A Echenique le sale el tiro por la culata
«He aquí la paradoja suprema: para combatir la supuesta intolerancia ajena, se recurre a la propia»

El portavoz de Podemos en el Congreso de los Diputados, Pablo Echenique. | Isabel Infantes (Europa Press)
Pablo Echenique, exdiputado de Podemos, publicó un tuit que pretendía ser un dardo envenenado contra Vox, pero que, en un giro deliciosamente irónico, se ha convertido en un bumerán que le ha rebotado con fuerza en su propia cara. El tuit se inspiró en un reportaje de La Vanguardia que destripaba los hábitos sexuales de los españoles a partir de un barómetro del CIS, y decía lo siguiente: «Un 49,5% de los votantes de Vox prefieren el sexo anal frente al 38,7% en la población general. Lo ha preguntado el Centro de Investigaciones Sociológicas y lo publica el periódico insignia del conde de Godó. A partir de ahí, que cada uno haga sus valoraciones políticas».
Qué finura, Echenique. Qué elegancia en la insinuación. Echenique no buscaba un debate sereno sobre la diversidad de los comportamientos sexuales según la ideología. Su intención era clara, estigmatizar, ridiculizar, asociar la preferencia por una práctica sexual que supuestamente, para ellos, el conservadurismo tanto detesta. Como si esa práctica fuera el talón de Aquiles de la derecha, o como si los electores de Abascal, en su intimidad, traicionaran sus valores al realizarla. Una supuesta gracieta que sólo destilaba homofobia.
El tiro le ha salido por la culata, y de manera estrepitosa. Apenas unas horas después, ante la avalancha de críticas, incluso de perfiles que se autoproclaman aliados del colectivo LGTBI, y asociados a los partidos a la izquierda del PSOE, Echenique borró el tuit. Después, en un programa televisivo, intentó justificarse. Reconoció «tics homófobos» en su mensaje y afirmó que su meta era «golpear a un partido profundamente homófobo». He aquí la paradoja suprema: para combatir la supuesta intolerancia ajena, se recurre a la propia. Un ejercicio de contorsionismo ético que deja al descubierto la falsedad de Podemos en su autoproclamada defensa de los derechos LGTBI.
Podemos ha optado por un silencio cómplice. Ni una expulsión ejemplar, ni un reproche interno. Imaginemos el escenario contrario. Si un diputado de Vox, o de cualquier partido que no comulgue con la izquierda posmoderna, hubiera tuiteado algo parecido, el infierno se habría desatado. Pablo Iglesias habría convocado a sus tropas mediáticas y de las redes sociales. Irene Montero habría enfurecido hablando del heteropatriarcado opresor. En las redes, el linchamiento habría sido feroz, con cancelaciones y peticiones de dimisión. Y al infractor, por supuesto, lo habrían quemado en la hoguera pública del «buenismo» falso, esa pira donde solo arden los disidentes de su relato dominante.
Pero la realidad es que el silencio es ensordecedor. ¿Por qué calla la izquierda mediática? ¿Por qué las redes sociales, tan rápidas en señalar cualquier desliz derechista, miran para otro lado? Y, sobre todo, ¿por qué el votante de esta izquierda, ese que presume de empatía y progresismo, no enloquece con la misma agresividad que mostraría ante un comentario similar proveniente de las filas enemigas? La respuesta radica en una doble vara de medir que ya no sorprende, pero que sí revela la fragilidad y lo fanatizado de su discurso. En su afán por demonizar a Vox, en la obsesión por mostrarles como homófobos y racistas, han terminado asumiendo lo que critican. La homofobia no es monopolio ni de la derecha ni de la izquierda, es transversal, como el racismo o la estupidez.
Echenique, con su tuit efímero, una eyaculación precoz que no sabemos si es común en todos los podemitas (propongo que la cuestión esté en el próximo CIS sobre comportamientos sexuales según el partido al que se vote) no solo ha expuesto sus limitaciones morales y éticas, sino que ha desnudado la hipocresía de un partido político y de los que lo amparan. Podemos, con su silencio, ratifica que su defensa de los derechos LGTBI es condicional, vale cuando sirve para atacar al adversario político, pero desaparece si quien los ataca es uno de los suyos, el régimen castrista de Cuba o la teocracia islamista de Irán, por poner unos ejemplos de los muchos que se podrían. El tiro por la culata es doble, no solo ridiculiza a Echenique, sino que castiga gravemente los supuestos principios de una izquierda posmoderna que, en su superioridad moral autoproclamada, quedan heridos de muerte, aún más, de una credibilidad solo a prueba de abducidos y sectarios. Y es que no hay nada malo en el sexo anal, pero sí en pensar con el culo.
