España apenas importa petróleo y gas del Golfo Pérsico, la zona directamente afectada por la actual escalada de tensión entre Israel, Estados Unidos e Irán. Sin embargo, los bolsillos de los conductores cuentan una historia muy distinta. Si nuestra dependencia energética de esta región es mínima, ¿por qué ha subido tanto el precio de los carburantes?
Las cifras en las estaciones de servicio hablan por sí solas. Llenar el depósito de un coche medio diésel antes del conflicto costaba unos 86 euros. Hoy, esa misma acción ya alcanza los 115 euros, lo que supone un golpe de casi 30 euros más por repostaje. Y las previsiones apuntan a que la escalada de precios continuará. La pregunta inevitable es: ¿por qué?
Si analizamos los datos, nuestra cesta de importaciones parece alejarnos del epicentro de la crisis. En enero, el 30% del crudo que compramos provino de América del Norte; el 11%, de América Central y del Sur; el 40%, de África (principalmente de Nigeria), y menos de un 5% de Europa. ¿Y del Golfo Pérsico? Apenas supuso un 12,8% en enero (concretamente de Arabia Saudí e Irak) y un 10% en el mes de diciembre.
En el caso del gas natural, la desconexión es aún mayor: en enero no importamos absolutamente nada de los países del Golfo y en diciembre apenas un 2,5% provino de Qatar. El grueso de nuestro suministro de gas llega, sobre todo, de Argelia y otros países africanos, así como de Rusia y de Estados Unidos. Entonces, ¿cómo se explica esta subida tan brutal?
Vamos a intentar explicarlo con un ejemplo sencillo. Imaginemos que se produce un gran incendio en el principal almacén de harina del mundo, aquel que abastece a la mitad del planeta. Tu panadero de barrio no compra ahí; él adquiere la harina en el pueblo de al lado. Podría pensar que está tranquilo y que la crisis no le afecta. Grave error. Todos esos panaderos del mundo que sí compraban en el almacén incendiado ahora necesitan harina desesperadamente y van a buscarla donde puedan, incluyendo al proveedor de tu panadero.
¿Qué hace ese proveedor local cuando, de repente, tiene a veinte compradores nuevos y desesperados llamando a su puerta? Sube el precio. Es la lógica básica del mercado. Por lo tanto, tu panadero ya no podrá venderte la baguette al precio de siempre, porque si no te repercute la subida a ti, preferirá venderle la harina o el pan al alemán o al japonés que están dispuestos a pagar mucho más.
Con el petróleo ocurre exactamente lo mismo. El crudo es una materia prima con un precio único mundial, que en Europa cotiza bajo el índice Brent. No hay un precio para España y otro diferente para Japón; es uno solo para todos. Por eso, cuando el miedo se instala en puntos de tránsito clave como el Estrecho de Ormuz, la cotización global sube… y lo notas de forma directa en tu gasolinera de barrio.
A este escenario global hay que sumarle una particularidad nacional: a España le falta diésel. En nuestro país se consume muchísima más cantidad de gasoil que de gasolina, impulsado no solo por los turismos particulares, sino por toda la red de camiones, furgonetas y vehículos de transporte de mercancías. Al existir una demanda tan alta, el precio del gasoil reacciona y se dispara mucho más rápido que el de la gasolina ante cualquier alteración del mercado.
Finalmente, los conductores sufren el implacable «efecto cohete-pluma». Es decir, los precios en el surtidor suben a la velocidad de un cohete cuando hay tensión internacional, pero bajan con la exasperante lentitud de una pluma cuando el precio del barril de petróleo da un respiro.
En resumen: en un mercado globalizado, no importa que tu gas venga de Argelia o tu petróleo llegue desde Brasil. Todos estamos conectados a un cordón umbilical energético mundial donde cualquier susto en el Golfo Pérsico lo acabas pagando tú cada vez que agarras la manguera en el surtidor.