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Cultura

Esther Paniagua: «En nuestras vidas conectadas no tenemos democracia»

La periodista especializada en ciencia y tecnología Esther Paniagua publica ‘Error 404. ¿Preparados para un mundo sin internet?’ (Editorial Debate, 2021)

Error 404, el primer libro en solitario de la periodista especializada en ciencia y tecnología Esther Paniagua, llegó a las librerías españolas apenas unos días después de la caída de WhatsApp que sacudió literalmente al mundo y en particular a Facebook -ahora Meta- el 04 de octubre. Fue una pequeña muestra gratis que respondía directamente a la pregunta retórica que sirve de subtítulo para el libro: ¿Estamos preparados para un mundo sin internet? 

Respuesta corta: no. 

La respuesta larga está expuesta en detalle en las primeras páginas de Error 404 pero intentaremos hacer un abreboca decente. En el Informe anual de seguridad de 2019 del Gobierno de España el mayor riesgo a corto plazo era la vulnerabilidad del ciberespacio, y es lógico porque un apagón de internet implicaría quedarnos sin una parte fundamental de nuestro sistema de comunicaciones, de nuestra infraestructura de seguridad, producción y suministros, de acceso a nuestro dinero, colapso en el transporte, y así, dependiendo de la duración del fallo, hasta alcanzar los escenarios que hemos visto en películas y series distópicas y para el que los preppers han estado acumulando latas de atún, bombonas de gas, y tabletas purificadoras de agua (y rifles, si estás en EEUU) durante años. Se calcula que 48hrs es el plazo límite para el caos en el paso de un estado de normalidad a otro de crisis, o «estamos a cuatro comidas de la anarquía», que diría el MI5.

«Internet se vendrá abajo y cuando lo haga viviremos oleadas de pánico mundial (…) puedes hablar con cualquier experto y te dirá lo mismo que yo»

Dan Dennett
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Imagen vía Editorial Debate.

«Internet se vendrá abajo y cuando lo haga viviremos oleadas de pánico mundial (…) Lo que digo no tienen nada de apocalíptico, puedes hablar con cualquier experto y te dirá lo mismo que yo», advertía el filósofo Dan Dennett en una charla TED en 2014. Y no solo él, sino una serie de prominentes expertos como Vinton Cerf, uno de los padres de internet, el criptógrafo Bruce Schneier, o el inventor Danny Hillis, llevan años advirtiendo la alta vulnerabilidad del sistema. Así que no solo no estamos preparados, sino que «cuanto más nos conectamos, más vulnerables somos».

Todo, poco a poco, va pasando a depender más de internet: «Las empresas, las administraciones, los hospitales, las universidades, los bancos, en su relación con los clientes.. y con el Internet de las cosas, cada vez conectamos más cosas desde electrodomésticos hasta dispositivos sexuales, joyas o relojes», nos recuerda Paniagua.

Las vulnerabilidades de un sistema en el que el ataque es más fácil que la defensa son muchas, están expuestas, están inadecuadamente atendidas y están al alcance de hackers, crackers y niños talentosos que aún no han nacido. La primera parte de Error 404 explora todas esas puertas de entrada al mundo analógico forzados por un reboot que sucederá, aunque no se sepa cuándo, ni cómo… como una pandemia, digamos.

Ahora bien, si bien descubrir que existen guardianes de los protocolos DNS de Internet fue tan entretenido como revelador, y aunque otros como yo puedan sentirse atraídos a esa enumeración de escenarios apocalípticos tecnológicamente plausibles, debo admitir que lo más interesante del libro de Paniagua es que deja bien clara una inquietud que cada vez se va haciendo más común: tampoco estamos preparados para un mundo CON internet

«Creo que la mayoría de nosotros valorará vivir en una democracia, pero en nuestras vidas conectadas, que son parte de nuestra vida real, no tenemos democracia»

Esther Paniagua

«Creo que la mayoría de nosotros valorará vivir en una democracia, pero en nuestras vidas conectadas, que son parte de nuestra vida real, no tenemos democracia», afirma con contundencia Paniagua. La manera en la que las grandes empresas de internet manejan, comercializan y abusan de nuestros datos, la manera en la que diseñan las apps que usamos a diario, y en definitiva, la manera en la que sin estar especificado en los dichosos términos y condiciones nos manipulan para convertirnos gradualmente en otra persona (una más desinformada, intolerante, temerosa, dismórfica y adicta), socava nuestros derechos fundamentales de forma sistemática, «si la gente valora los derechos humanos fundamentales entonces estará interesada en saber más de estos temas».

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Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Términos y condiciones

«Somos gobernados, nuestras mentes están moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran parte por hombres de los que nunca hemos oído hablar». La declaración no es de Paniagua, aunque podría serlo, ni siquiera es reciente, esto lo dice Edward L. Bernays, el primer propagandista de la historia, sobrino de Freud, inspiración de Goebbels, autor de la conocida obra Propaganda donde también afirma sin cortarse que «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un Gobierno invisible que es el verdadero poder gobernante de nuestro país». 

Bernays, quien murió en 1995 no llegó a saber hasta qué punto internet era todo lo que siempre había deseado… y más, ingeniería del consentimiento hiperpersonalizada y optimizada algorítmicamente. Como recuerda Paniagua en Error 404: «La hiperpersonalización utiliza todas estas herramientas para tratar de adaptar a cada individuo, cual traje a medida, el contenido de las campañas de influencia y marketing. Se utilizan para vender y para convencer; para inducir al consumismo y para atraer a las personas a cualquier tipo de causa, ideología, movimiento o partido». 

«Los términos medios y la pluralidad de opiniones son necesarios para tener un entendimiento común de lo que es el mundo compartido en el que vivimos»

Esther Paniagua

Sí, que internet no ha inventado la desinformación y la propaganda, está claro, pero cómo la ha perfeccionado. «Claramente es un refuerzo enorme de unos movimientos que han existido siempre y que vemos que ahora están siendo reforzados; los populismos los extremismos, las tendencias políticas radicales». Y no se trata solo de los filtros burbuja que nos facilitan la exposición a contenidos que refuerzan lo que ya creemos, Paniagua señala un efecto que es «aún más peligroso», que es la exposición selectiva a visiones radicales en el extremo contrario: «Eso nos hace reforzarnos aún más en nuestras propias creencias, al tiempo que no asistimos a esos términos medios, a esa pluralidad de opiniones y visiones que es necesaria para tener un entendimiento común de lo que es el mundo compartido en el que vivimos, de esa realidad común que experimentamos, y eso por supuesto genera un acceso muy fragmentado la conocimiento, a la información, a la opinión y a lo que es la realidad como sumatoria». 

Es perfectamente válido que internet en general y las redes sociales en particular permitan a cualquier persona expresarse y contar su punto de vista de lo que está pasando en un momento y lugar determinados, usarlas para vender maquillaje a través de un tutorial en Instagram o para responder a un comentario incendiario en Twitter (generalmente con otro comentario incendiario), ahora bien, también es cierto que no todos los usuarios de internet y de redes están preparados para distinguir filtros, deepfakes, anuncios pagos, trolls o bots, y que cada vez la tecnología trabaja para que se línea entre lo real y lo falso sea más tenue, y eso, en el caso de las noticias, resulta especialmente pernicioso. «Existe la sensación de que todo el mundo puede ser una voz legítima o autorizada para cualquier cosa y no es así… ese el problema que ya teníamos antes con las tertulias televisivas, por ejemplo, donde iban los todólogos a hablar de cualquier cosa aunque no tuviesen idea. Esto es lo que pasa en internet, la magnificación —y recompensa— del cuñadismo del mundo físico». 

«Internet magnifica —y recompensa— el cuñadismo del mundo físico»

Esther Paniagua
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Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Desinformación a través de noticias falsas en portales falsos, deepfakes, granjas de troles, promoción de teorías de conspiración, de mensajes de odio, discriminación por diseño (o ignorancia), sesgos convertidos en algoritmos, vigilancia constante, venta de datos, denuncias de interferencia en elecciones democráticas e incluso denuncias por no tomar acciones contundentes por la propagación de mensajes violentos que desencadenaron un genocidio (los refugiados rohinyás acaban de demandar a Meta por 132.000 millones de euros por difundir mensajes de odio que la propia compañía de Mark Zuckerberg reconoció en 2018 que no había hecho suficiente para frenarlos), son algunas de las cada vez más frecuentes etiquetas que van explotando la burbuja tecnoptimista sobre la que nació internet y se cimentó Silicon Valley. 

«Y ahora hablamos del metaverso -alerta Paniagua- que es una versión más inversiva de la internet que ya tenemos, que es como llevar todo lo malo que ya tenemos de nuestras vidas conectas al siguiente nivel, antes de plantearnos siquiera si queremos vivir en el metaverso creo que primero tenemos que arreglar internet».

«Antes de plantearnos siquiera si queremos vivir en el metaverso creo que primero tenemos que arreglar internet»

Esther Paniagua

El móvil como herramienta de persuasión

En una entrevista reciente publicada por el diario El País, el filósofo surcoreano Byung Chul-han señalaba que «toda técnica de dominación genera artículos de culto que son empleados para la subyugación» y que el smartphone vendría a ser el artículo de culto de la dominación digital. «Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El me gusta es el amén digital. Seguimos confesándonos. Nos desnudamos por decisión propia. Pero no pedimos perdón, sino que se nos preste atención», expresaba el autor.

Al respecto, la autora comenta que en efecto el móvil se ha convertido en un dispositivo que ya es para nosotros una parte de nuestro yo extendido, una pertenencia que ya sentimos tan nuestra que es como casi un órgano más y al que echamos de menos (algunos con más angustia que otros) cuando no lo tenemos cerca, es decididamente la herramienta de persuasión perfecta. «Ya había una buena herramienta que era internet pero el móvil lo que hace es que lleves el internet contigo a todas partes y que siempre tengas acceso a todas esas aplicaciones de uso lúdico, ya sea videojuegos, plataformas de streaming o vídeos, contenidos, series, películas o redes sociales o plataformas como YouTube que están diseñadas para mantener nuestra atención todo el tiempo (…) proporcionando gratificación, recompensas sociales que liberan dopamina en nuestro cerebro, y nos hacen querer más. Queremos seguir viendo los me gustas en las cosas que publicamos, los comentarios, toda esa variedad de interacciones que se han creado para fomentar la necesidad que tenemos de interacción social y no para fomentar conversaciones profundas y significativas», de ahí también que junto a este estado de hiperconexión constante le haga sombra la enorme epidemia de soledad que aqueja a la sociedad moderna.

«En la dosis está el veneno»

Paracelso

Obviamente no todo lo relativo a internet y las redes es negativo, Esther Paniagua cita una frase de Paracelso que sirve para describir a esa tenue línea que separa el lado útil de las redes e internet de su lado oscuro: En la dosis está el veneno

«Para mi el móvil es una herramienta de trabajo fundamental -confiesa Paniagua- lo uso cuando me levanto para ver las noticias, para grabar cuando entrevisto a alguien, también uso redes, es parte de esos lugares donde yo comparto la información para que llegue a la mayor cantidad de gente posible, y son herramientas muy útiles en este sentido». 

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Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Pero, la dopamina no discrimina, un like profesional es químicamente idéntico a un like que recibes por postear un meme de gatos y por eso «a veces es difícil establecer una línea entre el uso profesional y el lúdico de estas herramientas, porque a lo mejor yo comparto la entrevista que me estás haciendo, y sigue siendo una recompensa el hecho de que la gente le de likes y lo comente… es difícil saber dónde establecer la línea clara y poner límites, que es lo que tenemos que hacer». 

Por suerte (y más que por suerte, por voluntad, valentía, rebeldía, paciencia), existe mucha gente que está trabajando por el código abierto y por explotar el potencial positivo de esas herramientas, y esto también es parte de nuestra vida diaria y «también hay que contarlo», asegura la autora. «Tenemos muchas cosas buenas gracias a esta conectividad, entonces hagamos de estos los usos por defecto y no lo malo por defecto que es lo que tenemos ahora».

Optimismo y acción

Parece evidente que el juego está amañado para que perdamos, como señalaba hace un par de años Sandy Parakilas, exdirector de operaciones de Facebook, y sin embargo, a pesar de que la reputación de Facebook parece haber empezado un aparatoso descenso reputacional continuo -como en aquel episodio de Black Mirror-, en la práctica la compañía de Zuckerberg no ha dejado de reportar ganancias trimestre a trimestre, a este respecto Paniagua señala que aunque el proceso sea sutil y lento, los consumidores han empezado a enviar señales que han promovido cambios en la actuación de los gigantes de internet (Apple, Amazon, Google, Facebook): «¿Por qué Google ha dicho que va a dejar de vender datos a terceros? Porque ha visto que es una tendencia cada vez más demandada por la gente, y porque quiere seguir la estela de Apple con la defensa de la privacidad», aunque todo hay que decirlo, «su truco es que no venden los datos a terceros pero ellos sí los siguen usando y haciendo con ellos lo que quieran, que es una manera un poco torciera de hacer las cosas», destaca Paniagua.

«Si obligamos a un cambio en el funcionamiento de estas grandes empresas que gobiernan nuestra vida online, nuestra dependencia también cambiará de forma natural»

Esther Paniagua

Sí, se puede tener lo bueno de internet sin tener que sacrificar tanta libertad, privacidad, voluntad y atención en el camino, Paniagua está segura: «El futuro va a depender mucho de lo que hagamos ahora. Me gustaría pensar que aunque vamos a seguir siendo dependientes de internet porque esto no va a cambiar de la noche a la mañana y las dependencias que tenemos son muy difíciles de quitar, si obligamos a un cambio en el funcionamiento de estas grandes empresas que gobiernan nuestra vida online, nuestra dependencia también cambiará de forma natural, porque vamos a ver que es posible usar otro tipo de herramientas. De hecho, ya se están desarrollando, Twitter por ejemplo ya está invirtiendo en el desarrollo de protocolos descentralizados para tener unas redes sociales que sean más cívicas».

Esther Paniagua sabe qué es lo que hace falta y dedica la parte final de su libro no solo para dejarlo claro sino para hacer una serie de propuestas al respecto que van desde la creación de una Alianza Democrática por la Gobernanza Digital hasta el establecimiento de zonas de comercio digital, leyes para la gobernanza de datos y guías de valores y derechos: «Necesitamos reglas de juego mucho más claras y que funcionen de manera trasnacional porque los ciudadanos en un país pueden exigir algo, pero un gobierno en un país solo no puede hacer mucho contra una plataforma como Facebook. Internet es global, no podemos crear medidas que tengan un efecto que solo afecta a un país, necesitamos exigir cosas -algunas de las cuales ya están en las leyes- como la portabilidad de datos y de contactos, y otras muchas medidas que sí que les van a afectar que ademas van a  potenciar la competitividad de otras empresas y la innovación por parte de otros en lugar de que ellos tengan el monopolio de los datos y de las redes y los contactos».

«Necesitamos reglas de juego mucho más claras y que funcionen de manera trasnacional»

Esther Paniagua

«Por eso escribí la parte final del libro -continua- porque no me quería quedar con esa parte tan distópica, que más que distopía es tan real, que a mí misma me hace sentir desesperanzada». «Si no aspiramos un mundo mejor, nada va a cambiar, eso es seguro», remata.

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