Cada casa real europea se enfrenta como puede a la oveja negra de la familia
«Cada familia real tiene una oveja negra. Alguna, como la española, incluso tiene dos. O más»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hay una regla de las monarquías europeas que ningún manual de protocolo recoge, pero que se confirma con precisión suiza: cada familia real tiene una oveja negra. Alguna, como la española, incluso tiene dos. O más. La verdad es que, en ciertos casos, el rebaño entero empieza a dar señales preocupantes porque ponen en riesgo la inmaculada imagen que toda casa real intenta mantener.
El último recordatorio llega desde Noruega. El protagonista es Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit y, por tanto, hijastro del heredero al trono Haakon de Noruega. Durante años fue el ejemplo perfecto de esa figura que las monarquías modernas han inventado para evitar problemas: el «casi príncipe». Sin título, sin funciones, pero viviendo en palacio y saliendo en las fotos oficiales.
La teoría era impecable: si algo salía mal, siempre se podría decir que no pertenece a la institución. La práctica es que Borg se enfrenta a un proceso judicial con acusaciones graves de violencia contra exparejas y agresiones sexuales. Y eso coloca a la monarquía noruega en una posición curiosa: explicar que el acusado no forma parte de la Casa Real mientras todo el país recuerda que es el hijo de la futura reina. Pero Noruega no está sola. En realidad, cada monarquía europea tiene su propio departamento de crisis familiares.
La británica, por ejemplo, ha desarrollado un máster completo en la materia. El alumno más brillante ha sido Andrés, duque de York. Durante años, el hijo favorito de Isabel II, héroe de las Malvinas y habitual de la alta sociedad londinense. Todo eso terminó cuando su nombre apareció en el universo del financiero Jeffrey Epstein. La demanda por abuso sexual presentada por Virginia Giuffre acabó resolviéndose con un acuerdo extrajudicial millonario, pero el daño reputacional fue irreversible: retirada de funciones, patronazgos eliminados y desaparición casi total de la vida pública. Vamos, al banquillo de la aristocracia y al sumidero de la historia de los Windsor. Y con los duques de Essex en un dorado exilio victimista con un juego que les ha hecho expertos en trapos sucios.
El caso Epstein, por cierto, ha salpicado a más coronas: la propia Sofía de Suecia, esposa de Carlos Felipe de Suecia, tuvo que salir a dar explicaciones cuando aparecieron documentos que la relacionaban con la siniestra lista. La princesa reconoció que conoció al financiero en dos encuentros sociales a mediados de los años 2000 —un restaurante y una proyección de cine— cuando intentaba abrirse camino en Nueva York, aunque insistió en que no volvió a tener contacto con él desde entonces. La sombra de la sospecha la ha dejado fuera de todos los actos oficiales en una operación protocolaria con una precisión digna de una cirugía. La Casa Real sueca reaccionó con rapidez, pero el caso sirvió para recordar lo delicado que resulta el pasado cuando entra por sorpresa en una dinastía que se creía intocable.
España, naturalmente, no necesita mirar fuera para encontrar ejemplos. Durante años el escándalo fue el caso Nóos, que envió a prisión a Iñaki Urdangarin, marido de Cristina de Borbón, a la que pudimos ver sentada en el banquillo de los acusados. La sentencia convirtió a nuestro país en el primero donde un miembro político de la familia real acababa en la cárcel por corrupción.
Pero el terremoto más profundo llegó después, cuando las revelaciones afectaron al propio Juan Carlos I. Durante décadas fue el rey de la Transición; luego aparecieron las cuentas en el extranjero, las comisiones saudíes y su relación con la empresaria/acompañante Corinna Larsen. El episodio terminó en un litigio en tribunales británicos por presunto acoso que parecía escrito por un guionista especialmente irónico: un rey emérito defendiendo su inmunidad judicial en Londres en una disputa sentimental.
Pero todo eso quedará atrás, porque el verdadero candidato a eclipsar a todos, el personaje condenado a ostentar la corona de oveja negra oficial de los Borbones: Froilán, el rey de las juergas nocturnas, los afters y la vida loca. Atentos a su trayectoria, promete.
El Gran Ducado de Luxemburgo aporta otro capítulo, menos glamuroso pero igualmente revelador. En 2020, el Gobierno encargó un informe independiente sobre el funcionamiento de la corte de Enrique de Luxemburgo y su esposa María Teresa de Luxemburgo. El resultado fue el llamado informe Waringo, una radiografía incómoda del ambiente en palacio. La imagen de unos explotadores con privilegios hizo mucho daño, sobre todo cuando el asunto escaló cuando la Fiscalía abrió una investigación preliminar tras denuncias públicas de que algunos empleados habrían sufrido agresiones físicas dentro de la corte. La causa terminó archivándose, pero el episodio dejó una conclusión bastante poco monárquica: incluso en el pequeño y próspero Luxemburgo puede comportarse como una empresa tóxica. O como un país tercermundista.
La monarquía belga tampoco carece de material. El príncipe Laurent de Bélgica ha construido una carrera paralela como especialista en polémicas: por conducción temeraria, conflictos diplomáticos por asistir a actos sin permiso, demandas contra el Estado para reclamar derechos sociales pese a recibir una generosa asignación pública y fraude por desvío de fondos de la Armada para pagar su residencia de vacaciones.
Y si se amplía el foco aristocrático, aparece el caso casi literario de Ernesto Augusto de Hannover, marido de Carolina de Mónaco, cuya biografía incluye agresiones a fotógrafos, peleas en bares y el famoso incidente de la Expo de Hannover en 2000, cuando decidió orinar sobre el pabellón turco, escena que probablemente no figuraba en los manuales de protocolo de la nobleza europea. Mamporrero con paraguas, Ernesto siempre ha mostrado una tendencia a empinar el codo en las barras más selectas. Lo curioso es que, a pesar de las broncas y las novias, Carolina aguanta: no se divorcia para que no vaya a perder el título de princesa de Hannover, que a estas alturas tiene menos valor que el de cualquiera de las de Disney.
Las monarquías modernas viven de una ecuación delicada: tradición, estabilidad institucional y cierta autoridad moral. Pero al mismo tiempo siguen siendo lo que siempre han sido: familias. Y en ellas siempre aparece un pariente imprevisible. La diferencia es que cuando el problema aparece en cualquier casa, la historia termina en una comida incómoda de Navidad. Cuando aparece en un palacio, se convierte en un escándalo internacional, un problema constitucional y una crisis de reputación.
