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Divorciados en el camping

La nostalgia es lo propio del divorciado, de la divorciada, esa mirada para abajo y esa tristeza no de lo perdido, sino de lo imposible

Divorciados en el camping

Personas en un camping. | EP

Los divorciados se reconocen entre ellos. Los delata una sutil pesadumbre: carecen de escapatoria. Están a cargo de uno o varios niños y nadie va a venir a ayudarlos, y por eso están ensimismados, porque buscan en el niño que cuidan alguna clase de compañía. Hay, desde luego, no pocas situaciones donde un adulto puede verse abocado a cuidar él solo de varios niños. Sin embargo, un divorciado sabe cuándo un único adulto a cargo de dos niños está también separado. Es, amigos, la textura insólita del tiempo, horas demasiado masticadas.

Hay, en esas escenas de madre con su hija a solas en un bar, un tramo de vida donde no habla nadie, y el camarero viene y va, y la niña se entretiene con el tenedor, y entonces la madre pierde la mirada hacia la pared y piensa cosas apoteósicas. Estoy sola, estamos solas, estamos siendo miradas. Y, de hecho, lo están, quién sabe si por otro divorciado.

Existen saberes especulares, que llegan con el suceso: te pasa algo y entonces sabes qué le ha ocurrido a otro. No hace falta conversación. Está ahí todo escrito, en las caras, en las elipsis y en determinadas formas de mirar el móvil. O de no tener que mirarlo ya.

Y luego está el camping. Es un sitio curioso, un camping. Hablo de esos espacios inmensos al pie de la sierra donde se levantan casitas más o menos monas que responden al nombre exageradamente sofisticado de bungalows. Las tiendas de campaña, si alguna vez tuvieron atractivo, quedan muy por debajo de las aspiraciones de hacer el ridículo de un adulto con hijos. Estos campings son el pueblo de los que no tienen pueblo, y mucho mejor, debo decir, porque al pueblo de los abuelos hay que volver por los abuelos, pero al camping hay que volver por los hinchables.

En el camping reticular, con diez o doce calles, decenas de casitas de madera junto a casitas de plástico junto a roulottes junto a casas propiamente dichas, de ladrillo y con nombre en letras de forja, en este camping, digo, está toda posibilidad de huida. Habrá anacoretas y medio locos, y hay familias enteras, con muchos cuñados y primos, y extranjeros variados y quizá un amplio abanico de clases sociales. Y hay, que es a lo que vamos, divorciados y divorciadas estrenando la mutilación de la familia. Han venido al camping porque les quedaba más a mano que Alaska.

Las madres de hija única abundan, y es curioso ver cómo la niña es calcada a la madre, sólo que más joven, mucho más joven, pero con la tristeza exactamente en el mismo punto. Esto, por si necesitan aval científico, lo he visto dos veces. Vi a una madre de unos cuarenta junto a su hija de unos diez, y se notaba que sus cuerpos eran dos cortes genéticos en el tiempo, totalmente iguales, sólo que uno maduro y el otro en agraz. Pero su desoladora tristeza era idéntica en altura. La madre sabía por qué estaba triste (un exmarido quizá espantoso, un divorcio tal vez terrorífico, cientos de lances maritales en carne viva aún en su memoria) y la niña no sabía por qué estaba triste, pero el eco tampoco sabe por qué suena.

La otra madre, de este verano, era una mujer bellísima de pelo rojo, y su hija, de ocho años o así, era una princesita de pelo también fulgurante. No estaban tristísimas, sólo calladas. Hacían piscina alrededor de las cuatro de la tarde y la madre resultaba tan pensativa que parecía no haber acabado de salir de esa escena de actriz secundaria que le habían dado en una película francesa, cuando entonces. Ni se metían en el agua ni hablaban entre ellas. Creaban un tempo propio en el tempo frenético de las piscinas de los campings, donde alguien siempre está corriendo de un lado al otro, pisando toallas. Ellas, pelirrojas lánguidas, se arropaban en siestas sobre césped que duraban horas, y de las que salían con la caricia de una brizna pegada al muslo.

El divorciado o divorciada ve volar sobre su cabeza las aritméticas sociales, ese un-adulto-con-varios-niños, que según pasan las horas, y apenas un día, se confirma como antinatural

Como el camping es un pueblo con habitantes aleatorios y evanescentes, todos los campistas son forasteros para el otro, y se mira al vecino como si ese fuera tu pueblo y el vecino acabara de llegar de muy lejos. Así, salvo el cogollito de habituales de un camping, todos los demás deben enfrentarse al cálculo ajeno inmediato. De este modo, el divorciado o divorciada ve volar sobre su cabeza las aritméticas sociales, ese un-adulto-con-varios-niños, que según pasan las horas, y apenas un día, se confirma como antinatural. O sea, fruto del divorcio.

Este descubrir un divorciado de vecino, cuando tú has llegado en coche con tu mujer o tu marido y dos niños, peleando en cada semáforo, da mucho gusto a las familias resistentes. Resistir es lo propio de las parejas con hijos aún no rotas; ni amor ni hostias. Y la nostalgia es lo propio del divorciado, de la divorciada, esa mirada para abajo y esa tristeza no de lo perdido, sino de lo imposible. Divorciarse es un fracaso; enviudar, sólo una desgracia.

Al final, ¿quién no acaba divorciándose?

El divorcio asoma por todos lados en un camping familiar. Haces una cola para una proyección de Coco y ya delante mismo tienes a un padre diciéndole a su hijo (captas sólo retazos de conversación) : «Él va a ser siempre tu hermano. Los hermanos son siempre hermanos. Pero mamá y papá no siempre van a estar juntos, pueden dejar de ser…». En la piscina escuchas: «Ya no me enamoro más. Si me separo, custodia una semana y la siguiente, a escalar». Está todo el mundo haciendo grandes planes para esa semana sin hijos del futuro. No saben que los planes realmente épicos son los de la semana con hijos.

Porque, siendo crudos y sinceros, hay algo que no está bien en un adulto fingiendo familia con sus hijos en un camping. No es la falta de la madre o del padre. Es la falta del contraste. Es bonito que a los niños los eduquen dos personas que discuten y no una que siempre tiene razón. Que los críos no sepan a quién obedecer. Que le pregunten a un adulto qué le pasa al otro. De todas las infelicidades, la de la familia como Dios manda me parece la mejor pensada. Una mesa con tres patas se sostiene, pero con cuatro patas parece más una mesa. Simplemente no cree uno que vaya a volcarse nunca.

Es lo que hay, pensaría la mujer triste y la mujer hermosa y sus hijas respectivas, si supieran las niñas lo que significa respectivo. Es lo que hay. Divorciados, divorciadas, campings en la sierra. La solidaridad entre ellos es muy tierna, y se parece un poco a ligar. Anda a hablar con esa niña, le dices a tu niña. Anda a hablar con ese padre, le dirá de alguna forma luego la niña a su madre, calculas, como haciendo carambolas con la infancia.

Y desde lejos pareceremos familia.

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