Odio se escribe con H.
Nunca imaginó el pobre Jardiel Poncela, que en paz descansaba hasta hace unos días, que su célebre Amor se escribe sin H pasaría a ser un chiste en las manazas de algún tuercebotas del marketing político progre. No se sabe qué genio fue, pero sí quién se lo compró: ha retorcido con saña uno de los mejores títulos del maestro de la literatura humorística, casualmente conservador (y, a su vez, censurado por la dictablanda). Él hablaba de “amor”, mientras que ellos, como no, lo hacen de “odio”. Es lo suyo y de lo que entienden.
¿Nos va a medir el odio cada mañana algún resentido oficial? ¿Cómo será la cosa? ¿En algún quirófano portátil en el sótano del Ministerio de Igualdad y Demás Gilipolleces? Me imagino el procedimiento como la siempre indeseada visita al urólogo, aunque este no sea un indeseable ni tenga culpa de nada. ¿Cómo será el alargado bálano cromado con el que nos medirán el odio? (Perdón, digo hodio; ha sido un desliz, es la costumbre). De tanto hodiar (jodiar hubiese sido más salao, ¿no?), se le olvida a uno la neogramática formativa. Vuelvo a lo del medidor. ¿Estará frío el metal del cilíndrico cacharro cuando nos lo introduzcan? ¿Llevará el técnico guantes de látex? ¿Utilizará —por favor— el hombre un poquito de lubricante? ¿Aceitoso o base de agua? ¿Hará falta algún tipo de mesa ginecológica para poder acomodar incómodamente al facha en cuestión e insertarle la sonda-príapo por el orificio? ¿Cuánto durará el chequeo? ¿Sonará hilo musical… Rosalía, por ejemplo? ¿Con qué frecuencia nos lo practicarán? ¿Existirá en un futuro próximo un kit para auto-penetrarse en casa y mandar los resultados —los peligrosos niveles de hodio radiactivo que uno destila— a alguna web oficial?
Todo este asunto del HODIO es un chiste colosal. Hace falta ser muy rebuzno para inventar semejante patochada y tener unos huevos a prueba de bombas para plantarse tras el atril frente a los periodistas —aunque estos sean de pegote— y no desmoronarse de la risa. Mantener esa cara de póker, esa jeta de maceta, mientras uno anuncia a la ciudadanía —les gusta mucho eso de la ciudadanía; será por la cosa robesperriana— esta nueva y ridícula hasta el sonrojo medida de medición. Es una cursilada malva-rosa más propia de Yoli que de Sánc-hez, pero estamos instalados en una espiral de chuminadas que solo se sostiene anunciando cada poco algo más burdo, absurdo, bobo y soez que lo anterior. Y claro, tras el estreno del No a la Guerra 2, había que tirar muy alto.
El Manual de resistencia existe, no era una broma. Yo no me siento capaz de ello, de resistir. Tanta soplapollez es difícil de aguantar y me vengo abajo. Mi paciencia tiene un límite y no hay quien los resista.





