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Elisa Gabbert o cómo explorar en la literatura a partir de la vida cotidiana

A partir de su propia experiencia, la ensayista y poeta norteamericana explora en ‘La palabra bonita’ (Tránsito) las diferentes posibilidades de la escritura y la lectura

Elisa Gabbert o cómo explorar en la literatura a partir de la vida cotidiana

La cubierta del libro 'La palabra bonita'. | Editorial Tránsito

Dice Elisa Gabbert en su libro de ensayos autobiográficos sobre literatura que «lo bonito es fugaz, es endeble». También, añade más adelante, es «lo bonito es lo familiar», mientras que lo no familiar es precioso». Como teoría, sostiene, «bonito/a ha caído en desgracia porque somos gente codiciosa y queremos que lo meramente bonito sea precioso, así que vamos por ahí diciendo que las cosas son preciosas cuando solo son bonitas». 

En otro orden de cosas, lo bonito, curiosamente, da título a La palabra bonita, publicado en España por Tránsito, con traducción de Esther Cruz. En él juega con estas y otras posibilidades, consciente de que un título es algo más que un producto de marketing. «Los títulos buenos –argumenta la propia Gabbert en este conjunto de ensayos– hacen algo más que eso; mejoran el libro, ya que te cuentan cómo pensar en él».  

Ensayista y poeta, la escritora norteamericana pone así el foco en la palabra, y a partir de ahí explora sus límites y sus infinitas posibilidades: de su propia experiencia como lectora a su obsesión por los aforismos o los márgenes –las disgregaciones, los paréntesis, lo que se sale y no de la historia de un libro–, trenza una serie de ideas y pensamientos que van en consonancia con su yo –incluso con nuestro yo– narrativo ahí donde juega un papel primordial la mirada y la necesidad de observarnos a nosotros mismos. 

Del título a los párrafos, Gabbert examina cada pequeño elemento como escritora, pero también, fundamentalmente, como lectora. «No tengo ningunas ganas de leer un libro sin saltos de párrafos –confiesa–. La falta de espacios en blanco en la página me genera cierto pánico, como de estar en un tren pasando por un túnel subterráneo. ¿Cuál es mi estrategia de salida? Cuando leo un libro, siempre echo vistazos adelante para ver dónde acaba la sección o el capítulo, así sé cuándo puedo dejar de leer si quiero o lo necesito. Dejarme un párrafo sin acabar me resulta profundamente insatisfactorio». 

Lectora de prosa, escritora de poesía

Autora de varios libros de poesía, Gabbert también reflexiona, cómo no podía ser de otra forma, sobre las diferencias entre prosa y verso. «Al escribir un poema, a menudo tengo la impresión de que trabajo con una cantidad finita de material, como un bloque de piedra con el que tuviese que tallar una escultura –analiza–. Se trata de un trabajo exigente, perfeccionista, y si descascaro demasiada piedra no hay vuelta atrás». 

La prosa, por el contrario, «parece regenerarse por sí sola». Es precisamente hacia la narrativa, hacia el género en el que la poeta muestra cierta debilidad como lectora. «He estado pensando en por qué leo novelas –comenta en otromomento–. La novela es mi género favorito, el que me llevaría a una isla desierta. Sin ninguna duda, elegiría las novelas si sólo pudiera leer un género para el resto de mi vida. Pero ¿por qué? Quizá quepa destacar aquí que escribo en múltiples géneros, pero nunca en ficción».

De la cultura a los realities televisivos, Gabbert no esconde su adicción por programas como La Voz, Top Chef o Master Chef Junior. «Disfruto llorando con el cine y la televisión. Me encanta cuando mi participante favorito gana un reality», afirma. Sin embargo, puntualiza, «pese a que lloro con casi cualquier película, sobre todo si voy en avión, puedo contar con los dedos de una mano el número de veces que un libro me ha hecho soltar una lágrima. El primero fue Lo que el viento se llevó, en secundaria». 

Entusiasmada con Javier Marías

En cuanto a la última novela que le entusiasmó, figura un nombre español. «El escritor Javier Marías logra completar un truco perfecto en su novela Corazón tan blanco –reflexiona en uno de los ensayos del libro que dedica prácticamente al autor de Mañana en la batalla piensa en mí–: el capítulo final y culminante está lleno de repeticiones, frases y oraciones que ya hemos leído antes en la novela. 

Así, en retrospectiva, parece que esas frases salen como salen la primera vez porque la narración de la historia, de los sucesos que conducen al momento culminante, viene influida por acontecimientos posteriores. En otras palabras: una experiencia posterior reconfigura otra anterior. Una vez que sabemos el futuro, el pasado queda modificado y perdemos acceso a cualquier versión más pura de él que pudiera haber existido».  

Ahora bien, sin trampa ni cart1ón, Gabbert no se esconde, lo que la hace aún más interesante, y muestra también sus propias contradicciones. Es así como comparte que, tras pasar un periodo del año pasado sumida en una especie de bloqueo como lectora, y a pesar de que su interés por la lectura se haya vuelto voraz en los últimos meses, no ha sido capaz de volver a leer poesía. Así, sostiene, «es posible que algunas personas vayan por la vida con una mente de poesía permanente. Yo no soy una de ellas. Entro y salgo de esa mente, y no a voluntad. Mientras escribo esto, no la tengo activada, y llevo así tras o cuatro meses, es decir, soy incapaz de concentrarme o de quedarme absorta con un libro de poesía –confiesa–. Curiosamente, he seguido escribiendo poemas. Sigo pensando en poesía, casi a diario. Como revela mi historial de Twitter, no hace falta una mente de poesía para hablar de poesía». 

La literatura de Twitter 

Y es que también, en estos ensayos, hay espacio para las redes sociales. Con un perfil activo en ellas, la escritora defiende sin ambages: «Twitter ha hecho más aforística mi poesía». Formalmente, señala, «es una plataforma que encaja a la perfección con el aforismo, de hecho, los aforismos deberían tener algo menos de ciento cuarenta caracteres». 

Por otro lado, sostiene, «un aforismo puede gustarte, aunque no estés de acuerdo con él, o no sepas seguro de si lo estás». En ese sentido, añade, «algunos tuits, desde luego, aspiran a la verdad literal y factual, como los que informan sobre ciencia o noticias, por ejemplo. Sin embargo, otros son más como ensayos, poemas o novelas que, en esencia, no pueden ser verdad ni no serlo; se trata de un error categorial». 

Del lenguaje a la traducción y de la traducción a los iconos. Estos signos o imágenes que tratan de sustituir a la comunicación pero que, como apunta Gabbert, solo «resultan útiles cuando no tienes mucho que decir». En el fondo, no obstante, continúa, «creo que son un pretexto, un engaño, una manera de eludir el duro trabajo de la comunicación precisa, consecuencia del léxico empobrecido». Porque todo no deja de ser una forma de comunicación, de contarse o contarnos al otro, también los selfis responden según la lógica de la escritora norteamericana a la necesidad de «verse desde fuera para sentirse real». Así, puntualiza entre estas páginas en una interesante reflexión, «las fotografías amplían nuestra existencia, dado que pueden sobrevivir más allá de nuestra muerte, como los poemas o las máscaras de las momias. Por supuesto que nos hacemos selfis, viendo que el listón para crearlos está tan bajo. Sin embargo, no sólo pintamos autorretratos o nos sacamos selfis para demostrarles a otros que existimos. Ver una foto mía refuerza mi creencia, a veces frágil, de que existo».

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