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Volver a Vila-Matas

Está el periódico y luego está una novela de Enrique Vila-Matas

Volver a Vila-Matas

Habría que considerar siquiera un instante qué pasa con los libros que se leen volando. Seguramente alguna campaña de fomento de la lectura ha recurrido a la hipérbole aérea para fracasar en su propósito, algo como : «Lee, vuela»; algo como: «Lee y volarás». Pero yo me refiero realmente a esa lectura que se lleva a cabo a 10.000 pies de altura camino de la otra punta del mundo y que no está sujeta, no ya a la gravedad, sino a los rigorosos y autoritarios criterios de volumen de equipaje que las compañías aéreas han impuesto para hacer de nuestra vida algo un poco más miserable. En los aviones puedes leer libros muy gordos, aún.

En El turista accidental se recomendaba llevar un libro en un viaje para que los demás viajeros supieran enseguida que no tienes el menor deseo de entablar conversación. El libro en el viaje puede, en efecto, funcionar como disuasor de abordamientos, pues si estás leyendo un libro debes de ser una persona sosísima, y lo mejor será hablar con otro.

Leer dentro de un avión incluye turbulencias, puestas de sol sucesivas, comidas espantosas servidas a media frase y la posibilidad estadísticamente pequeña pero subjetivamente siempre muy grande de caer en picado al mar y morir. No puede ser igual que leer antes de bajar a la calle a tomar un café con los amigos. Se lee con más devoción.

Enrique Vila-Matas proponía, seguramente inspirado por alguien, que carecía de sentido escribir un libro si no había también cierta posibilidad de estrellarse. Esto sonaba bonito hace dos décadas y nos gusta, pero la realidad es que cualquier libro, incluso uno normativo, tradicionalote y muy pautado de clichés, tiene una enorme posibilidad de fracasar, o sea, de que el autor no pueda acabarlo nunca, o lo acabe y sea impublicable. Esto es así, no tanto porque ese libro busque una pirueta inverosímil que parta en dos la historia de la literatura, o venga escrito en endecasílabos y a media novela ya no sepas contar hasta once, sino porque, sin ir más lejos, a partir de los cuarenta escribir un libro es un infierno siempre, y fracasar, casi un alivio.

El caso, en fin, es que Vila-Matas tiene nueva novela y uno, que ha sido vilamatiano extático, de pronto tuvo muchísimas ganas de leerla, en un vuelo. Después de las crisis económicas y políticas, de la desaparición de las novelas más o menos complicadas (ahora todo el mundo se limita a contar su vida en cachitos, sin mayor ambición ni ocurrencia, una página cada día hasta completar 120, y listo y ya), y de que obviamente el propio Enrique Vila-Matas entrara en la zona muerta de la fama (no se puede molar todo el tiempo), la verdad es que Montevideo (Seix Barral), que así se llama su nuevo libro de siempre, es de lo más estimulante que podemos leer este año. Este año horrible para la literatura española.

Vila-Matas vuela en Montevideo a Montevideo, y a otros sitios, porque ya saben que Vila-Matas si algo no va a hacer nunca es ambientar una novela en Calatayud. Hay que salir de España siempre, con su literatura, porque odiamos España y lo castizo y el premio nacional, que no le han dado nunca. Pero, con Vila-Matas, estas salidas airosas del país son siempre simuladas, porque lo que hace Vila-Matas en realidad es, como Joseph de Maistre, no salir siquiera de su habitación. Sus libros viajeros son solo excusas para abrir los libros de otros y transitar citas y encadenarlas en el gran viaje intertextual del lector accidental.

Montevideo empieza como un París no se acaba nunca revisitado, siendo que París no se acaba nunca es uno de los mejores libros del autor. Luego la biografía va despegando, en efecto, despegándose, y llega la invención, venta de drogas en la capital francesa, no ser capaz de escribir un libro, habitaciones secretas en hoteles narrados por Cortázar, y símbolos. Montevideo ni siquiera sale tanto en el libro, donde también se hace escala en Reikiavik, Bogotá o Cascais. Pero Montevideo, en esto de la literatura, es como Chicago en lo de los asesinatos: donde hay la mejor tradición.

Felisberto Hernández, Mario Levrero o Juan Carlos Onetti fueron muy tristes allí.

Después de establecer que la realidad es «un pacto entre mucha gente», Montevideo se abre a la realidad vilamatiana de los nombres, los títulos y la citas, con los que se pueden hacer también novelas porque los lectores hemos pactado que así sea. La literatura es un pacto entre poca gente.

Salen los habituales de Vila-Matas, como Kafka o Roussell, que siempre tienen algo nuevo que aportarle, lo cual es extraordinario después de tantos libros; y aparecen también nuevos nombres, a razón de uno por página, constelando el entramado de referencias y relecturas que hace de las novelas de nuestro autor ese simpático, elevado y muy pop refugio contra el periódico. Está el periódico y luego está una novela de Enrique Vila-Matas. Y, entre esos extremos, está todo lo demás.

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