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Cultura

Cancelar a Camus, segundo intento

‘Olvidar a Camus’, de Oliver Gloag, es otro empeño de la fanática mojigateria actual de lapidar al intelectual francés

Cancelar a Camus, segundo intento

Albert Camus.

Era cuestión de tiempo que al bueno de Albert Camus le llegara el turno de ser quemado en la plaza pública. Si Martin Heidegger se atrevió a titular uno de sus textos más célebres con el no menos célebre verso de Hölderlin «¿Para qué poetas en tiempos de penuria?», hoy nosotros podríamos encabezar una aproximación a nuestra época con el membrete de «¿para qué pensadores honestos en tiempos de banalidad?». No es en absoluto casual que, so pretexto, según declara Oliver Gloag, autor del libro Olvidar a Camus, de «enriquecer su lectura» (sic), le pongan las manos encima al escritor francés quienes no aspiran a otra cosa que a la promoción personal a través de los réditos mediáticos que les otorga la parasitación moralista de un gran intelectual.

Camus es, en efecto, una pieza de caza mayor en tiempos de cancelación y penuria intelectual: ¿qué otro pensador goza de mayor prestigio moral? Como no podía ser de otra forma, el origen de todo el embrollo viene de Estados Unidos y, más concretamente, de uno de esos campus universitarios en los que la mejor forma de medrar consiste, al parecer, en abrazar los dictados de la llamada la cultura de la cancelación, cuyas metodologías, según hemos ido comprobando a lo largo de estos años, nada tienen que ver con la refutación argumental, sino con una rígida moralina de parvulario que se proyecta sobre la vida personal de los perseguidos. En este caso, el perpetrador del engendro, a falta de cualquier solvencia reconocible en el mundo del pensamiento (es profesor de francés y estudios francófonos), ha de incurrir, como no podía ser de otra forma, en los recursos habituales de la cultura de la cancelación, acusando al pensador de francés de dos de los anatemas por antonomasia del moderno puritanismo: machismo y mentalidad colonial.

Carece, por tanto, de importancia que Camus, tras su polémica con Sartre y su cuadrilla de subalternos y su valiente oposición al comunismo cuando la mayoría de los intelectuales europeos se persignaban ante él, se convirtiera en el paradigma de intelectual libre e independiente. Resulta asimismo irrelevante el peso de una obra que cuenta con títulos tan eminentes en la literatura del siglo XX como las novelas El extranjero y La peste, Calígula en teatro o los ya clásicos del ensayo filosófico El mito de Sísifo y El hombre rebelde. Fue precisamente la que ocasionó su ruptura definitiva con los lacayos del estalinismo, es decir, con casi toda la izquierda de su época, y su consiguiente lapidación en el espacio público. Es decir, mucho antes que Gloag (apellido éste cuya fonética remite a algo de difícil deglución), la izquierda de su época ya intentó cancelar a Camus.

Pero es que además el ensayo del profesor norteamericano es un todo prodigio de ineptitud investigadora. Plantea, por ejemplo, la conveniencia de interpretar La peste, escrita durante II Guerra Mundial, no como una alegoría de la ocupación nazi, sino, atención, de «la resistencia del pueblo argelino a la ocupación francesa … que se asimila a una enfermedad mortal desde el punto de vista de los colonos». Ahora bien, la guerra de Argelia se inicia al menos diez años después de la publicación de La peste, con lo que Camus, más que una defensa de colonialismo, habría conseguido una genial profecía.

Por supuesto, de todo esto no debería deducirse que la obra de Albert Camus, como la de cualquier otro pensador medianamente solvente, debería estar blindada a la crítica. Más bien todo lo contrario. De hecho, quien esto escribe publicó hace ya algunos años en El País una semblanza del gran pensador francés en la que, a la luz de los atentados islamistas de Niza de 2016, señalaba uno de los aspectos más problemáticos de su pensamiento: la tendencia a proyectar un aura de coherencia moral e, incluso, de heroísmo sobre aquellos terroristas que se inmolan a sí mismos en el curso de su acción.

Albert Camus, 1957. | Wikimedia Commons

«Tanto Camus como Orwell, Chaves Nogales o Tony Judd ejemplifican la posibilidad una izquierda seria, honesta y liberal»

Pero hay otros aspectos igualmente discutibles en su pensamiento: la ingenua idealización del anarquismo como esperanza por antonomasia de una izquierda moral o sus ensoñaciones fantásticas sobre sindicalismo español en la Guerra Civil. Ahora bien, ¿afecta ello al peso como intelectual de Camus y su insoslayable compromiso con la verdad?: «Si la verdad fuera de derechas» -– declara provocadoramente en la prensa en plena polémica con las cohortes de izquierdas– «yo sería de derechas». Por eso, tal vez lo más interesante de esta apelación a olvidar a Camus sea que nos lleva a preguntarnos: ¿por qué precisamente Camus? ¿Y por qué ahora? 

La primera razón, a nuestro entender, es la que ya hemos apuntado más arriba: cuánto mayor sea la altura moral de la escultura a derribar mayor será la repercusión pública y, por tanto, las oportunidades subsecuentes de promoción personal. La segunda se derivaría del hecho de que su figura humana, demasiado humana vuelve a resultar incómoda, toda vez que abre un gravoso contraste entre lo que significa ser un verdadero moralista al estilo de la gran tradición francesa que nace con Pascal y culmina en el siglo XVIII, es decir, alguien que analiza, más para comprender que para juzgar, las conductas humanas en toda su complejidad y la mojigatería fanática y naif que predomina nuestros días.

La tercera razón es claramente política. Tanto Camus como otras figuras que se le asemejan (George Orwell, nuestro Chaves Nogales, el no por casualidad olvidado Tony Judd…) ejemplifican la posibilidad una izquierda seria, honesta y liberal que apenas guarda relación con lo que se presenta con tal nombre en nuestra esfera política. Así, mientras el pensador francés se preocupaba de cuestiones como la igualdad y justicia social, nuestra izquierda de Instagram se quema en la hoguera de las vanidades de unas presuntas identidades narcisistas incompatibles, por definición, con las demás. Allí donde Camus exhibe un ardiente amor por su patria, nuestra izquierda tan sólo considera legítimas las ensoñaciones que defienden unas élites estrictamente racistas e insolidarias que aspiran a romper en su propio beneficio el espacio común de la convivencia.

Albert Camus, 1945. | Wikimedia Commons

Y, sí, frente a la lucha por la libertad de amar en una sociedad tradicional e hipócrita con todas sus complicaciones y angustias (de ahí la boba acusación de machismo), la mojiganga progresista vuelve a llevarnos a las rígidas costuras de una moral que recuerda la franquista. Sea como fuere, tampoco hemos de preocuparnos demasiado: aunque se hayan dispuesto las condiciones para abrir el tiro al blanco sobre el gran moralista, nos atrevemos a aventurar que la victoria, una vez más, volverá a ser suya.

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