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Lean a los terribles

Cioran es poeta y es filósofo y tal vez por esa hibridación puede decirse, como dijo Montano, que «escribió las páginas más puras que he leído jamás»

Lean a los terribles

El escritor y filósofo Emil Cioran. | Wikimedia Commons

Guerra en Ucrania; carestía energética; crisis de alimentos en ciernes; incompetencia y mendacidad en Moncloa; China amenazadora; cataclima (sic). Son tiempos crepusculares. Tal vez propios para leer libros terribles. 

En consecuencia, les recomiendo leer libros terribles, sin demora. Desquíciense, desacomódense. Se lo deben.

Hace unos años, Hermida Editores sacó (o sacaron) Lágrimas y santos, de Cioran, pero ni me había enterado hasta hace nada. Soy cioraniano y no me había enterado. Ya ven. Me entero de pocas cosas, la verdad. Estar à la page me es ajeno. Yo sólo estoy al día del pago de mis deudas y del inventario de mis dudas. Nada más. Mi disculpa es que no soy un profesional de las novedades editoriales. Sólo soy un diletante despistado de la vida.

Muchos fuimos cioranianos. Algunos, aun con nuestros reparos y nuestras salvaguardas cobardicas, lo seguimos siendo. Aguantamos el tipo.

Creo que fue Cioran quien dijo, refiriéndose a Nietzsche, a Baudelaire y a Rimbaud, que sus libros perduran por su ferocidad. Podría haber añadido a Léon Bloy, a Dostoievski, a Céline o a Jünger. Hago la lista así, de carrerilla.

Además de feroces, también podemos llamarlos terribles.

Cioran es rumano, aunque casi toda su obra la escribió en francés. (Un francés insultantemente bello, por cierto).

Pareciera que en Rumania abundan los caracteres terribles.  Terribles de un cierto tipo. Cioran era terrible (escribiendo; cara a cara regalaba bonhomía y amabilidad), como terribles fueron el tremebundo  director de orquesta Celibidache (con una fuerte predisposición a “ir sobrado”) o el excelso tenista Nastase. Ceaucescu era otro terrible, pero de una terribilidad muy distinta, monstruosa, asesina, ivanesca, porque tenía a su disposición un Estado. Y Vlad Tepes el Empalador, claro, más conocido como Drácula, voivoda de Valaquia y por tanto rumano, aun antes de la creación de la Rumanía moderna.

También entre sus congéneres literarios, los otros terribles, hay diferencias.

La terribilidad de Cioran no es la de Bloy, quizás menos perdurable que los otros (¿quién ha oído hoy hablar de él, fuera de cuatro conservadores excéntricos?), pero más feroz, aunque su ferocidad sea un poco la del perro ladrador. Cioran, sarcástico aquí, lo llama «un santo chantajista». 

La terribilidad de Céline, por su parte, es más quintaesencial y sin duda debería dar más miedo que la de los otros. En cuanto a Dosto… bueno, Dosto es ruso.

El asunto es este: me he convencido de que Cioran es poeta antes que cualquier otra cosa. Sin su amor desmesurado por la imaginería lingüística, por las metáforas y las oraciones trabajadas con mano y mimo de orfebre, el valor de sus libros quedaría en entredicho. El lector siente que, para Cioran, construir una oración es casi más importante que construir una idea. Pero las ideas están, ¡y de qué manera!

Lágrimas y santos es un libro bello y terrible, atormentado y terrible, un libro harto fecundo, aunque nos inocule la desasosegante impresión de que el autor se introduce, con audacia admirable, en cenagales de los que luego no sabe salir. Da igual: sus cenagales son los nuestros, o los de algunos de nosotros, al menos: los que no conseguimos emocionarnos del todo con la revalorización de las pensiones o con el mercado de invierno.

Es un libro teológico. También hagiográfico. Para los más pusilánimes, blasfemo. Habla de Dios (en realidad no hace otra cosa en todo el libro) y lo llama «patrón de la idiotez cósmica» y dice que se trata de «Uno que, tras haber creado un mundo mediocre y superfluo, todavía se cree con derecho a juzgarlo».

Tanta atención, tanta energía en el vituperio, tanta fruición en el encono… uno acaba teniendo la sospecha de que Cioran, asediado por una «tristeza de chacal», es un ateo al que le jode no poder sacudirse a Dios de encima.

En Lágrimas y santos Cioran da vueltas y más vueltas, como un poseso, alrededor de este asunto y nos cae encima la sensación de que esa noria infernal lo marea y no llega a encontrar la forma de parar su enloquecido girar, como un derviche fuera de control. Pero mientras gira y gira en ese vórtice infernal, no para de regalarnos imágenes prodigiosas y resplandores que nos ciegan de pura inteligencia. Lo que ese enceguecimiento dure depende del nivel de anticuerpos poéticos, de depravación racional, que cada uno tenga.

Algunos de nosotros nos entretuvimos en la pubertad leyendo unos tebeos que se llamaban Vidas ejemplares; eran biografías de santos, con una marcada preferencia ―así los recuerdo― por las de vírgenes mártires. Nuestro interés no era santo. No éramos puros.

Cioran, que se empachó de vidas de santos para escribir este libro, es poeta y es filósofo y tal vez por esa hibridación puede decirse, como tiene dicho José Antonio Montano en Inspiración para leer que «escribió las páginas más puras que he leído jamás». Puede chocar la idea de pureza aplicada a Cioran, pero si se conoce un poco su obra basta pensarlo un minuto para entenderlo.

«Si no logramos reunir las elegancias de un efebo ateniense y las pasiones de un conquistador, también a nosotros nos espera esa muerte gravitacional, extinguiéndonos a la sombra de nuestros párpados».

Muerte claudicante e indigna a la sombra de nuestros párpados. Grandioso. Terrible. Y se oyen por detrás el cortejo y los claros clarines de Nietzsche.

La mayoría de estos escritores terribles son reaccionarios, según el menesteroso dogma imperante. Claro que ante una izquierda atrabiliaria y chabacana como la que nos ha caído encima, ser reaccionario es una obligación moral ineludible.

En una reciente entrevista que Daniel Capó le ha hecho en esta casa a Ernesto Hernández Busto, a propósito de su libro Mito y revuelta. Fisionomías del escritor reaccionario, habla este del debilitamiento de nuestro vínculo con lo sagrado, como parte fundamental de un largo proceso de secularización de la sociedad y de nuestras vidas. El vínculo con lo sagrado es, efectivamente, una obsesión central de Cioran, y en esa obsesión nos recuerda al emboscado de Jünger, del que a su vez nos recuerda Busto que vivía «dedicado a minar las soberbias de la historia».

Cioran es poeta, ya lo he dicho. Cuando cualquiera de nosotros hablaría aburridamente del aburrimiento, Cioran recama esta joya:

«Por eso no hay aburrimiento que no nos revele dos cosas: nuestro cuerpo y la vanidad del mundo. El hígado absorbe los rayos del sol, los riñones deshojan la hierba y las estrellas se pudren en las encías».

Cioran es poeta, sí, y es un incesante cúmulo de ideas (y de apetencias y de manías) contradictorias, pero esas contradicciones poco importan en realidad, pues son estimulantes y vivificadoras, hermosas; son un acto conmovedor de sinceridad y convierten la lectura de sus libros en una experiencia inolvidable.

Lean a Cioran. Lean libros terribles.

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