'Vida en pausa': una sobrecogedora realidad
La nueva película de Alexandros Avranas pone en el foco un extraño síndrome que afecta a niños refugiados
Pasó desapercibido en ese maremágnum de contenidos que es Netflix, aturullante cajón de sastre que con frecuencia nos hace perder de vista pequeñas joyas que alberga en su interior, Dios sabe gracias a qué carambola en la política de compras de la plataforma americana. En este caso, rescato un cortometraje documental estrenado en 2019, de apenas 40 minutos, La vida me supera. Esta pequeña obra nos descubría la existencia de un nuevo síndrome tan chocante que casi parece ciencia-ficción. Se trata del síndrome de resignación infantil, un estado cercano al coma que afecta particularmente a niños refugiados en Suecia, menores que caen de un día para otro en un estado catatónico del que es muy complicado recuperarles. ¿Por qué sucede algo tan sobrecogedor? Las claves pueden encontrarlas en este cortometraje elaborado con oficio y sensibilidad, pero también en Vida en pausa, del director griego Alexandros Avranas.
Recurre a potentes herramientas del cine de ficción para asomarse con crudo minimalismo y pericia de cirujano a los entresijos que conducen a este síndrome tan desconocido. Y como la película se estrena esta semana, razón de más para explicaros por qué recomiendo que vayáis al cine a verla. Sergei y Natalia son un matrimonio de refugiados políticos rusos que viven temporalmente en Suecia. Él era profesor en su país de origen, un país en el que hablar de modelos políticos distintos al de Putin o recomendar libros fuera del currículo oficial del Estado puede llevarte a ser objeto de la más salvaje violencia física. Precisamente eso condujo a esta familia a ser víctimas de la brutalidad: amenazas de muerte constante y ataques de improviso en presencia de la hija menor. Así las cosas, no hay otra salida que escapar.
Una vez acogidos en Suecia, siguen a rajatabla las pautas que le indican los servicios sociales: Llevan una vida ordenada –sus niñas van al cole sueco, donde se han integrado extraordinariamente bien–, permiten que los funcionarios inspeccionen cada segundo de su vida y se amoldan a vivir bajo un control carcelario con amable apariencia Ikea. Todo ello a la espera de una confirmación definitiva de asilo que les permita insertarse del todo en la sociedad y dejar atrás para siempre las amenazas del pasado. Sin embargo, para sorpresa de esta familia, las autoridades suecas no dan suficiente credibilidad a la historia de Sergei y le deniegan la residencia.
Es entonces, ante la posibilidad de ser devueltos a una muerte segura, cuando la menor de las dos niñas entra en un estado de coma. Ante una incertidumbre tan espantosa, el cerebro de la niña no puede soportar la realidad y recurre a un estado de aislamiento. Un método de defensa pavoroso, pero basado en hechos sumamente reales.
Las autoridades, que no desconocen que esto esté sucediendo con otros niños, responsabilizan, sin embargo, a los padres. Según parece, han sometido a sus hijos a un estrés innecesario. Deben mentirles, hacerles vivir en una burbuja de felicidad. Es decir, pasan de ser objeto de ayuda a sospechosos de maltrato.
Así comienza a desenvolverse un retrato certero sobre la violencia soterrada en los recursos propios del llamado Estado del bienestar; ese tótem incuestionable que es capaz, sin embargo, de una agresión contra la que es imposible protegerse. La película llega muy oportunamente estos días en los que los medios no paran de publicar –por goteo, pero incesantemente– sobre los servicios sociales de nuestro país y sus oscuros recovecos. Hay que celebrar que películas como Vida en pausa se cuelen en el sistema. Va siendo hora de auditar o al menos poner en cuestión con severidad los métodos de un intervencionismo, en apariencia, social.
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