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Tenemos que hablar de Bill Cosby

El Festival de Sundance estrena una serie documental sobre el cómico estadounidense, epítome de la cultura de la violación

Tenemos que hablar de Bill Cosby

Showtime

Fue un pionero de la televisión, una punta de lanza para los derechos civiles de su comunidad y un renovador del género de la comedia, ganador de dos Globos de Oro y ocho Grammy. Pero también uno de los mayores depredadores de la historia de EE.UU., expulsado por la Academia del Cine junto a Harvey Weinstein y Roman Polanski por contravenir los estándares de conducta de la institución que concede los Premios Óscar. O, traducido al rigor de los hechos, un violador en serie que se sirvió de su personalidad pública como filántropo y modelo de conducta para asaltar al menos a 60 mujeres a las que previamente drogó. 

El Festival de Sundance ha estrenado en su sección Feature la serie de Showtime We Need to Talk About Cosby, del cómico y presentador de televisión W. Kamau Bell, pero bien podía haberla incluido en su programación de medianoche dedicada al cine de terror, porque la experiencia de su visionado horroriza, impacta y remueve.

El responsable de este proyecto ha invitado a un nutrido grupo de interlocutores a mantener una compleja y dolorosa conversación frente a su cámara. Durante cuatro episodios los logros de la leyenda viva del audiovisual se van alternando con las grietas que hicieron añicos su imagen impoluta.

El universitario oriundo de Filadelfia se coló en el sistema con un humor educado y elegante y una presencia que no lo era menos

Cosby asomó a la gran pantalla a finales de los años sesenta, en un momento en el que los cómicos afroamericanos no asomaban a los hogares de EE.UU. Demostró dotes para el gag físico, inteligencia, chispa y ritmo, no necesitaba recurrir al improperio, pero así y todo sus chistes tenían mordida. El universitario oriundo de Filadelfia se coló en el sistema con un humor educado y elegante y una presencia que no lo era menos. 

En una época tan turbulenta, marcada por las protestas y las marchas por los derechos civiles, aquel humorista negro hacía reír con narrativas que tenían sustancia, pero no hacía sentir al público incómodo. De hecho, la prensa lo recibió como «Cosby sin raza». 

«Martin Luther King solía decirles a los actores de Hollywood que con su labor, aunque no salieran a la calle a protestar, tenían un peso en el movimiento, porque rompían con la imagen que se tenía en EE.UU. de los afroamericanos, ya que no daban una visión de pobres, ignorantes ni criminales», argumenta en la serie el periodista Roland Martin.

A ese respecto, Cosby fue el primer actor negro protagonista de una serie, Yo, espía, donde interpretaba a un agente secreto, rol que distaba de los estereotipos en los que estaban encasillados los actores de su etnia. Durante su trabajo al frente de aquel proyecto catódico, el intérprete luchó para que sus dobles de acción fueran negros y no, como sucedía hasta el momento, especialistas blancos maquillados. 

Tras la muerte de Luther King dio un giro a su carrera y la dirigió hacia la educación. Lanzó la serie de animación El gordo Alberto y la pandilla Cosby, donde promovía valores de solidaridad y respeto, y el espacio educativo para niños de preescolar Picture Pages. Esta etapa en los años setenta lo erigió en una figura en la que todo el mundo podía confiar. Un profesor didáctico y jocoso. Un ejemplo moral. 

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Mosaico de fotos de Bill Cosby.

Un enjambre de moscas

«La gente quería ser su amiga, ser iluminada con el brillo de su carisma, así que a nadie se le pasaba por la cabeza que fuera a asaltar o violar a una mujer», introduce la crítica de cine y televisión Maureen Ryan en el documental.  

En paralelo a su ascenso mediático y en el corazón de los telespectadores, en paralelo a su matrimonio impecable con cinco hijos, decenas de mujeres sufrieron su avidez sexual con estupor y bochorno. 

Punteados a lo largo de los capítulos se recogen escabrosos testimonios de sus víctimas, con un modus operandi idéntico en el que Cosby se aprovechaba de la confianza que inspiraba para convencerlas de consumir una pastilla que las ayudaría a tranquilizarse, divertirse o fluir. Aquella píldora era Quaaludes, una potente droga hipnótica. En breves minutos, perdían el conocimiento. A la mañana siguiente no recordaban nada, se sentían estúpidas y humilladas. Muchas, incrédulas. Y las que sospechaban un asalto, concluían que con la reputación de su agresor nadie las iba a creer. La primera en padecerlo remonta los hechos a 1964.

Tenía una técnica muy depurada, les decía que sentía lo que había pasado, que el día anterior había habido un malentendido, que habían bebido demasiado… 

La audiencia local nada podía sospechar. O sí.

«En su comedia siempre había habido una broma recurrente sobre seducir a mujeres drogándolas, pero habíamos decidido no relacionar los hechos», introduce en la trama el sociólogo Tressie McMillan Cottom, profesor asociado de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. 

El documental reproduce un extracto de una entrevista en el programa de Larry David, donde el presentador le ríe la gracia y aprueba la ocurrencia de drogar a mujeres para seducirlas.

Durante dos décadas, el cómico estuvo incluyendo en sus comentarios jocosos la mención de un afrodisíaco soluble en la bebida llamado mosca española. La reiteración se ha resignificado ahora con las acusaciones, pero en el contexto de la época, las alusiones a la conquista femenina se saludaban con una carcajada de aprobación y una palmadita en la espalda. El documental reproduce un extracto de una entrevista en el programa de Larry David, donde el presentador le ríe la gracia y aprueba la ocurrencia de drogar a mujeres para seducirlas.

¿Quién iba a temer que aquella chanza de mal gusto fuera una pauta de conducta? El bromista en cuestión era Cliff Huxtable, el padre de América. 

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Imagen de ‘We Need to Talk About Cosby’ vía Sundance.

Los Huxtable y las colas de modelos

«En los años ochenta, los medios mayoritarios presentaban a las familias negras como desestructuradas, con los padres y los hijos en la cárcel o enganchados al crack», recuerda Roland Martin. 

El director W. Kamau Bell lo secunda explicando que en aquella década la ficción televisiva se daba de bruces con la realidad de los afroamericanos que formaban parte de la cultura popular: «La representación en la ficción era dantesca, pero la sección de cultura de los informativos abría con Michael Jackson recibiendo un premio de manos del presidente Ronald Reagan».

En ese contexto de tensión irresoluble, el cómico estadounidense estrenó una comedia de situación que marcó un antes y un después para su comunidad y el formato de comedia en la pequeña pantalla, La hora de Bill Cosby.

EE.UU. abrazó el programa en su conjunto, sin distinción de la raza de los telespectadores. Jamilah King, editora adjunta del agregador de noticias BuzzFeed apunta a que un episodio llego a ser visto por 65 millones de personas, esto es, un cuarto de la población del país en la época. Para entender la dimensión del fenómeno, cabe apuntar que en 2019, Big Bang Theory alcanzó los 25 millones. 

Era notorio que el cómico era infiel, pero como se apunta en el documental, el adulterio no es lo mismo que el asalto

Varios de los miembros del equipo de la serie entrevistados revelan que los días de rodaje siempre había una fila de entre 20 y 25 modelos entre el público, vestidas de noche, en contraste con las prendas de calle del resto de los espectadores, que al término de la filmación iban a su camerino. La puerta, habitualmente abierta, se cerraba tras alguna de ellas. 

Era notorio que el cómico era infiel, pero como se apunta en el documental, el adulterio no es lo mismo que el asalto. 

Los riesgos que asumía en sus crímenes sexuales iban en aumento, pero Cosby parecía creerse todopoderoso. Una de las actrices que participó en la serie, Lily Bernard, revela que también se halló entre sus víctimas: «Cosby era la persona más importante de la industria del entretenimiento, quién nos iba a creer. Fíjate en la culpabilización y el escrutinio que hemos de aguantar incluso hoy en día».

Al carisma del personaje público y la cualidad reconfortante de las series se sumaba la filantropía de Cosby, con donaciones entre las que destacaban los millones de dólares destinados a una universidad para mujeres negras. 

La hora de Bill Cosby se prolongó durante ocho temporadas y la sucedieron las seis temporadas de una serie derivada protagonizado por Lisa Bonet, su hija mayor en la ficción, Un mundo diferente.  

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El  director de la serie, W. Kamau Bell.

Uno de los nuestros

El 16 de octubre de 2014, un cómico negro de la misma ciudad que la estrella de la televisión, Filadelfia, hizo estallar el escándalo. En una grabación que se hizo viral, Hannibal Burress contestaba a las críticas de Cosby a la manera de vestir y el estilo de vida de los jóvenes negros, replicando que no era quién para dar lecciones, porque había violado a mujeres. 

Los rumores eran un clamor, pero la comunidad no podía creérselo. O mejor, no quería. Se le presentaba como un hombre negro acusado por mujeres blancas, cuando también había abusado de víctimas racializadas.

«EE.UU. ha encarcelado y asesinado de manera habitual y por razones erradas a hombres negros, así que en la comunidad se vivía con la sensación de tener que proteger a los hombres independientemente de la gravedad de las acusaciones», razona Kamau Bell.

El 27 de julio de 2015, la portada de New York Magazine ponía rostro a 35 de las mujeres que acusaban a Bill Cosby de agresión sexual. Todas aparecían sentadas en sillas idénticas y dejaban una vacía, para representar a las que se habían sentido incapaces de denunciar.

«Cuando empecé a dedicarme a derecho, las víctimas de asaltos y violaciones se trataba con gran sospecha, los jueces incluso daban instrucciones a los jurados para que tuvieran precaución, con los testimonios de las mujeres. Hemos evolucionado, pero todavía queda mucho. Puedes consentir consumir droga y alcohol, pero no ser asaltada sexualmente porque no crees estar en la presencia de un violador», distingue la abogada de derechos de la mujer Gloria Allred, quien ha representado a muchas de las mujeres que lo han denunciado.

En 2018, Cosby fue sentenciado a cárcel por drogar y agredir sexualmente a la ex jugadora de baloncesto Andrea Constand

Hizo falta un medio especializado en la comunidad afroamericana, Ebony, para que aquella máscara de integridad se resquebrajara. 

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Imagen de ‘We Need to Talk About Cosby’ via Sundance.

«Era un hombre rico, una persona con poder que podía haber tenido sexo con mujeres que consintieran, pero quería acostarse con mujeres inconscientes. Eso es degenerado», se asquea en el documental Mark Lamont, profesor de la Universidad Temple de Filadelfia. 

En 2018, Cosby fue sentenciado a cárcel por drogar y agredir sexualmente a la ex jugadora de baloncesto Andrea Constand.

La actriz Eden Svendahl, que acusó a la celebridad televisiva de acoso sexual, recuerda el día de su ingreso en la cárcel con una sensación agridulce: «La realidad es que tenía que ir a prisión, era un criminal, pero fue uno de los días más tristes para la cultura negra».

«El ingreso en prisión no es justicia porque todavía tenemos un sistema entero que apoya la cultura de la violación y no cree a las mujeres», lamenta el director de la serie de Showtime

En junio de este pasado año, Bill Cosby salía en libertad por un defecto de forma. No se le liberó tras dos años por su inocencia, sino porque un fiscal le había prometido no juzgarlo y su sucesor reabrió el caso. 

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