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Cultura

César Antonio Molina: «La intelectualidad no puede estar callada ante lo que está pasando»

El poeta y ex Ministro de Cultura habla con David Mejía sobre su obra y comparte su visión de la España actual.

César Antonio Molina (La Coruña, 1952) es poeta, escritor, traductor, profesor universitario y gestor cultural. Entre libros de poesía, memorias, novelas y ensayos ha publicado más de medio centenar de obras. Ha sido director del Instituto Cervantes y Ministro de Cultura. Actualmente sigue colaborando con varios medios de comunicación.

P. Junto a tu nombre siempre aparecen muchos epítetos: escritor, traductor, poeta, gestor cultural, incluso político. ¿Con cuál te sientes más identificado?

R. Yo creo que siempre he sido un poeta por naturaleza, y esta manera de ver la vida, de ver el mundo, es lo que me ha influido en el resto de cosas que he sido. Como profesor he disfrutado teniendo muchos alumnos, algunos de los cuales han hecho buenas carreras. Otra de las etapas mejores de mi vida ha sido como periodista, porque desde finales de los 70 hasta comienzos de este siglo ha sido una etapa de oro del periodismo, que ahora declina. No desaparecerá, porque la libertad de expresión es una condición del ser humano y se manifiesta a través de la prensa, en cualquier tipo de soporte. Y también he sido gestor cultural. En fin, puedo decir que estoy satisfecho con mi vida, y no la cambiaría por nada, ni por premios ni por nada. He hecho muchas cosas, incluso algunas que no pensaba. Creo que si mi padre viviera estaría muy satisfecho. Muchas de las cosas las hice por él y por mi familia republicana exiliada. Y lo más importante es seguir siendo coherente a lo largo de la vida y del tiempo que reste.

P. Cuando dices que muchas de las cosas las hiciste por tu padre y por tu familia republicana, entiendo que te refieres a tu participación en la política activa.

R. Sí, a mi participación política, y también como profesor, tratando de concienciar un poco a la gente sobre lo que era el periodismo o la literatura, y sobre una cosa fundamental: que la democracia se consiguió tras duras batallas, que no es algo eterno y que se puede perder en cualquier momento y hay que defenderlo.

P. La idea de que no hay que dar la democracia por sentada es recurrente en este momento, pero da la impresión de que tú lo tenías presente hace quince o veinte años.

R. La edad te da esta fácil respuesta. Mucha gente lo dirá ahora, pero yo llevo décadas diciéndolo. En primer lugar, porque asistí, participé y sufrí la represión de los últimos años del franquismo, sobre todo en la universidad. Supe lo que fue luchar por la democracia y ayudar -cada uno de la manera que pudo- a traerla. El hacer una Constitución que ha durado 44 años, que no hay constitución en la historia de España en ninguna época, en ningún tiempo, que durara tanto. El vivir una época de este país brillante, ejemplar, en la que España ha servido de ejemplo a otras naciones para hacer lo mismo que nosotros hicimos. Y por eso me duele que ahora se esté poniendo en peligro. Y gente como yo, por cuestión de edad y por la trayectoria que hemos tenido, podemos afirmarlo con mayor «vehemencia». Y bueno, he sido durante 30 años profesor en la universidad y he tratado de explicar esto a la gente joven, sin influir para nada en sus opiniones y en sus criterios. Cuando me encuentro con alumnos míos por la calle, me dicen «yo leí Las ilusiones perdidas de Balzac» o me dicen «ya estamos manumitidos», porque yo siempre decía que la gente de mi generación no nacimos manumitidos, nacimos en una dictadura. Y todas las generaciones posteriores, ya con la democracia y con la Constitución, pues ya lo estaban, ya eran libres, ya tenían libertad para opinar, para moverse, para viajar, para todo. Y eso marca mucho la diferencia. Pero el haber vivido todo ese proceso creo que nos debe suponer un plus sobre otras generaciones que afortunadamente no vivieron ese tiempo; nacisteis con el camino ya muy abierto, pero con el deber de mantener la democracia, porque fuera de la democracia las opciones son la tiranía, la autocracia y la dictadura. O el populismo, que representa de alguna manera todo eso.

P. Según tu diagnóstico de la regresión democrática en España: ¿hacia qué modelo nos estamos acercando?

R. Bueno, la democracia es un sistema en el que la convivencia pacífica de las ideas da resultados positivos para seguir avanzando, y en el que la separación de poderes es fundamental. Y en el que ningún partido político, por mucho que esté en el gobierno, puede tomar decisiones por vías y callejones oscuros para lograr sus fines, que pensarán que son fantásticos, pero esto no es la democracia. La democracia no es el pensamiento de una persona, no son las ideas de una persona, no son la destrucción de un partido político por la conveniencia de esa persona. No son los pactos con los asesinos de sus propios militantes; ya no con los 900 o mil asesinados, de los cuales 300 ni se sabe quiénes lo han hecho, con gente que además no ha renunciado a sus ideas. Con gente como la parlamentaria de Bildu, que era una de las que acusaba en la prensa independentista a las personas que había que asesinar. Luego con los independentistas catalanes que han cometido delitos por los cuales ahora se les está sacando a la calle, y se está legislando para ellos. Son síntomas gravísimos de enfermedad de la democracia.

P. ¿Crees que esta enfermedad de la democracia la representa Pedro Sánchez, o crees que su Gobierno es el resultado de una trayectoria más general?

R. Ha habido muchas culpas compartidas. Por ejemplo, la educación ha sido un desastre: nueve leyes en 40 años. ¿Cómo se puede enseñar a la gente cambiando una ley e introduciendo otra sin haber llegado a un pacto de Estado? Lo digo como profesor, es un desastre. A través de la educación se educa a la gente joven: los valores sociales, la historia de un país, su literatura, el arte, todo lo que configura un Estado. Y eso no se ha explicado; ahora hay no sé cuántas historias de España, historias locales… Yo soy gallego y sé lo que es tener otra lengua, y he defendido siempre la idea de las lenguas cooficiales, que son como el español, y esas culturas que tienen sus características. Pero en cualquier país eso existe, que me digan algún país del mundo que no se ha conformado entre la convivencia plurinacional o pluricultural. Aquí, la educación es nuestra manera de relacionarnos a diario, y no nos ha enseñado ese espíritu de Estado, como hemos podido ver con la selección española de fútbol. Yo no veo los partidos porque no soy seguidor de fútbol, pero ante una selección como la de Marruecos, que se mataban, que corrían, que se les iba la vida, frente a nuestra selección…

P. ¿La Selección te parece una metáfora de nuestra falta de cohesión?

R. Sí, de la misma manera que es una metáfora Nadal, esa individualidad española que es capaz de superar lo que sea. Pero la educación española es una catástrofe. Todo eso está en la concienciación, en el espíritu del país, en el orgullo de pertenecer a él. Y en esto la democracia ha fracasado gravemente hasta el día de hoy, y eso ya es difícil de recuperar. No todo se ha hecho bien, pero es verdad que hemos pasado de un país atrasado en todo, a un país que compite en todo y eso se lo debemos a la democracia.

P. Fuiste Ministro de Cultura entre 2007 y 2009. Antes habías sido director del Instituto Cervantes y quería preguntarte si -esto es una tesis de Marc Fumaroli- nos hemos equivocado al optar por un Estado cultural frente a un Estado educador.

R. A Fumaroli lo traté bastante y era divertido, sentí mucho su fallecimiento y escribí un artículo sobre él, y lo he citado en muchos de mis libros. Unas cosas las comparto y otras no, porque él va también contra la Ilustración.

P. Sí, era un antimoderno.

R. Era muy suyo. Lo que pasa es que tenía saber y conocimiento para explicar esas cosas, aunque luego yo no participara en algunas de ellas. Vamos a ver, el Ministerio de Cultura es fundamental para defender nuestro patrimonio histórico y artístico. España, Italia y Francia son los países que más patrimonio tienen, y eso requiere una gestión, una serie de recursos, y una gobernanza con las comunidades autónomas. Y luego el Ministerio de Cultura es por lo que somos conocidos en el mundo, porque Velázquez, Picasso, Cervantes es la gente por la que somos conocidos. También deportistas, pero fundamentalmente artistas. Y la cultura es lo que nos une como país. Por eso es grave que no seamos conscientes de que los independentistas tienen una especial dedicación a diferenciarse del resto de España, inventándose en la mayoría de los casos historias que no han sido verdaderas ni reales. Pero ellos han se han centrado en esto, mientras que el Ministerio de Cultura español ha bajado, quizás por una decisión política para no molestar a esos socios de gobierno. Y les molestaba mucho, por ejemplo en mi época, las cosas que hacíamos, sobre todo salir al mundo, llevar exposiciones, estar en Hispanoamérica.

P. ¿Dirías que lo más difícil de tu etapa como Ministro de Cultura fue lidiar con esas presiones internas?

R. Sí, por ejemplo, tuvimos la Feria del Libro de Frankfurt dedicada a Cataluña. Estando Esquerra era imposible de lidiar porque te decían una cosa y luego hacían otra. Pero yo fui a Frankfurt contradiciendo una grandísima opinión del gobierno de aquella época. Me presenté allí en mi cargo de ministro de España junto con las autoridades alemanas correspondientes e inauguramos esa parte de la feria y de la exposición dedicada a Cataluña, que es España. Hoy en día todavía sigue siendo España y nosotros nos sentimos orgullosos de que lo sea. Y todo fue muy bien, incluso fue un momento en el que nos entendimos porque ellos se dieron cuenta de que de otra forma no iban a tener la repercusión que tuvieron. Pero también tuvimos tensiones en Nueva York con una exposición de Miró, toda esa cosa de querer pasar por ser un Estado que no son. Y bueno, el PNV siempre ha sido más de pactos y me entendí bastante bien con ellos. Y en Galicia fue muy complicado, porque el Bloque estaba con el Partido Socialista, que es con quien casi siempre está, y además la parte de cultura la llevan siempre ellos y solo atienden a sus intereses.

P. Para quien no lo recuerde, fuiste Ministro de Cultura de un gobierno socialista que coincidió con el gobierno tripartito en Cataluña (PSC, ERC, Iniciativa) y con el gobierno del PSdeG y el Bloque en Galicia. ¿Sentías que había una suerte de esquizofrenia política en el propio Partido Socialista, entre su identidad en el Gobierno central y su identidad en las autonomías?

R. El Partido Socialista siempre ha tenido, no sé por qué, un complejo de inferioridad con respecto a los nacionalistas. Y en Cataluña todavía más. Y era muy difícil, podría contar anécdotas bastante complicadas. Pero quizás el Partido Socialista siempre ha pensado, excepto en la época de Felipe González, que sus socios de gobierno son esos, y que es imposible que ellos pacten con el Partido Popular. Prefieren pactar con los anticonstitucionalistas que con los constitucionalistas. Y eso ya era una situación complicada en mi época, que era la Maragall y el Estatuto. En el Partido Socialista tendría que haberse impuesto su razón de Estado. Es un partido estatal, constitucionalista, que defiende una monarquía parlamentaria; aunque muchos sigamos siendo republicanos, entendemos que en los tiempos que nos han tocado vivir, la monarquía parlamentaria es importantísima, a pesar de las dificultades que conocemos, porque es lo que sigue uniendo a todo el país. Por eso Podemos, Izquierda Unida y demás se la quieren cargar. Y el Partido Socialista se tenía que haber impuesto ante toda esa izquierda y no ser manipulado, como lo está, por todo ese mundo de la extrema izquierda, el independentismo, etc.

P. Habrá quien considere que el PSOE no está siendo manipulado, sino que es un actor plenamente consciente.

R. Bueno, yo creo que en estos últimos años el PSOE se ha dejado manipular, y ahora es él el que está actuando. Sánchez empezó con un perfil bajo, y ahora ya se le ve lo que muchos escribimos de que es el rey Arturo de la extrema izquierda. Él sienta en la tabla redonda a toda esta gente y tiene cierta preponderancia sobre ellos. De hecho, se ha ganado a Yolanda Díaz que va a ser la que va a destruir esa parte de Podemos. Y él también ha hecho movimientos políticos para ir tomando posiciones. Con Esquerra igual, no es lo mismo la Esquerra del Parlamento que la Esquerra de Cataluña. Y así sucesivamente. Entonces, en este momento ya sólo hay dos partes: un centro derecha con mucha gente socialdemócrata, y una extrema izquierda que quiere representar a Sánchez y en la que él se ha ido aupando. Evidentemente la fuerza del Estado y la fuerza de un gobierno es grandísima y hay muchas maneras de ganarse a esa gente. Y para eso hay que utilizar modos y maneras autoritarias.

P. ¿Tienes relación con José Luis Rodríguez Zapatero?

R. Zapatero no era tan atrevido como Sánchez. Y, aunque se le critica, guardaba las formas. Sí que comenzó algunas cosas complicadas, pero fue respetuoso incluso con el Rey, mientras que ahora Sánchez no lo es, porque es algo que le molesta y le interfiere en sus proyectos. Pero con Zapatero tuvimos buena relación con la Casa Real. Yo me llevé bien con él; discrepábamos porque él decía que según Azaña la política era la más alta representación de la cultura. Y yo le decía que no era cierto, que Azaña había dicho que la política era una de las más altas representaciones de la cultura, que no es poco. Pero esto también devenía en que, en el fondo, los políticos de un lado y otro utilizan la cultura. Y entonces tuve que oír cosas como por qué la Dama de Elche no estaba en Elche, por qué el Guernica no estaba en Guernica, etc. Es decir, había cosas insensatas con respecto a la cultura. Y luego yo me movía mucho, para mí eso de que no había recursos y tal era absurdo, porque teníamos un presupuesto y sabíamos cómo se podía invertir. Y bueno, pues durante el tiempo que estuve con él me llevé bien; posteriormente, cuando me fui del Congreso, lo llamé para despedirme, y hasta el día de hoy. Y con respecto a Sánchez, estuvo un tiempo en el Ministerio de Cultura siendo mi asesor.

P. ¿Pedro Sánchez fue tu asesor en Cultura?

R. Sí, Pepe Blanco me lo pidió y fue un tiempo muy breve.

P. ¿Por qué fue muy breve?

R. Bueno, porque era una cosa del partido. Luego, cuando salimos del Congreso de los Diputados los seis ministros que dejamos nuestra acta de diputados -conseguida por nosotros mismos, no nos la había dado nadie-, él ocupó una de esas plazas.

P. Por contextualizar: en abril del año 2009 hay una remodelación del Gobierno. Salís un grupo de ministros, que también sois diputados, y renunciáis al acta.

R. Bueno, en mi caso, cesé en abril como los demás, y dejé el acta en septiembre para volver a la Universidad.

P. Y entonces corre la lista y otros se convierten en diputados, entre ellos Pedro Sánchez.

R. Sí, el problema tanto de Sánchez como de Zapatero es que son políticos sin dote. Muchos de los que estábamos en política éramos periodistas, profesores, teníamos a donde regresar. El problema que le pasa ahora a Zapatero es que no sabe qué hacer, y me duele que esté cometiendo tal cantidad de errores. Por ejemplo, ir a Argentina a apoyar a Cristina Fernández de Kirchner es terrible. Yo conocí a la Kirchner, entre otras cosas porque hicimos el Congreso de la Lengua siendo yo director del Cervantes, y todo el mundo en Argentina sabe que los jueces tienen razón.

P. ¿Pero es un error o él cree genuinamente en eso?

R. No lo sé, pero él tiene que saber que es un expresidente, y esa categoría siempre la va a llevar consigo. A donde vaya lo llamaran «presidente», va en representación de todos nosotros. Y no puede ser las cosas que está haciendo. Lo de Venezuela es impresentable. Y así sucesivamente. El caso de Zapatero me duele porque yo fui nombrado por él y le sigo teniendo cierto respeto. Y ese mismo respeto debería tenerlo él consigo mismo.

P. No puedo evitar preguntarte algo más por el Pedro Sánchez asesor de Cultura.

R. No tuve mucha relación con él. El tiempo que estuvo hizo las cosas que tenía que hacer. Es una anécdota.

P. Escribiste un libro, La causa de los intelectuales, sobre el compromiso de los intelectuales con la cosa pública, ¿cuál crees que debería ser ese compromiso? Porque tu caso, el del humanista que decide mancharse las manos en política, es excepcional.

R. Yo nunca he dejado de trabajar en la cultura. A mí me nombraron Ministro de Cultura, no Ministro de Industria, de Sanidad o de Trabajo. Y director del Instituto Cervantes, otra institución cultural.

P. Pero fuiste diputado también.

R. Sí, fui diputado socialista por mi ciudad, La Coruña, de lo que me sigo enorgulleciendo. Y además habiendo sacado unos resultados estupendos. Mi acción era inmiscuir el mundo de la política con la cultura y viceversa. En mi libro La causa de los intelectuales -que algún periódico dijo que era un libro contra Zapatero, cuando no aparece citado ni una sola vez; empiezo en Cicerón y voy siguiendo a los grandes- defiendo que los intelectuales tienen que tener una presencia. Lo que no es de recibo es que el 90% de la intelectualidad española, incluyendo a los artistas, esté callada ante las cosas que están pasando. Incluso algunos se dedican a escribir artículos sobre cosas inicuas, ignorando lo que pasa. La filósofa francesa Simone Weil escribió que se acusaba a Pétain de todo, cuando la intelectualidad francesa y casi todos los franceses habían sido cómplices de Pétain al estar callados y no manifestarse. Eso lo decía al comienzo de la caída de Francia por la presencia del nazismo. Y bueno, aquí no estamos en una situación semejante, pero esta intelectualidad no tiene nada que ver con la intelectualidad republicana. La intelectualidad republicana participó, tuvo presencia, opinó, murió. A la intelectualidad republicana la mandaron al exilio.

P. Déjame hacerte una pregunta que une esto con lo que hablábamos antes: ¿hasta qué punto este silencio se explica por la dependencia que tiene el mundo cultural del presupuesto?

R. Sí, eso influye, y también los premios de las comunidades, de los ayuntamientos, las conferencias que te dan y te quitan. Muchos piensan que si hablan no les van a dar el Premio Cervantes, o que no van a entrar en instituciones prestigiosas de la cultura, o que van a perder lectores o espectadores. El caso es que, hoy en día, somos muy pocos los que nos hemos manifestado en contra de las cosas que están sucediendo. Y yo sigo siendo socialista y socialdemócrata. Yo nunca me he movido de donde siempre he estado. Lo que pasa es que el movimiento ha sido tan grande…

P. Hay personas que son fieles a ideas y personas que son fieles a siglas. Entiendo que la admiración que muestras por la intelectualidad republicana está unida al recuerdo de tu padre y tu familia republicana. ¿Puedes contarnos algo más sobre esto?

R. Mi familia era una familia republicana de las más antiguas de Galicia, de una ciudad como La Coruña, que tuvo a Casares Quiroga, a Salvador de Madariaga y a otros ministros muy importantes durante la República. Mi familia era de Izquierda Republicana, y vecina y amiga de Casares, y tuvieron muchos cargos durante la República. De hecho, un tío mío, César, que era escritor, fue uno de los que preparó la evacuación de Madrid ya al final de la guerra. Y mi abuelo estuvo en la cárcel siendo un funcionario del Ayuntamiento de La Coruña, -por el simple hecho de poner la bandera republicana- junto al alcalde, que fusilaron, y al gobernador civil, que lo fusilaron también, y a su mujer. En fin, yo viví todo eso, viví los silencios, las humillaciones, y por eso siempre he procurado demostrar a mi familia que no habían pasado por esas circunstancias en vano. Que de alguna manera, yo podía representar eso por lo que ellos lucharon. Y a veces pienso si ellos pensarían si estoy haciendo bien las cosas, y es una de las tormentas mentales que tengo: qué diría mi abuelo, que diría mi tío, que diría mi padre. Y creo que estarían muy de acuerdo conmigo, como mucha otra gente republicana que traté, cuyos nombres no voy a citar porque parecería que quiero aprovecharme de ellos. Porque ellos vivieron lo que fue la República y ellos sufrieron los extremismos, el fascismo por un lado y el estalinismo por el otro. Y gente como mi familia estaba en una izquierda socialdemócrata, progresista, pero en absoluto revolucionaria ni violenta. Y esos extremos, que son los que han resurgido ahora, y que durante 40 años no los hemos necesitado para nada, fueron los que se cargaron la República. Realmente fueron los que provocaron la guerra, unos y otros, tirando de la cuerda y tensándola, y además matándose entre ellos. Porque mientras la derecha se mantuvo unida y firme, la izquierda fue un desastre. Y aunque vivimos en tiempos diferentes, no olvidemos lo que escribió Bauman en su último libro, que decía que el tiempo presente le recordaba mucho a los años 30 del siglo pasado; él lo llama retrotopía, es decir, marcha atrás. Por lo tanto, gente como yo vivió y sufrió lo que suponía ser de una familia republicana: parte de la familia vivió y murió en París, y parte de la que se quedó, sufrió las consecuencias. A mi abuelo lo despidieron. Luego, en los años 60 le llegó una carta diciendo que si juraba los principios del movimiento, se podía reincorporar. No quiso. Agotó todo su patrimonio. Luego, a la muerte de Franco, fue rehabilitado. Y mis padres y mis tíos sufrieron ese vacío. De alguna manera yo percibí esa situación que económicamente también fue complicada, para una familia burguesa que tenía muchos recursos y que los gastó por un ideal. Por lo tanto, yo no puedo en este sentido, habiendo pasado todo esto, estar muy equivocado en denunciar, en la medida de mis posibilidades, cosas que se están haciendo y que no se corresponden con la lucha y con los esfuerzos que hicieron millones de españoles. Porque para que viniera la democracia murió mucha gente y sufrió mucha gente de distintas maneras. Y por eso me entristece que un país como el nuestro quiera suicidarse democráticamente. Porque si no responde ciudadanamente, si sus intelectuales no responden tampoco, está acabado. ¿Qué país heredareis? No lo sé, a lo mejor es mucho mejor, quién sabe. Pero yo quiero morir en el país en el que he nacido y donde se han respetado casi todas las libertades, casi todas. Y donde ahora nos están dominando quienes no las respetaron ni las respetan, porque además no se han arrepentido.

P. Por lo que dices, tu familia era de izquierda liberal, esa izquierda ilustrada que alumbró la República. ¿Hasta qué punto el suicidio de las democracias del que has hablado, tiene que ver con apartarse de ese eje liberal?

R. Así se titula mi libro: Las democracias suicidas,y en su prólogo que hizo muy bien el editor, Fórcola, está explicada la historia de mi familia. Yo siempre identifiqué el socialismo con los ideales de mi familia. Ya no había una izquierda republicana, pero sí había un partido comunista muy importante, y estaban los trotskistas y otros movimientos de izquierda y de extrema izquierda. El Partido Socialista no estuvo hasta la llegada de la democracia. Y yo me identifiqué con el Partido Socialista, pensé que mi familia estaría ahí. Pero en este momento creo que el partido está secuestrado por su Secretario General. Sigo pensando -aunque a Leguina le digan que está equivocado, que ese socialismo ya no existe- que en el Partido Socialista de hoy hay gente que piensa como nosotros, muchos votantes, muchos militantes y mucha gente cercana. ¿Por qué no se manifiestan? Pues sí, es un grave error. Pero tienen sus vidas y sus familias, sus trabajos… es muy difícil arriesgarse, porque lo pagas.

P. Pedro Sánchez no parece un buen enemigo.

R. El problema es que mucha de la gente que lo rodea puede ser incluso peor que él, por hacer gracias a su propio jefe. Pero sigo pensando que hay un partido socialista que puede resucitar de estas cenizas a las que se le está llevando. Porque si no, ¿dónde está el Partido Socialista en Francia? ¿Dónde está en Alemania? ¿Cómo acabó el Partido Socialista en Italia? Y así sucesivamente. Bueno, el mismo Sánchez -que es muy listo, es muy arrogante y atrevido pero tonto no es- hace unos días se confesaba en Barcelona diciendo que eran caminos peligrosos y difíciles, pero que había que seguir. Él es consciente, porque antes de ser presidente opinaba lo mismo que yo, y que muchos socialistas. Pero hizo una confesión hablando de los caminos peligrosos, difíciles, complicados, y sobre cómo no hay otro camino. Eso no es cierto. Porque entonces sobraríamos más de la mitad del país. A lo mejor él piensa que sobramos. Yo creo que todavía existe un socialismo que cumple con todos los requisitos de la democracia. Lo cual no quiere decir que la Constitución no haya que revisarla, de la misma manera que una persona cuando cumple 50 años -y la Constitución va camino de eso-, pues va al médico a hacerse revisiones, porque ya son unos cuantos años.

P. Quería que habláramos, aunque fuera brevemente, sobre un libro que escribiste sobre cine: Fuga del amor (Destino).

R. Para mí el cine es fundamental. El franquismo era tan aburrido que nos ayudó a muchos a ser grandes lectores y grandes cinéfilos. Había resquicios por donde nos podíamos colar. He escrito bastante sobre cine, he hecho crítica de cine, y siempre me interesaron, como poeta, los amores imposibles. Y se me ocurrió hacer este libro que trata de los amores imposibles a través de la historia del cine, desde el cine mudo hasta nuestros días. Me basé en esa frase del Cantar de los Cantares que llevó a fray Luis de León a la cárcel, simplemente por la traducción de un verso, que dice: «el amor tan poderoso como la muerte». Pero alguna gente lo tradujo como «el amor más poderoso que la muerte». Y si el amor es más poderoso que la muerte, uno es inmortal, y por tanto no hay resurrección posible. Entonces, yo quería dilucidar si el amor era tan poderoso como la muerte, o era más poderoso que la muerte, a través de estas películas que tratan de amores imposibles, de circunstancias de la vida que impiden a dos amantes el mantener esa relación a lo largo del tiempo. Elegí más de cien películas, que analizo también desde el pensamiento y la filosofía. Al comienzo del libro hay una cita de Lacan que dice que «el amor es algo que no se tiene, que se entrega a alguien que no existe». No puede haber una mejor definición. Creo que es uno de mis mejores libros. Me costó muchísimo esfuerzo volver a ver y analizar cada una de esas películas; fueron cuatro largos años de gran esfuerzo. También he escrito un libro sobre Zhivago, sobre la novela y sobre la película, y mi poesía está llena de referencias al cine.

P. ¿Has visto la lista de las mejores películas según la revista Sight and Sound?

R. ¿Pero alguien ha visto todas las películas que se han rodado a lo largo de la historia para elegir las 100 mejores? ¿Alguien ha leído todos los libros poder opinar sobre cuáles son los mejores? Es imposible, ni siquiera es posible leer todos los libros de todos los grandes escritores, porque no da tiempo en una vida. Por lo tanto, es una disquisición que siempre me ha molestado, como lo de los libros más vendidos. Debería ser los libros mejor escritos, con un interés cultural, y no de puro entretenimiento. Pero vivimos en el mundo del entretenimiento y entonces la cultura es utilizada muchas veces como puro entretenimiento, no como saber, conocimiento y ayuda para la propia existencia.

P. Y por aprovecharnos de tu erudición, dado que la vida es limitada y no da tiempo a todo, ¿qué libro y novela no podemos perdernos?

R. El Gatopardo es una gran novela, y una de las películas más extraordinarias, con una actuación de Burt Lancaster impresionante, de Alain Delon y Claudia Cardinale. Pero es que habría que hablar de Truffaut, de Godard. Habría que hablar de Ford, de Houston, de Buñuel, de Pasolini.

P. No has nombrado a Fellini.

R. En mis clases ponía algunas películas relacionadas con el periodismo, y La Dolce Vita era fundamental, aunque mis alumnos siempre decían que era demasiado moderna. Fellini es un referente porque además es el que mezcla el docudrama con la ficción, y nunca dejó de ser un periodista. Su filmografía es extraordinaria.

P. ¿Qué es lo mejor que has visto este año?

R. Belfast es una gran película. Y hace unos días vi Elizabeth, esta especie de contra Sissi, que no está mal, aunque la directora se toma muchas libertades. Yo voy permanentemente al cine. En casa tengo una gran filmoteca particular, pero me gusta ir al cine a verlo, es de esos hábitos de los que no puedo prescindir. Pero el COVID nos limitó mucho; impedía también ir a la ópera, al teatro, y ahora poco a poco lo voy retomando. Y en la televisión también ponen películas recientes, aunque mi mundo cinematográfico son los años 60, 70, 80, 90. Y sobre todo el cine europeo. Aunque conozco bien el cine norteamericano, mi mundo es Truffaut,  Godard, Renoir, Rossellini… Cuando era joven también tenía mi arrogancia intelectual y todo eso, pero la he ido perdiendo con el tiempo, porque cuando llegas ya a cierta edad te das cuenta de lo poco que da la vida para leer, para ver cine, para viajar. Todo lo que queda por hacer es una inmensidad.

P. César Antonio, terminamos con la pregunta habitual. ¿A quién te gustaría que invitáramos a pasar por aquí?

R. Podría ser Paco Vázquez, Darío Villanueva, Luis Goytisolo, Emilio Lledó. Hacemos una nueva lista (ríe).

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