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Cultura

Réquiem por tres hispanistas

Jean Cannavaggio, Edith Grossman y Gudbergur Bergsson, fallecidos este verano, coincidían en su pasión por Cervantes

Réquiem por tres hispanistas

Molinos en Campo de Criptana. | Europa Press

Entre el ruido y la furia de la política nacional en las últimas semanas, en medio de esa interminable exhibición de imposturas, mediocridad y puro gamberrismo han pasado casi desapercibidos los recientes fallecimientos de tres grandes hispanistas y traductores que consagraron sus vidas a dar a conocer la cultura española fuera del patio de Monipodio peninsular.

Como si se tratase de una fatídica maldición murieron en sucesión entre finales de agosto y comienzos de este mes el cervantista francés Jean Canavaggio, responsable de la edición canónica del Quijote en la colección francesa de clásicos de la Pléiade; la norteamericana Edith Grossman, cuya traducción al inglés de la obra cumbre de Cervantes fue elogiada por el crítico Harold Bloom «por la extraordinaria calidad de su prosa»; y el escritor y traductor islandés Gudbergur Bergsson, autor de las versiones del Lazarillo y de las andanzas del ingenioso hidalgo de la Mancha, entre otras muchas obras de autores españoles y latinoamericanos.

Jean Canavaggio, probablemente el mayor cervantista francés de su tiempo, en la estela de gigantes del hispanismo como Marcel Bataillon, nació en 1936 y se educó en la Escuela Normal Superior, vivero de la élite intelectual francesa. Era profesor emérito de la Universidad de Nanterre y fue director de la Casa de Velázquez de Madrid entre 1996 y 2001. Su pasión por Cervantes surgió, según confesó en una reciente entrevista con Marc Bassets, corresponsal de El País en París, «tras leer un tebeo de Don Quijote cuando era niño» y adquirió lo que él llamaba el «virus español» durante su primera visita a España en los años cincuenta: «Cruzamos Castilla en coche. Era la España de Unamuno y Azorín».

Jean Canavaggio

Canavaggio combinaba el rigor y la ironía y entre su obra destacan el Diccionario Cervantes y una espléndida biografía del autor del Quijote, en la que recupera la existencia del veterano de Lepanto y cautivo en Argel más allá de las estampas consagradas por la posteridad, separando el mito, la leyenda y lo fabuloso de lo cierto y verosímil y descubriendo al escritor en su medio y en su época, «actor oscuro de una aventura heroica, testigo lúcido luego de un tiempo de dudas y de crisis», como escribe en el prólogo a la edición española de la biografía publicada por Espasa Calpe en 1987.

«Descubrir una vida es también construirla; hacer revivir a un muerto es fijarlo para la eternidad»

Jean Canavaggio

De la solidez y profundidad de su búsqueda del escritor dan idea las últimas palabras de esa misma introducción: «Descubrir una vida es también construirla; hacer revivir a un muerto es fijarlo para la eternidad. El personaje que buscamos no se reduce ni al individuo que conocieron sus allegados, ni al ‘raro inventor’ cuya efigie esculpió el mismo, ni a la sucesión de mitos (…) que suscitó desde su muerte (…) Más allá de esas máscaras, cada una de las cuales tiene su parte de verdad, para nosotros está ante todo el perfil perdido que prestamos al narrador secreto disimulado tras sus dobles: ese ausente tan presente cuya voz sólo a él pertenece y que nosotros reconocemos cada vez entre otras mil».

En la entrevista citada Canavaggio afirma que «los españoles quizá se están desquijotizando», pues ya nadie está dispuesto a pelear contra molinos de viento. Él, que se identificaba más con Cervantes que con don Quijote, sí, y en octubre de 2017, firmó junto con otros hispanistas como John H. Elliott –fallecido el año pasado- un manifiesto en Le Monde en defensa de la Constitución española, el Estado de derecho y la democracia frente al procés. Meses después una conferencia suya en la Universidad de Barcelona organizada por la Societat Civil Catalana fue boicoteada al grito de «¡Fuera fascistas de la universidad!», en cierta forma una manera bárbara y castiza de actualizar el viejo y  primitivo dicho de «¿Quién le ha dado vela en nuestro entierro?»

De la traducción del Quijote de Edith Grossman, publicada por HarperCollins en 2003, un empeño que le había llevado dos años de trabajo, The New York Times escribió: «Se lee con la misma facilidad que a Phillip Roth (…) esta es la verdadera maestría, que lo contemporáneo y lo original coexistan».  Nacida en Filadelfia en 1936, Grossman visitó España en 1962 con una beca Fulbright y se convirtió en la principal traductora del boom latinoamericano: Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, Vargas Llosa y Gabriel García Márquez de quien tradujo El amor en tiempos del cólera y con quien trabaría una gran amistad. «Eres mi voz en inglés», llegó a decirle el Nobel colombiano. También se ocupó de autores españoles contemporáneos como Carmen Laforet o Antonio Muñoz Molina y superó con éxito una de las pruebas más difíciles del idioma como traducir las Soledades de Góngora.

Edith Grossman

Grossman concebía la traducción como un arte, un acto creativo desarrollado en armonía con el autor, semejante al actor que interpreta los versos de un drama, «un puente vivo entre dos ámbitos de experiencia y dos conjuntos de lectores». En 2010 vertió su experiencia profesional en el libro Por qué la traducción importa y fue una de las primeras en exigir que el nombre del traductor apareciera en la cubierta de los libros junto al del autor, como ocurre en su versión del Quijote, algo a lo que eran reacias las editoriales.

«Traducir era y sigue siendo, para mí, un problema personal: el arte de saber olvidar mis costumbres para encontrarme en el texto del Otro»

Gudbergur Bergsson

Gudbergur Bergsson, nacido en 1932, comenzó como marino, estudió magisterio, trabajó en diversas ocupaciones y en 1956 se trasladó a Barcelona donde estudió lengua y literatura española y entabló amistad con Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Jaime Gil de Biedma y Jaime Salinas. Se inició en la traducción a comienzos de los sesenta con el Lazarillo de Tormes, un trabajo que le llevó años, en los que visitó todas las localizaciones de la novela, y Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Años más tarde seguirían las traducciones del Quijote, Borges, Lorca, García Márquez, Eduardo Mendoza, entre otros autores, al tiempo que desarrollaba una carrera como novelista, convirtiéndose en un escritor fundamental de la literatura nórdica. Varias de sus obras han sido publicadas en español por Alfaguara y Tusquets.

Gudbergur Bergsson

En una conferencia pronunciada en España en 2005 definió así su visión de la labor de un traductor: «Traducir una obra literaria, sea una novela o un poema, no es un ejercicio puramente técnico, no es algo sencillo que se puede aprender a base de estudiar y conocer lenguas extranjeras. No es únicamente llevar a cabo una nueva versión de una novela o un poema en otra lengua sin traicionar la versión original. Traducir es mucho más el resultado de haber encontrado una parte oculta de uno mismo, su otro yo, de haberlo encontrado en otra lengua y luego conseguir convivir con su doble encontrado hasta el fin de la traducción. Traducir es el encuentro con el otro yo en el universo de una novela o poema escrito en lengua extranjera (…) Traducir era y sigue siendo, para mí, un problema personal: el arte de saber olvidar mis costumbres para encontrarme en el texto del Otro».

Y en una entrevista realizada en 2012, preguntado por el estado de nuestras letras, hacía un comentario que no debería caer en saco roto: «Falta mucho humor en la literatura española y también en los medios de comunicación. Los españoles han perdido un poco su personalidad en el lenguaje, debido a su enorme gusto por lo gracioso. Una cosa es ser gracioso y otra tener sentido del humor; Cervantes tiene sentido del humor».

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