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Divorciados en una fiesta techno

«El ‘techno’ va de que ninguna cosa le importa ya nada a nadie nunca más. La juventud lo sabe; y los divorciados, más»

Divorciados en una fiesta techno

Escena en un club techno en 'Matrix Revolutions'.

Las chicas tenían veinte años e iban medio desnudas. No les pregunté la edad, pero iban medio desnudas. Llamo medio desnuda a estar en un lugar público en tanga de cuero y sujetador de lo mismo, y haber pagado para entrar. En realidad sólo había cuatro o cinco chicas vestidas así, pero es que hay que empezar los artículos con lo que más rabia provoque. Las chicas medio desnudas provocan, sobre todo, mucha rabia.

Divorciados en el camping me quedó muy triste, como que los divorciados no se divierten. Sí se divierten. De lo lindo.

A veces van a fiestas techno en locales subterráneos y salen de allí a las seis de la mañana, y se dicen: «Sí que estuvo bien divorciarse, sí; si no, no hubiera estado seis horas escuchando techno alemán con casi cincuenta años. Eso que me llevo a la tumba, el techno alemán».

Había cola. Un divorciado lleva tiempo sin salir y hacer cola siempre le parece rejuvenecedor. Lo malo es que la cola la forman personas que tienen la edad que tú tenías cuando tu padre tenía la edad que tú tienes ahora. Quiere decirse que ahora tenemos los hijos más tarde, pero alguien a quien doblas la edad sigue parecerá fruto posible de tus entrañas. Las chicas de veinte años en tanga hacían cola también. Era raro ver a tu hija en tanga en mitad de la acera, una noche.

Las esperas en clubs y salas y afters se llevan con excitación. Incluso divorciado y de vuelta de todo, parece que dentro de ese lugar donde te dejarán entrar en algún momento pasan cosas extraordinarias. Debía de ser así, porque un tipo empezó a recorrer la cola pidiendo a todo el mundo que sacara su móvil. Luego le ponía una pegatina circular pequeñita al objetivo de delante y otra al objetivo de detrás del teléfono. ¿Tan bueno era el artista techno? ¿Tan exclusiva su sesión, que no podía fotografiarse? «No queremos que grabéis a la gente», oí.

Siempre me ha molestado la asociación que suele hacerse entre drogas y juventud. La juventud no se droga, se drogan los drogadictos. Y los drogadictos, si todo va bien, crecen. Así, lo que tenemos es un porcentaje muy pequeño de españoles que se droga desde los veinte años hasta la muerte. Delante de mí, deduje, desfilaban futuros ministros, diputados, presentadores de televisión y actores, por nombrar lo más rumboso del futuro. En general, drogarse asegura tu porvenir, y por eso hay tantos fracasados.

La sala era enorme y con neón azul y muchos cuartos de baño. La gente vestía de negro y los divorciados eran fácilmente localizables porque no vestían de negro. No estaban en la pomada, no estaban in, no sabían de qué iba el rollo. ¿Cómo se dice ahora? No molaban una mierda.

Volver a las copas, para un divorciado, es consumar el divorcio. La primera copa del divorciado sabe como la que te tomaste con dieciocho años por gregarismo juvenil y eligiendo el combinado por el color. Sabe a que conviene acostumbrarse a la amargura.

«Es la falta de amor la que llena de gente los bares», cantaba La cabra mecánica. Es la falta de correccionales lo que llena de gente las salas techno, deduje. Todos drogados. La droga eminente era el MDMA, como cuando éramos pequeños. En los baños podías encontrar restos de cocaína y de delincuencia. Ketamina, escuché. «¿Se me nota?», preguntó alguien. Yo ignoraba los efectos de la ketamina (ignoro de hecho si se escribe con k, pero asumo que queda más guay), así que, asumí también, sólo si esa persona caía muerta y su alma empezaba a abandonar su cuerpo yo le diría que se le notaba.

Para fumar había que salir a la calle. Yo creo que hemos progresado mucho en salud y bienestar público. Para fumar había que salir a la calle y para tomar MDMA había que entrar.

«La música en directo está para que no se te note tanto. Los músicos lo saben y por eso son los que más ligan y los que más se drogan»

¿Y la música? Sonaba. Nunca he asistido a un evento musical donde la música importe. Vas a drogarte o a ligar. La música en directo está para que no se te note tanto. Los músicos lo saben y por eso son los que más ligan y los que más se drogan.

Pero, por brindar un escolio, era una música que sonaba como si al final le fueras a dar la razón. Gustaba mucho a la gente que se había drogado, y mucho menos a la gente que trataba de ligar. O sea, a los divorciados el techno no les va mucho, amigos.

Como todo el mundo estaba ido, nadie ligaba. Como todo el mundo tenía veinte años y unos padres que les dejaban salir a la calle en tanga, era poco aconsejable para el divorciado tratar de ligar con ellos. Mi hija puede salir a la calle en tanga y sujetador de cuero negro, tomar cuatro rocas de MDMA y cinco gramos de ketamina (no sé si la ketamina va por gramos: especulo), pero no puede liarse con un tío de cincuenta años como tú. Era algo que flotaba en el ambiente. Por si no lo saben, lo único que flota siempre en un ambiente es el pesimismo.

Los divorciados se divertían mucho, aún así, no se crean. Sentados. Contándose los hijos, los divorcios, un camping. Sin poder escuchar sus propias palabras ni, de hecho, sus propios pensamientos. Mirando el reloj. Las cuatro de la mañana. Las cinco. La juventud ofrecía drogas a sus padres putativos. Había rayos de luz trazando un abanico de colores sobre las cabezas en penumbra. La gente ya fumaba dentro, como si hubiera entendido que lo único que te queda en la madrugada de la vida es romper alguna norma. Los divorciados se drogaban más que nadie, con su propia melancolía. Bailaban mal. Se besaban con aquella divorciada cuya melancolía fuera tan estupefaciente como la suya. A nadie le importaba ya nada.

El techno va de que ninguna cosa le importa ya nada a nadie nunca más. La juventud lo sabe; y los divorciados, más. El techno no es otra cosa que silencio hacia fuera.

Ir de fiesta divorciado es como llegar tarde a tu propio entierro. Probemos otra vez: ir de fiesta divorciado y con hijos es como que no te llamen para hacer Top gun 2 porque eres una vieja horrible y fea y a nadie le gustas, y aún así comprar la entrada e ir al cine a ver la película donde nadie quiere que salgas.

Y reconocer que sin ti la película es mejor.

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