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Cultura

Ludwig Pollak: la novela de un arqueólogo

Hans von Trotha relata la peripecia del brazo perdido de Laocoonte y el trágico final de su descubridor en Auschwitz

Ludwig Pollak: la novela de un arqueólogo

Laocoonte y sus hijos. | Wikimedia commons

En 1506, en un viñedo de la colina del Esquilino de Roma, donde había estado la Domus Aurea de Nerón, se descubrió una de las esculturas más importantes de la Antigüedad tardía: Laocoonte y sus hijos. Se sabía de su existencia porque Plinio el Viejo hablaba de ella en alguno de sus escritos, pero se daba por perdida. El hallazgo fue un acontecimiento tan relevante que llamaron al mismísimo Miguel Ángel para que certificara su autenticidad. Quedó tan admirado por la majestuosidad de la pieza que aconsejó a su mecenas, el papa Julio II, que la comprara. Por eso hoy puede contemplarse en los Museos Vaticanos, aunque pasó una temporada en el Louvre, cuando Napoleón se la llevó como botín de guerra, pero después los franceses la devolvieron.

A la escultura le faltaban algunos fragmentos, el más importante de los cuales era el brazo derecho de Laocoonte. La historia de este brazo perdido es larga y desemboca en una tienda de anticuario de la romana vía Labicana, donde el marchante y arqueólogo Ludwig Pollak (1868-1943) lo encontró en 1906 y decidió ofrecerlo como obsequio al Vaticano. La vida de este personaje se reconstruye en la novela El brazo de Pollak de Hans von Trotha, que acaba de publicar en español Periférica.

En el libro, el anciano arqueólogo, que llevaba casi medio siglo residiendo en Roma, recibe en octubre de 1943 la visita de un emisario del Vaticano, que lo conmina a acompañarlo hasta allí, donde podrán protegerlo de los nazis que han tomado la ciudad y están deteniendo a judíos como él para deportarlos. Pollak se resiste a marcharse y durante una larga noche rememora su vida. Esta evocación ante K., el alemán enviado por el Vaticano, es un recurso ficticio del autor, pero todo lo que cuenta Pollak es veraz y parte de sus propias palabras, rescatadas de su correspondencia y sus diarios.

Hans von Trotha se ha documentado a fondo para escribir esta novela breve que rescata del olvido a un personaje fascinante cuyo destino fue trágico: él, su esposa y sus dos hijos fueron deportados a Auschwitz junto a un millar de judíos romanos, y ninguno de los miembros de la familia sobrevivió. En realidad, Pollak no quiso aceptar la protección del Vaticano -que le tenía en alta estima por el obsequio del brazo del Laocoonte y otras piezas- porque consideró ingenuamente que, dada su avanzada edad, los nazis no se interesarían por él y lo dejarían en paz. Pero se equivocó.

Ludwig Pollak había nacido en Praga y se había educado en Viena. Su condición de judío entorpeció su carrera académica, pero eso no le impidió dedicarse a la arqueología y llegó a ser director del Museo Baracco de Escultura Antigua de Roma. Actuaba también como marchante y como consejero de millonarios compradores de arte como el banquero americano J. P Morgan y el filántropo y dueño de un imperio cervecero Carl Jacobsen (hijo del creador de la marca Carlsberg).

Miguel Ángel tenía razón

Su aportación más relevante a la historia de la arqueología fue el hallazgo del brazo perdido de Laocoonte, que permitió deshacer una histórica confusión que se prolongó durante siglos. El papa decidió reconstruir los fragmentos que faltaban en la estatua y esto generó un encendido debate sobre cuál era la posición del brazo. La mayoría de eruditos consideraba que debía estar estirado, en una actitud heroica, pero Miguel Ángel, experto en anatomía, defendió que, debido a la posición del pecho y el hombro y la tensión de los músculos, el brazo original sin duda estaba doblado sobre sí mismo. La discusión no era baladí: el brazo extendido significaba una postura épica; por el contrario, el brazo plegado era una representación del dolor y la desolación, del pathos acorde con el rostro sufriente de Laocoonte.

Este personaje aparece en la Eneida de Virgilio. Era un sacerdote del templo de Apolo, que, durante la guerra de Troya, quiso advertir a los troyanos del engaño del famoso caballo. En castigo, la diosa Atenea -que jugaba en el equipo de los griegos- lo castigó mandando por la playa a dos serpientes que los atacaron a él y a sus dos hijos.

Evidentemente era Miguel Ángel quien tenía razón en cuanto a la posición del brazo original. Pero no le hicieron ni caso y se optó por un épico brazo estirado que se colocó en 1532. En la época no había redes sociales, pero aun así se montó una polémica campanuda: Tiziano, horrorizado con la reconstrucción del dichoso brazo, hizo un dibujo caricaturesco en el que Laocoonte y sus dos hijos aparecían como simios.

El hallazgo del brazo original permitió restituir todo su esplendor a la imponente escultura. La exquisita novela de Hans von Trotha reconstruye la peripecia del brazo perdido de Laocoonte y el trágico destino de su descubridor, Ludwig Pollak.

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