien kilogramos. Lucas dispone de menos alcance, pero es mucho más fácil de operar. Puede lanzarse desde catapulta, con asistencia de un cohete propulsor o directamente desde la trasera abierta de un camión militar.
El Pentágono presentó el sistema el 16 de julio de 2025 ante el secretario de Defensa Pete Hegseth y lo asignó a la Task Force Scorpion Strike, una unidad encuadrada en el Mando de Operaciones Especiales. Es la primera unidad de las fuerzas armadas estadounidenses dedicada específicamente a operar drones de ataque de un solo uso: los que van y no vuelven. Y ya está desplegada en Oriente Próximo.
Según datos oficiales del Mando Central estadounidense, cada unidad tiene un coste cercano a los 35.000 dólares, una cifra que al cambio actual equivale a unos 32.000 euros. Se sitúa, por tanto, en la misma franja económica que su homólogo iraní. En la guerra de Ucrania, Rusia lo ha empleado bajo la denominación Geran-2 para saturar defensas aéreas y castigar infraestructuras energéticas.
La guerra del dinero
La guerra moderna no solo se mide en precisión, que también, sino en sostenibilidad financiera. La proliferación de sistemas baratos y en grandes cantidades ha forzado a Occidente a replantear su doctrina. Estados Unidos, que durante décadas apostó por municiones de alta gama y plataformas complejas, ha comprendido que también necesita volumen para generar desgaste.
Aquí es donde Lucas adquiere relevancia estratégica. Irán basa buena parte de su defensa en baterías de misiles tierra-aire. Su aviación de combate es limitada y su flota está muy envejecida. Ante un ataque convencional, trataría de compensar esa carencia con una fuerte presencia de sistemas antiaéreos.
Un enjambre de drones kamikaze de bajo coste puede forzar a esas defensas a revelar su posición. Cada lanzamiento de un misil interceptor deja una firma térmica y radar. Los sensores estadounidenses pueden detectar el origen del disparo y transmitir coordenadas a cazas como el F-35 Lightning II o a bombarderos estratégicos.
No importa si falla
El dron no necesita impactar en un objetivo de alto valor para cumplir su misión. Sin embargo, obliga al enemigo a gastar munición cara o a activar radares que quedarían al descubierto. En este esquema, Lucas funciona como un señuelo armado que despeja el camino a municiones de mayor precisión y alcance.
El estrecho de Ormuz añade otro factor crítico. Por esa vía transita una parte sustancial del comercio energético mundial. Aviones de patrulla marítima como el Boeing P-8 Poseidon desempeñarían un papel clave si Teherán intentara obstaculizar el tráfico con lanchas rápidas o minas navales. En ese entorno, los drones de bajo coste podrían actuar como primera oleada para neutralizar defensas costeras y dejarlas desabastecidas de munición al tiempo que señalizarían sus posiciones.
La paradoja final es que la mayor potencia militar del planeta ha optado por copiar un arma sencilla en lugar de desarrollar una plataforma cara y complicada. No se trata de falta de capacidad tecnológica, sino de adaptación. El Pentágono puede financiar misiles de crucero avanzados y bombarderos furtivos, pero también necesita soluciones de rápido acceso y baratas. Son las lecciones ucranianas puestas al día.
Las lecciones ucranianas
En el conflicto con Rusia se ha visto que la producción masiva inclina la balanza tanto como la precisión quirúrgica. Rusia puede lanzar cientos de drones en una sola noche y Estados Unidos pretende disponer de un recurso equivalente. Si la crisis con Irán acaba evolucionando hacia un enfrentamiento directo, cosa que parece más que probable, Lucas podría ser uno de los primeros en cruzar el cielo. De hecho, han sido los Shahed los que han estallado en edificios civiles o instalaciones militares en los vecinos Bahréin, Abu Dabi o Dubái.
El resultado encerraría una ironía del destino. Teherán ha promovido la guerra de saturación como instrumento de presión regional. El Pentágono ha estudiado el modelo, lo ha refinado y va a emplearlo en su contra. En caso de que el conflicto escale, Irán no solo se enfrentaría a la potencia aérea estadounidense, sino también al eco amplificado de su propia doctrina.
La historia militar está repleta de innovaciones que se volvieron en contra de su creador. El dron kamikaze Lucas es la última de ellas. La previsible próxima fase del pulso entre Estados Unidos e Irán se va a escribir con alas delta, motores de pistón y un zumbido inconfundible que nació en Persia y ahora habla inglés con acento de Arizona.
