Anda todo el mundo escandalizado porque el Donaldo ha dicho que se queda con Groenlandia. Uno cree que no hace sino tensar la cuerda para negociar. No es la primera vez que un país plantea una transacción semejante. El propio Estados Unidos es, valga el adjetivo, rico en ejemplos al respecto. ¿No compró acaso Florida a los españoles? ¿O Luisiana a los franceses? ¿No le atizaron, al acabar su guerra, quince milloncejos a México —cuando se llamaba Méjico— por Tejas, California, Utah y Arizona? ¿No adquirieron Alaska al antiguo imperio ruso por otros siete? Dinamarca, que va de pureta, no es virgen en estas lides. Sabe de esto, porque en 1917 le vendieron a los gringos todas sus Islas Vírgenes —Santa Cruz, Santo Tomás, San Juan— por veinticinco kilos. No se rasguen las vestiduras, señorías. Business as usual, nada más.
Hay un dicho que usan mucho los norteamericanos, que es money talks and bullshit walks. No me voy a molestar en traducirlo, porque tenemos el nuestro propio y equivalente, que es “poderoso caballero es don Dinero”.
Estados Unidos no se plantea invadir Groenlandia militarmente; no le hace falta y, además, resultaría un conato ridículo. ¿Contra quién dispararían? ¿Contra la foca o contra el esquimal? Quedaría igualmente mal. Basta poner sobre su tapete de Monopoly la cifra mágica que le resuelva a cada uno de los —no llegan a sesenta mil— groenlandeses la vida, la de sus hijos y la de sus nietos, que no es mucho para la primera potencia mundial. Los inuit salen a la calle estos días a protestar, pero en realidad es lo que les han enseñado en un cursillo acelerado de marketing y ventas. Están subiendo el precio, nada más. Protestarán airadamente hasta que el Tío Gilito les dé la cifra que ya han acordado entre sí. ¿Y después…? Se darán un garbeo por la Gran Manzana. Para empezar.




