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'Hemoderivadas', una sátira sobre el arte contemporáneo y los mitos de la menstruación 

Ana Llurba abre la caja de Pandora en esta parodia sobre el cuerpo femenino protagonizada por una adolescente y una artista en declive

'Hemoderivadas', una sátira sobre el arte contemporáneo y los mitos de la menstruación 

'Hemoderivadas' (Fragmento de portada). | Editorial Aristas Martínez

Como una pequeña mancha de sangre, así es Hemoderivadas (Aristas Martínez, 2022). «Una manchita roja diminuta en una sábana blanca», escribe Ana Llurba. O también: «Una señal en apariencia inocua, pero que amenaza con expandirse sin límites». Ya en Italia, donde estos días ha participado en el Salón internacional del libro de Turín, nos atiende en la víspera de su viaje desde El Paso (Texas), donde se encuentra como becaria de un programa de escritura creativa bilingüe. «Hace falta más sangre en la escritura –nos dice–. Las mujeres somos la otra mitad de la humanidad y queda muchísimo ahí por representar, pero ya está pasando».

Autora del ensayo Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos, de la novela La Puerta del Cielo y del poemario Este es el momento exacto en que el tiempo empieza a correr, en 2021 obtuvo el Premio Celsius de la Semana Negra de Gijón por su libro de relatos, Constelaciones familiares. Cuenta que fue después de vivir tres años en Berlín, «sin luz natural», cuando decidió trasladarse a Texas y aceptar la beca. «Georgia O’Keeffe vivió aquí. De hecho, su museo está en la Ciudad de Santa Fe (México). Ella quedó fascinada con el paisaje del desierto. Pero hay muchas mujeres muy viajeras y muy pioneras que han pasado por aquí». Por ejemplo, cita Llurba, Lucia Berlin. «Es un lugar muy interesante», añade.

Precisamente, con el arte tiene mucho que ver su última novela. Hemoderivadas funciona como un tríptico donde tres voces muy distintas componen un mosaico. Pandora Ferreira-Bisset, la voz cantante, es una artista contemporánea de cierta edad y en bancarrota que, inmersa en la preparación de la inauguración de su retrospectiva en Zúrich, relata las horas previas a la exposición y su conexión con el movimiento espiritual Energía Menstrual Universal. De ahí, surge también la participación en su muestra de Estelita, una adolescente con un poderes paranormales –«un poco Carrie, una Útero Alfa», en palabras de su autora–, que será la encargada de orquestar la controvertida performance final. Y, como no hay obra de arte que se precie sin su correspondiente descripción, Llurba intercala estas dos voces con las explicaciones de las piezas y los textos de sala de su comisaria. El resultado es una divertida sátira del mundo del arte contemporáneo y del cuerpo femenino. 

El arte contemporáneo llevado al absurdo

Escrita en parte durante la pandemia, confiesa la escritora que empezó con una voz adolescente. «Que me sentara detrás de esas largas cortinas blancas, me dijo –escribe en los primeros ‘acordes’ de Estelita–. Aroma a vinagre de vino blanco. A cera derretida. A transpiración. A pies sucios, a veces, también. A ese olor que queda en el aire cuando se apaga una vela. Eso es lo que huelo ahora. Acá. En el museo tan grande este. Un museo en una ciudad con nieve y cielo gris muy lejos pero que muy lejos del barrio nuestro». 

Aquello coincidió, poco después, con una residencia en Cracovia. «Me pidieron una pieza sobre la ciudad y no quería escribir la típica crónica, así que me inventé una pieza, War is Menstrual Envy, que en realidad es una de las acciones del libro –comenta–. Me interesa mucho el humor, pero supongo que la pandemia y la incertidumbre detonaron eso psicológicamente. Entonces escribí aquel texto, en clave cómica, para la residencia». Otras piezas se fueron uniendo a esta exposición imaginaria que toma Hemoderivadas, como Los padres, un texto que Llurba compuso para el artista andaluz Paco Chanivet, que en sus obras mezcla humor cósmico con costumbrismo. 

Copy Antonio Moreno
Anna Llurba. | Foto: Antonio Moreno

«De mi contacto con varios artistas se fue formando Pandora, que era como la estructura. Ella fue, de hecho, la última voz y también me daba un poco de miedo porque es la que está más pegada a mí». Y es que, para culminar con esa suerte de parodia del mundo del arte, la propia protagonista, Pandora Adhbhuta Charitra Ferreira-Bisset, es el pseudónimo en realidad de Ana Carolina Rodríguez Ferreira. «Como el de ella, mi nombre es Ana Isabel Llurba Ferreira –añade la escritora–. Mi nombre completo es el de Pandora pero yo no soy Pandora». 

En cualquier caso, prosigue, «quería trabajar también este contraste de una artista ya consagrada, pero que sufre. Pensé que todos la iban a odiar, porque es insufrible, pero me sorprendió porque todo el mundo conoce a una Pandora, una artista o escritora con el ego subido que no ve la realidad y se monta su propia película. En el fondo también sufre, es parte de lo que denuncia, toda esa condescendencia paternalista en el mundo del arte. Y bueno, me gusta muchísimo la hipérbole, el absurdo», reconoce.

Y escribe con ese humor, «porque eso es lo que hacen con las mujeres artistas que envejecen: maquillarlas a las apuradas y ofrecerles una retrospectiva en un museo importante». Puedes hacer cualquier cosa, continúa, «cualquier salvajada, salvo envejecer». «Ese fue el caso de Marina Abramović, para quien su cuerpo es su herramienta –explica–. Y quería plantearlo». Pero defiende que no pretende entrar en ningún tipo de análisis del arte contemporáneo. «Hay una convergencia entre la crítica y la escritora. La crítica que sabe cómo parodiar el lenguaje de la crítica». En ese sentido, reconoce, contó con la ayuda de dos amigas suyas comisarias que le ayudaron. «Me dijeron que necesitaba un vocabulario más técnico para describir las piezas. No tengo ninguna opinión sobre arte, simplemente tenía todos esos materiales y los mezclé», confiesa.

Una reivindicación necesaria

Y quizás no en el mundo del arte, pero si lo llevamos a la ciencia ficción, que es un género en el que Llurba se mueve bien, podríamos plantear si hacen falta más autoras. «Ahora hay una especie de redescubrimiento», mantiene la escritora, citando nombres como Octavia E. Butler o Ursula K. Leguin. «Con el tema de la literatura y las mujeres me parece que sí se pone por encima la calidad. Hay algo de moda, cierto, pero si miramos, por ejemplo, la literatura latinoamericana, en el caso de Samanta Schweblin, Fernanda Melchor, Fernanda Trías o Liliana Colanzi, son escritoras de muchísima calidad».

Llurba insiste que no hay pretensión crítica en su obra, sin embargo, se aprecia cierta denuncia. Y a lo largo de su exploración por el mundo del arte, la escritora pone el foco, por ejemplo, en las musas de los cuadros y hace que cuenten su historia. La dama del unicornio de Rafael, Retrato de una joven de Sandro Botticelli, La Gioconda de Da Vinci, todas estas pinturas toman la palabra. «Eso se llama écfrasis –explica–. Hacer que las pinturas hablen. De hecho, este procedimiento lo vamos a aplicar en un taller que voy a dar sobre arte y ficción». 

Fue durante su estancia en Polonia cuando vio por primera vez La dama del armiño de Leonardo da Vinci. «Ella era una niñita, la casaron con quince años y tuvo nueve hijos», comenta. A partir de aquella historia, que le contó su madre durante una visita a un museo, hizo un poco de reconstrucción. «Copié el lenguaje, leí alguna novela española, alguna obra histórica, para parodiar ese vocabulario antiguo y leí sobre su vida. Quería escribir algo lúdico. No fue un proceso consciente, fue más como agarrar todas las ideas, escribir y después armar el puzle». Aunque reconoce que sí, que aquella «fue la forma de reivindicar a esas jovencitas, que aparte fueron usadas como monedas de cambio». 

Reescribiendo los mitos

De hecho, Llurba no oculta que recicla todo lo que le cayó en las manos para este collage. Y si en Érase otra vez. Cuentos de hadas contemporáneos abordaba la reescritura, con perspectiva de género, de los cuentos clásicos, en Hemoderivas su «heroína» tiene nombre mitológico. «Pandora –escribe– encarna todos los temores asociados desde tiempos inmemorables al cuerpo de la mujer».

«Creo que toda la novela está centrada en el mito de Pandora porque la caja se abre al final, el némesis, la pieza que es la performance que va a hacer Estelita –explica–. Pandora no nace, se fue creciendo, el nombre me parecía que más allá del mito sonaba a superheroína y hacia el final de la novela hay como varias teorías inventadas acerca de ciertas relecturas del mito, ciertos hallazgos en la historia del arte, en clave de parodia».

«Lo que me gusta de esta novela es lo que todo escritor disfruta, que no haya un sentido absoluto»

En cuanto a si tiene algo de aquel otro libro, matiza que en Érase otra vez había más crítica literaria. «Obvio que hay algún elemento. Hay, por ejemplo, el capítulo de Caperucita Roja, por el tema de la sangre. Caperucita es una fábula menstrual y lo que yo hago es darle una visión crítica, ver cómo funciona ese dispositivo, en cambio, en la ficción, es una exploración. Eso me requiere muchísimo más esfuerzo. Pero supongo que las dos cosas se retroalimentan», analiza.

Ahora bien, añade, «no escribí la novela pensando en el mito de Pandora. Barajé otros nombres al principio y después fue convergiendo esa idea. Aparte, lo que me gusta de esta novela es lo que todo escritor disfruta, que no haya un sentido absoluto. Hay mucha gente que me pregunta por la sintaxis de Estelita, otros se quedan más con Pandora y otros con las piezas de arte. Me parece que cada uno se apropia del libro y cuenta lo que quiere de él. Como una caja de herramientas. Es un libro bifásico. Está el mito de Pandora, sí, pero también hay teoría apócrifas que cuestionan el mito y que la caja la abrió en realidad Prometeo». 

Hemoderivadas portada media
Imagen vía Aristas Martínez.

El poder de la menstruación

De su primera novela, La puerta del cielo, también hay algo en Hemoderivadas. El título, cuenta la escritora, era el nombre de una secta. «De ahí salió esta secta femenina New Age, que se llama Energía Menstrual Universal. Yo me considero un 90% atea pero tengo un 10% de agnosticismo. En el final de esta novela hay un realismo mimético. La realidad está en crisis. Y me parece que eso abre un poco la puerta al tema de la creencia. La creencia suele generar una especie de código y da juego a las expectativas y a las emociones que uno modifica». 

«Es como la menstruación –prosigue–, ahí hay una sátira del poder y de la sincronización que se da entre mujeres. Es una novela que además habla del feminismo, ridiculizando ciertas tendencias de algunas partes extremas, pero no representa todo, no es una crítica al movimiento. Yo puedo escribir esta novela porque soy mujer, pero no quiero que esa sea su lectura. Las cosas que dice Pandora las dice Pandora. Las cosas que le pasan a Estelita, le pasan a Estelita. También es una novela muy conectada con las incertidumbres, sobre todo con el final, no hay un final cerrado, nadie gana».

Pero si algo es Hemoderivadas es, ante todo, una novela de sangre. Durante años, cuenta Llurba que tuvo una carpeta donde guardaba diferentes supersticiones sobre el periodo femenino, confiada en que, en algún momento, lo utilizaría de algún modo. «Estelita es una investigación sobre todas las supersticiones en torno a la menstruación porque se hacen realidad», tercia. «Mitos que llegan hasta el presente a través de los discursos científicos de la Antigüedad –escribe en su novela–. Como la popular teoría de las menotoxinas, las presuntas sustancias tóxicas provocadas durante la menstruación, formulada por Plinio el Viejo, en su célebre Historia natural».

El peligro del esencialismo

Como un hada madrina en tiempos modernos, Llurba concede lo que se desea a partir de este curioso personaje de provincias que produce una intoxicación al hacer que se corte la mayonesa y mata plantas y animales. «Es más, algunas feministas, el brazo armado, querían utilizar, de hecho, a la madre de Estela como arma. Todo eso está pero llevado a la exageración. ¿Qué pasaría si todas esas cosas absurdas y producto de la ignorancia pasaran? Me parece que la ficción y el arte funcionan como laboratorio. Por eso digo que es una novela muy paródica y muy pegada a cosas que conocemos, pero también tiene un elemento especulativo donde late esa incertidumbre que yo había desarrollado más en mis cuentos y en mi primera novela. Tienes que creer que pasan esas cosas». 

Hay, de soslayo, cierta crítica también al feminismo radical transexcluyente, aquel que asume posturas transfóbicas. «Está abordado en la ficción –matiza la escritora–. La novela apunta a poner en evidencia el absurdo que late en cualquier tipo de esencialismo y como se define lo femenino y lo mujer. Eso sí fue a propósito. Hay una parodia ahí de algo que pasó realmente. Un fragmento de una teórica feminista que decía que las mujeres trans están ocupando lugares estratégicos. Formaba parte de un ensayo que cambié, pero las tesis eran esas». De ahí, por ejemplo, la polémica con J. K. Rowling

«La novela apunta a poner en evidencia el absurdo que late en cualquier tipo de esencialismo y cómo se define lo femenino y lo mujer»

«Quería llevarlo al absurdo –continúa–. Toda la cuestión en torno al esencialismo, lo femenino o la nación a nivel político, son ideas un poco peligrosas. Yo no me quería meter ni opinar sobre ese esencialismo que lleva a la transforbia en ciertos debates a través de mis redes o demás, pero entonces pensé: ‘ah, pues lo llevo a la ficción’. Ese es mi lugar. Y también quería reflejar esta explotación New Age de lo femenino como nicho». En ese sentido, de hecho, la novela incluye una parodia de Goop –en la novela Poop, que quiere decir caca–, la plataforma de lifestyle de Gwyneth Paltrow, conocida por vender velas con el aroma de su vagina. 

En cualquier caso, subraya, la intención de tanta sátira es muy intelectual pero en el fondo es más bien lúdica. «Hay una parte muy de lívido, algo que me gustaría contagiar de deseo. La escritura demanda mucho tiempo y mucha disciplina. No siempre te sale como quieres. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo otras cosas y a veces pienso cuándo voy a volver a escribir una novela así, porque me lo pasé muy bien con Hemoderivadas. Cuando los escritores dicen que se lo pasan muy bien el 90% están mintiendo. Yo no», concluye.

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