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Woody Allen no quiere un obituario

«Nos enseñó cosas importantes para la vida en pareja, sobre todo que había que hablar mucho andando por la calle»

Woody Allen no quiere un obituario

Woody Allen y Diane Keaton en una escena de 'Annie Hall' (1977).

Woody Allen ha declarado que dejará el cine pasados los 86 años para escribir una novela, porque para morirse necesitaría mucho más tiempo. La escritura siempre ha sido un gran antídoto contra la muerte, al menos si creemos la palabras épicas que le debemos a Eloy Tizón: «Sé que mientras estoy escribiendo no puedo morir». Vendrá la muerte a Manhattan, a la millonaria casa de Woody Allen, y Allen le dirá: «Espera a que acabe este capítulo. Me va a llevar veinte años».

Alguien dijo que la vida era más larga que la biografía, y esto quiere decir que en la vida pasan muchas menos cosas de las que creemos. A partir de cierto momento, no pasa nada, y eso es la vejez. Que los obituarios de muchas personalidades célebres estén ya escritos en los periódicos desde hace años sólo indica que ese muerto venidero lleva una década regando las plantas, y que sólo hay que esperar a que se le sequen. Todo lo que uno hace para merecer una muerte publicitada lo hace cuando lo último que pensaba era en morirse. Cuando piensas en morirte, la gente no piensa en ti.

Por todo ello me parece muy bien anunciar el retiro, sabotear de alguna forma el propio obituario, darse por muerto y no por planta. Aunque luego hagas lo que quieras, claro. Quentin Tarantino lleva mucho tiempo diciéndonos que la décima será su última película, y eso hace mejor a Tarantino, porque nos transmite que lo tiene todo controlado, que no piensa morirse antes de esa película, y que luego ya veremos.

«Los números redondos dan muchas ganas de dejarlo, como saben los asesinos en serie»

Con Allen la filmografía mítica llegará a la cincuentena. Los números redondos dan muchas ganas de dejarlo, como saben los asesinos en serie. 50 películas conoce Woody Allen que hará en vida, y eso tiene algo de pequeña victoria contra la muerte, porque no será morir lo que detenga la cuenta, sino uno mismo totalmente consciente y seguro y dominante.

Javier Marías ahora mismo no sabe que escribió dieciséis novelas, y eso es triste.

Que el cineasta haya apurado hasta casi los 90 para dejarlo tiene todo el sentido, dado que Woody Allen fue joven con 58 años. Ha sido una de las grandes epifanías de mi vida, al menos culturalmente, darme cuenta de que ese actor y director y guionista cuya película ibas a ver en los años 90 como si tratara de ti y de tu novia (pongamos, Misterioso asesinato en Manhattan) estaba protagonizada por cincuentones. Parecían una pareja de estudiantes, Allen y Keaton, con vecino asesino y libros obvios en el regazo.

Woody Allen, un cincuentón, nos enseñó cosas importantes para la vida en pareja, sobre todo que había que hablar mucho andando por la calle. Si Godard es el director de cine que más libros ha sacado en sus películas (y seguramente Woody Allen es el segundo, y Almodóvar, el tercero), Woody Allen es el director de cine que más ha hecho andar a los enamorados. Para hablar había que dar una vuelta a la manzana en Nueva York, porque entonces se dicen las cosas más bonitas.

Casi todas las películas de Woody Allen giran en torno a hombres blancos burgueses que persiguen a mujeres blancas burguesas o que se dejan unos a otros por otro hombre u otra mujer blanca y burguesa. La filmografía de Allen es, por tanto, una muestra impagable de diversidad: es increíble lo diverso que puede ser algo tan simple como que un hombre y una mujer se gusten.

Que la muerte no te pille trabajando (como decía Picasso de la inspiración) tiene además la ventaja de que, sabiendo que ahí acabas, quizá lo hagas mejor que nunca, o tan bien como antes o mucho mejor de como lo harías si la película sólo fuera una más. Pero no es una más, es la última, y por eso de Wasp 22 (que así se llama el cierre cinematográfico de Allen) podemos esperar las maravillas aparejadas a los cantos de cisne, esa adrenalina acumulada por el hecho de no volver a esforzarte nunca más. Si es que Woody Allen se ha esforzado alguna vez, claro.

De este pequeño judío pelirrojo quedará eso mismo, la liviandad, los chistes y la diferencia, todo centrifugado en cine que cambió nuestra manera de entender el humor, el amor y las camisas de cuadritos. Y, por supuesto, la muerte: «Veo desastres, veo catástrofes. Peor: veo abogados».

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