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Cultura

'Creatura': la sexualidad femenina y sus tabús

Elena Martín Gimeno narra la historia de una mujer y su relación conflictiva con el sexo en tres momentos significativos

‘Creatura’: la sexualidad femenina y sus tabús

Elena Martín Gimeno durante el rodaje. | Pol Rebaque

Nunca se ha hablado tanto y de forma tan abierta de sexo como en nuestra época. Hay toda una industria alrededor del erotismo: manuales prácticos, artículos en periódicos y revistas, hasta ensayos filosóficos, además de variopintos artilugios para el placer y la autosatisfacción, expertos y terapeutas, novelas, películas, series de televisión, páginas de internet… Pero al final, por mucho que se quiera teorizar y racionalizar, el deseo pertenece al ámbito más personal y se forja con fantasmas íntimos, pulsiones, fantasías, vergüenzas, tabús y transgresiones… De todo esto trata Creatura de Elena Martín Gimeno (Barcelona, 1992), galardonada con el premio a la mejor película europea en la Quincena de Realizadores del pasado Festival de Cannes. 

Creatura narra la historia de una mujer -a la que interpreta en la edad adulta la propia directora- y su relación conflictiva con el sexo en tres momentos significativos: la infancia, la adolescencia y la madurez. Ya adulta, tiene serias dificultades para mantener relaciones sexuales con su pareja y la angustia que eso le genera le provoca una manifestación psicosomática en forma de sarpullidos por todo el cuerpo. Los flashbacks centrados en la infancia y la adolescencia rastrean en esas edades cruciales en la formación de la personalidad el origen del problema.

Cartel de la película. | Avalon

Y es que la sexualidad humana se rige por unos ritos iniciáticos que cine ha reflejado profusamente, casi siempre desde la vivencia masculina. Los americanos, por ejemplo, tienen todo un subgénero dedicado a este tema. ¿Porque qué son las películas de desmadres en el instituto o en la universidad? Pues eso, comedias -y algún drama– sobre ritos de paso hacia la madurez en los que el sexo tiene un papel muy relevante. Vale, la mayoría son tirando a zafias, aunque tienen un indudable valor sociológico e incluso hay unas cuantas que son realmente buenas. Algunas incluso llegan a adquirir valor de emblema generacional (según la edad, cada lector tendrá una en mente; yo crecí con Desmadre a la americana, la de John Landis con John Belushi). Un signo de que los tiempos están cambiando es que este género tan masculino ha empezado a generar sus contrarréplicas femeninas (es muy divertida y recomendable Super empollonas de Olivia Wilde, y está dando mucho que hablar en Estados Unidos Bottoms de Emma Seligman, todavía sin fecha de estreno en España). 

Pues bien, nuestro equivalente de las cintas iniciáticas americanas de high school o college serían las películas de veraneo. Elena Martín juega en este campo, porque Creatura sucede alrededor de una residencia estival en el Ampurdán. Allí veraneaba la niña y adolescente con su familia y allí se instala la mujer con su pareja, porque a él le ha salido un trabajo en un instituto de la zona y ella teletrabaja como diseñadora autónoma. Las relaciones sexuales de la pareja son complicadas porque ella se acaba bloqueando, pese a toda la comprensión y buena disposición de él. Entre tanto, en el pueblo ella se reencuentra con un camarero que en la época adolescente era un chico malote con el que mantuvo una relación. Y ese reencuentro despierta recuerdos y sobre todo pulsiones, deseos inconfesados que se expresan en alguna escena onírica y en una tentativa de juego de rol sexual que a su pareja -un arquetipo de progre buenista nada preparado para digerir estas fantasías salvajes- le incomoda muchísimo. La escena, por cierto, está muy bien resuelta en pantalla, y lo destaco porque es muy fácil patinar y caer en el ridículo. Todo lo que atañe a la protagonista adulta es lo mejor de la película. Hay ambición y osadía al abordar un conflicto íntimo que no es fácil de plasmar en imágenes. 

En cambio, los episodios de la infancia y la adolescencia son más irregulares, porque a veces bordean el didactismo. El bloque de la infancia -que aparece el último, en el tramo final- trata de explicar un complejo de Electra de manual con el padre y el consiguiente rechazo a la madre. Y explora también las primeras sensaciones sexuales de la niña, incómodas para los adultos, que reaccionan violentándose y reprendiéndola. Las huellas de esta represión infantil asoman en el presente, en un par de irregulares escenas confesionales de la protagonista con el padre y con la madre, tratando de cerrar las heridas del pasado. 

Escena de ‘Creatura’. | Avalon

En el bloque de la adolescencia, la chica vive la época de los chats y vídeos por internet, e impulsada por el entorno tantea el peligroso exhibicionismo digital, mientras se lía con un chaval que no sería precisamente un modelo de masculinidad empática. La directora plasma bien la presión de la sexualización temprana y los arquetipos que genera (cuando ella toma la iniciativa de acariciar al chico, él la llama «guarrilla»). Los tanteos carnales adolescentes han dado para montones de películas, casi siempre centradas en la experiencia masculina. Las turbulencias emocionales de esta edad en personajes femeninos han sido abordadas por algunos cineastas como Maurice Pialat (A nuestros amores, que lanzó al estrellato a una jovencísima Sandrine Bonnaire) y Abdellatif Kechiche (La vida de Adèle, que lanzó a otras dos actrices, Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos, y acabó envuelta en la polémica por las quejas de estas por maltrato y por ciertas escenas que algunos consideraron pornográficas). Elena Martín se suma a las no muy abundantes directoras que han retratado los conflictos de la adolescencia desde una perspectiva femenina, entre las que destacan la británica Andrea Arnold con Fish Tank y Sofia Coppola con Las vírgenes suicidas.

Por otra parte, Martín forma parte de un nutrido grupo de directoras surgidas en las dos últimas décadas en Barcelona y alrededores. que son el relevo generacional de Isabel Coixet, la cineasta más importante que ha dado esta ciudad. El empuje de esta nueva generación ha quedado reflejado en la reciente concesión del Premio Nacional de Cinematografía a Carla Simón -que ya venía de ganar el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2022 por Alcarràs-, y el ya mencionado galardón en Cannes a Creatura. Formadas en los mismos centros de estudios audiovisuales barceloneses -la ESCAC y universidades como la Pompeu Fabra- estas cineastas comparten temáticas y rasgos de estilo. Sus películas tienden a ser intimistas y realistas, y se nutren de lo autobiográfico: relaciones familiares, coming of age, despertar del deseo…

Escena de ‘Creatura’. | Avalon

Elena Martín debutó en el cine como una de las jovencísimas actrices del título que anunció la llegada de esta nueva generación: Las amigas de Ágata. Era un trabajo de fin de grado de Comunicación Audiovisual de la Universidad Pompeu Fabra, codirigido en 2015 por las alumnas Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen, que se convirtió en un pequeño fenómeno al conseguir cierto recorrido en festivales y salas comerciales. Después, Martín saltó a la dirección con Júlia Ist, rodada en 2017 en Berlín y que contaba las andanzas de una veinteañera en viaje de Erasmus, interpretada por ella misma. En su segundo largometraje, Creatura ha contado como coguionista con Clara Roquet, realizadora a su vez de Libertad, sobre otro veraneo familiar y protagonizada por dos chicas adolescentes.

Más allá de sus méritos cinematográficos y de algunas carencias, Creatura es relevante porque se adentra con osadía en un tema que ha dejado de ser tabú: el deseo femenino.

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