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Cultura

Distopías: ni tan abundantes ni tan críticas

El doctor en filosofía Francisco Martorell Campos publica ‘Contra la distopía. La cara B de un género de masas’ (La Caja Books)

Distopías: ni tan abundantes ni tan críticas

Liberto Peiró.|Cedida por el autor

Si se hace caso a las descripciones que se leen en medios o en redes, de un tiempo a esta parte todo se ha llenado de distopías. Cine, series y libros se han poblado de futuros inhabitables por razones diversas, bien morales, bien tecnológicas o políticas. Algo propio de la falta de horizontes que define nuestros días, en los que la idea del progreso se ha difuminado, cuando no desvanecido. Por decirlo con Bauman, ante la imposibilidad de la utopía, surgen las retropías que veneran el pasado, pero también mundos distópicos en los que vuelve una teocracia feroz, como en El cuento de la criada, otros en los que la tecnología domina y aliena, como en Black Mirror, o en los que la política autoritaria se impone, como en Years and Years. También futuros en los que la Tierra ha sido esquilmada y destruida por los humanos, como en WALL.E, o en los que una pastilla nos dará acceso a un mundo feliz pero irreal, como en Matrix. Películas, series y libros que suelen ser considerados como parte de la vanguardia crítica de la sociedad.

A poner cierto orden terminológico y conceptual contribuye Contra la distopía. La cara B de un género de masas (La Caja Books). Su autor, el doctor en filosofía Francisco Martorell Campos, que ya publicó en 2019 Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla, indaga los aspectos negativos del auge actual de la distopía desde una perspectiva que aúna la mirada sociológica y periodística con el análisis político y textual. Para ello, utiliza fuentes teóricas y referencias cinematográficas y literarias. A lo largo del recorrido, el lector tropieza tanto con distopías célebres como con distopías desconocidas, documentos sumamente interesantes, diría que imprescindibles, para alcanzar un conocimiento de la distopía riguroso, que vaya más allá de los títulos habituales. Martorell hace un repaso de la historia del género distópico, lo define, lo distingue de otros géneros similares y examina a sus principales personajes y escuelas. Para empezar, ¿qué es una distopía? «Llamamos distopías al género político de la ciencia ficción que describe con detalle e intención crítica la estructura de sociedades imaginarias del porvenir peores que, y nacidas de, aquella en la que viven los lectores o espectadores», escribe Martorell. Y cada día aparecen más. Cual jeremiadas mundanas, «participan del clamor sistémico de que lo peor está por venir, que lo tenemos merecido y que no hay remedio. El vaticinio es: el mañana será espeluznante», explica el autor.

La contracara de la utopía


Una vez aclarado que no todo lo que luce la etiqueta es en puridad distópico –no lo son, por ejemplo, las escuelas de la ciencia ficción apocalíptica y posapocalípticas, con las que tanto se la confunde–, Martorell examina un gran número de temáticas, como el papel del miedo en la sociedad actual, la industria del pensamiento positivo, la dialéctica optimismo-pesimismo, la obsesión colectiva por las catástrofes futuras, la impotencia política, el cierre de la imaginación o el postureo catastrofista en los entornos culturales. Para el autor, lejos de ser una herramienta crítica con efectos catárticos, la multiplicación de distopías impulsaría «la instauración de la impotencia como emoción sobresaliente». ¿Y qué fue de la utopía? «Entretanto, la utopía aparece como un artículo prehistórico y soporífero, procedente de eras remotas, y sin que nadie lo lamente, se disipa», explica. No hay duda de que la cultura contemporánea se ha distopizado. Mientras tanto, para el autor, lo que WALL.E y las demás narrativas presumiblemente ‘antisistema’ de la distopía destinadas al gran público manifiestan es que la ideología del capitalismo es hoy anticapitalista. Es decir, «ratifican la pasmosa destreza del capital a la hora de apropiarse y sacar rédito de los discursos opositores, de metabolizar la retórica anticorporativa y vendérsela nuevamente a la audiencia como entretenimiento».

«Las distopías potencian más la estabilidad que el cambio, y no aportan apenas nada a la consecución de los objetivos de la izquierda. Antes bien, contribuyen a obstaculizarlos, distorsionarlos o desprestigiarlos»

La crítica a la distopía corre paralela a la crítica de la sociedad actual y a la crítica de la izquierda apocalíptica o tremendista. No se limita a cuestionar ese género literario y cinematográfico, sino también la carencia de imaginación utópica que percibe en ese lado del espectro político, igualmente distopizado. Aunque sea una obra escrita desde una óptica de izquierdas, sacude por igual a diestro y siniestro, y cuestiona el papel de determinada izquierda en auge. Si en Soñar de otro modo criticaba a la izquierda memorialista y a la izquierda cultural, en Contra la distopía hace lo propio con la izquierda agorera, exclusivamente crítica, huérfana de propuestas a gran escala, sumida en la queja y la advertencia, incapaz de suscitar ilusión y plantear soluciones a gran escala. Para Martorell, «el meritorio diagnóstico de la modernidad discurrido por la distopía tiene mucha letra pequeña, y, contadas salvedades aparte, conduce a posiciones despolitizadas o políticamente sospechosas y descafeinadas». A su modo de ver, «Las distopías potencian más la estabilidad que el cambio, [y] no aportan apenas nada a la consecución de los objetivos de la izquierda. Antes bien, contribuyen a obstaculizarlos, distorsionarlos o desprestigiarlos», explica.

Imagen vía Editorial La Caja Books.

La distopía ayer y hoy

El cuestionamiento de la distopía se despliega atendiendo a su historia, a la función que ejerce en el orden actual, a los efectos que deja en los receptores y a las premisas inconsistentes en las que descansa. De especial interés es el tercer capítulo, donde Martorell critica el género distópico explorando los textos que ha producido y los supuestos que los vertebran. La distopía no solo es cuestionable por las funciones sociales conservadoras que desempeña voluntaria o involuntariamente, sino por las premisas en que se basa, simplistas y reduccionistas. A través de su investigación, el autor muestra la existencia y explora los clichés de un gran número de subgéneros distópicos: las distopías del yo contra el mundo, las distopías revolucionarias y contrarrevolucionarias, las distopías de la automatización, las distopías de la realidad virtual, las distopías del regreso a la naturaleza, las distopías del yo confinado, las distopías antitotalitarias, la distopías críticas o las tecnodistopías.

«Hasta hace poco, la distopía actuaba en el seno del paradigma crítico movilizado por los intelectuales y escritores taciturnos especializados en el arte de delatar las patologías de la civilización occidental, pero hoy sus códigos hermenéuticos vehiculan la manera cotidiana de ver, sentir y vivir la realidad»

Del repaso histórico que hace el autor, se deduce que no estamos ante un género nuevo. ¿Por qué, entonces, ahora se habla tanto de ellas? ¿Qué las diferencia de las del pasado? «La victoria de la distopía sobre la utopía no supone novedad alguna, lleva cien años produciéndose», afirma Martorell. Sin embargo, son hoy distintas por varios aspectos. «Por el momento, cabe subrayar tres. El primero es que, por muchas oleadas distópicas que hayan acaecido en el pasado, ninguna cautivó a los círculos mainstream con tanta fuerza», algo que ha tenido su impacto directo también en el público, pues la cantidad de títulos publicados, alabanzas recibidas y audiencias obtenidas desde el año 2008 no tiene precedentes. «El segundo elemento es que la distopía ya no se circunscribe a un género literario concreto», explica el autor: «Hasta hace poco, la distopía actuaba en el seno del paradigma crítico movilizado por los intelectuales y escritores taciturnos especializados en el arte de delatar las patologías de la civilización occidental, pero hoy sus códigos hermenéuticos vehiculan la manera cotidiana de ver, sentir y vivir la realidad». En definitiva, y en palabras del autor en el libro, «cualquier mindundi cree habitar una distopía». El tercer elemento es que por primera vez en la historia, la distopía opera en un contexto en el que no existen alternativas socioeconómicas al modelo imperante. De un modo u otro, el género distópico monopoliza la imaginación sobre el telón de fondo del “no hay alternativa”.

Pasaporte a la resignación

Contra la distopía no solo dispara contra la impotencia política y el cierre ideológico promovidos por lo que denomina Distopiland, sino contra su hermana gemela, la Happycracia. A esta última cabe asociar futuros como el del metaverso u otros mundos vaticinados por tecnólogos expertos en automatización e Inteligencia Artificial, en cuya ética el autor percibe los peores rasgos de la ética protestante, encarnada ahora en empresarios tecnológicos que piensan más en Marte y la inmortalidad que en sus propias sociedades: «la ética protestante y sus derivaciones secularizadas contribuyeron al progreso durante la modernidad, pero que hoy lo paralizan», concluye.

Distinto ropaje para la misma realidad, según el autor de este ensayo erudito y ameno, que aporta rigor y orden en un concepto maltratado por su utilización excesiva. Analizando centenares de obras, Martorell muestra cómo el género distópico adolece de una mística romántico-individualista simple y maniquea que sugiere que no se puede tener tecnología sin dominación, igualdad sin totalitarismo, bien común sin sufrimiento individual, progreso sin represión o colectividad sin estandarización, «lo cual es falso y capcioso», sentencia. Esta manera tan excluyente de plantear los dilemas, motiva que la plana mayor de la distopía nos lleve «a la encerrona de repudiar el Estado, la igualdad y la identidad si queremos apoyar al individuo, la libertad y la diferencia. Deja fuera de lo representable la reconciliación, compleja pero no inconcebible, de los extremos, contingencia en la que radicaría la realización de los valores que defiende». 

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