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Cuatro años de guerra: ¿es la monarquía la salvación para Rusia?

¿Puede la monarquía ofrecer una alternativa a Rusia y a su relación con Europa?

Cuatro años de guerra: ¿es la monarquía la salvación para Rusia?

‘Nicolás II asiste a una sesión del Consejo de Estado el 7 de mayo de 1901’, óleo sobre lienzo de Iliá Repin. | Wikimedia Commons

Se cumplen cuatro años de la invasión rusa de Ucrania. Una fecha que marca la erosión del equilibrio europeo que dejó la Guerra Fría. En un país donde hace un siglo su jefe del Estado se codeaba con los reyes del resto del continente, hoy su figura se ve representada por alguien con el que nadie quiere aparecer en la foto. La cuestión no es romántica. No se trata de fantasear con un pasado que una vez existió o con el mito popular que hemos integrado a través de la cultura popular. Se trata de una idea política alternativa. ¿Puede la monarquía ofrecer hoy un principio alternativo de legitimidad en Rusia? ¿Encajaría una restauración en el actual escenario geopolítico? ¿Y qué papel desempeña realmente la Casa Imperial en este contexto?

¿Qué significaría restaurar la monarquía hoy?

En el año 2000, la Iglesia ortodoxa rusa canonizó a Nicolás II de Rusia y a su familia como «portadores de la pasión». La decisión fue presentada como un acto espiritual que buscaba cerrar una herida aún abierta en la historia del antiguo imperio. La familia del zar fue brutalmente asesinada por los bolcheviques en 1918 tras huir con el estallido de la Revolución de 1917. Parte de sus restos fueron hallados en 1991 en una fosa común cerca de Ekaterimburgo, en los Urales. El resto de miembros, concretamente el zarévich Alexéi, heredero al trono, y una de las grandes duquesas, hija de los reyes, fueron encontrados en otra fosa en 2007. La identificación de estos restos no hizo sino evidenciar las profundas relaciones entre la monarquía rusa y el resto de reinos europeos, ya que gracias al ADN mitocondrial, que se transmite únicamente por vía materna, se pudo trazar en 1991 la línea genética de la zarina Alejandra Fiódorovna, nieta de la reina Victoria, hasta Felipe, duque de Edimburgo y marido de Isabel II. Este impactante caso resultó no solo un éxito para la investigación, sino una forma de mostrar, blanco sobre negro, cómo las monarquías conectan mucho más que dinastías y familias, sino que se vinculan hasta las últimas consecuencias con la historia de un país.

Desde entonces, la figura de la familia imperial ha sido progresivamente rehabilitada en el discurso popular. Actos conmemorativos y reconstrucciones históricas muy vinculadas al entorno religioso han contribuido a suavizar la imagen política del régimen y a reforzar una lectura sacrificial del final de la dinastía Románov.

Sin embargo, ante la actual encrucijada en la que se encuentra el país con respecto a la guerra en Ucrania, y a su vez contra el resto del bloque occidental, la falta de una figura de consenso que ocupe ese espacio puente entre naciones se hace notar cada vez más.

La Rusia imperial no fue una monarquía constitucional homologable a los modelos occidentales actuales. El zar era autócrata y su autoridad tenía una dimensión religiosa de la cual muchas monarquías ya se habían deshecho hacía tiempo. Cualquier restauración contemporánea obligaría a redefinir completamente esa tradición. Nadie fantasea con recuperar un zarismo democrático que nunca hubo o algo cercanamente parecido. Por ello, en caso de que se plantease una restauración monárquica, ¿estaríamos hablando de una monarquía parlamentaria simbólica, al estilo europeo? ¿O una forma renovada de autocracia legitimada por la tradición? Precisamente este último modelo es en el que descansa el régimen actual, un presidencialismo fuerte con rasgos de concentración de poder, un sistema con liderazgo vertical que históricamente se asocia al zarismo.

La Casa Imperial hoy: memoria viva sin poder alguno

Tras el asesinato de la familia imperial, los Románov continuaron en el exilio. En la actualidad, la figura más visible es la gran duquesa María Vladímirovna Románova, quien se presenta como jefa de la Casa Imperial Rusa desde su residencia en Madrid. Aunque es cierto que existen otros pretendientes a la jefatura de la casa, la candidatura de María resulta la más sólida de ellas.

En declaraciones públicas, intenta no posicionarse como actor político directo. En una entrevista reciente afirmó que ante Rusia se abre «un largo y gradual camino hacia la restauración del poder y la grandeza», aunque subrayando que la Casa Imperial no se considera con derecho a fijar una posición política oficial sobre el conflicto actual. Esa ambivalencia es reveladora: reivindicación histórica, pero prudencia institucional.

Su hijo, el gran duque Jorge Mijáilovich Románov, ha proyectado una imagen más vocal sobre su relación con Rusia. En una entrevista concedida a medios internacionales con motivo de su boda en San Petersburgo en 2021, afirmó: «Mi primer idioma era el ruso, aunque nací en España y crecí en Francia […] mis abuelos me criaron con historia rusa y poesía. Siempre ha estado en mi alma». La declaración ilustra cómo la legitimidad dinástica contemporánea se apoya más en la identidad cultural que en el poder efectivo. También ha hecho declaraciones con mayor carga política. En medios rusos expresó su apoyo a la adhesión de Crimea a la Federación Rusa, afirmando que respaldó la decisión «desde el principio». Este posicionamiento evidencia que, aunque la Casa Imperial no tenga reconocimiento constitucional, algunos de sus miembros participan en el debate geopolítico contemporáneo y, más importante todavía, que no necesariamente los intereses de la monarquía rusa serían los mismos que los del resto de Europa.

¿Solución estructural o mito ideal?

Cuatro años después del inicio de la guerra en Ucrania, la evocación del zarismo revela dos naturalezas. Por un lado, la búsqueda de continuidad histórica, y por otro lado, una aproximación hacia Occidente. Para esta última fórmula, la restauración requeriría una transformación constitucional profunda y un consenso social que hoy no parece existir. La monarquía rusa histórica estaba inseparablemente ligada a la autocracia. Convertirla en una monarquía parlamentaria moderna implicaría despojarla de su esencia tradicional. Mantener su carácter autocrático, por el contrario, chocaría con cualquier aproximación al modelo europeo.

En términos geopolíticos, una restauración formal no resolvería el conflicto con Ucrania ni mejoraría automáticamente la relación con Europa. Más bien reforzaría la dimensión civilizatoria del enfrentamiento, consolidando una narrativa de excepcionalidad histórica rusa frente a Occidente y la reclamación de un territorio que en una época estuvo bajo la Corona.

Realmente, y a pesar del deseo de aquellos que fantaseamos con una restauración monárquica en pleno siglo XXI, es difícil saber qué narrativa histórica prevalecería en la redefinición de su identidad política y en su relación futura con Europa. El zar puede seguir vivo en el imaginario, pero convertirlo en institución implicaría una revolución política de alcance incierto. Y, por ahora, el mito parece tener más fuerza que la posibilidad.

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