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Criminales, vagos, putas y locos

Juanma Agulles publica un ensayo sobre sus experiencias trabajando en un albergue para personas sin hogar

Criminales, vagos, putas y locos

El sociólogo y escritor Juanma Agulles. | Universidad de La Rioja

«Vengan a mí los que estén cansados y afligidos y yo los haré descansar. Lleven mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y de corazón humilde». En el evangelio según San Mateo, se dice que Jesús pronunció estas palabras. Un guion que muchos conocen hoy más por Hollywood que por una lectura profusa de la Biblia. Creo que yo la saqué de una peli de Mel Gibson. Sea como fuere, la valorización de la pobreza, incluso su santificación, ha sido una herencia directa del cristianismo. Un ideal que, con el paso de los siglos, hemos ido precarizando hasta convertir al pobre en un paria, en un despojo, en eso que los norteamericanos llaman nada cariñosamente: «un perdedor».

Quizás sea porque hemos erguido una plutocracia, o porque nuestra lectura de las personas se ha reducido a una lectura superficial, centrada exclusivamente en la sencillez de una portada hediente y una mirada triste o enfermiza, y no en el relato que la alumbra. Desde luego, no hay un solo motivo -qué monótona sería la vida si hubiese respuestas claras para todo-, pero Juanma Agulles ha parido un libro en el que apunta a unos cuantos.

Con el morboso título de Vagabundias: criminales, vagos, putas y locos (Pepitas de Calabaza) que bien podría ser el de un relato de Bukowski o el de un poema de El Ángel, el sociólogo bucea en las historias de algunos de los protagonistas más destacados de sus 14 años de trabajo en un albergue para personas sin hogar. Agulles consigue así un libro agónicamente real. Aunque sean muchas las páginas que dedica a la reflexión ensayística -de corte en exceso académica para mi gusto-, no son menos las que versan sobre los derroteros vitales de pobres diablos y diablas, con pejigueras tan concretas, que sólo pueden ser producto de la vivencia. La ficción no tiene tanta puntería.

Dividido en 6 partes, la obra se encama con lo que hoy llamaríamos tags, pero que de toda la vida han sido categorías de estudio. A saber; parásitos, criminales, vagos, locos, terroristas y putas. Sin ser, lo advierto ya, realmente impermeables las unas dentro de las otras. En este libro, no es el parásito menos vago o loco de lo que puede serlo el criminal o la puta. A fin de organizarse, sin embargo, entiendo porque Agulles se ha decantado por capitalizar una de las características de sus… ¿personajes? ¿Sujetos de estudio? Una mezcla de ambas supongo. Beber de la realidad adulterada por el paso del tiempo en la carpeta de la memoria (el autor admite que esa es su principal fuente), invoca un sesgo subjetivo que convierte a los que pespuntean este libro tanto en personajes, tal vez muy reales, como en objetos de análisis, quizás algo ficticios.

El autor descarga el anecdotario con la experiencia del señor K, del que sólo desvelare sus ansias de suicidio lento con la bebida (una versión más realista de lo que conocimos en Leaving Las Vegas, de John O’Brien, no digamos ya en la versión llevada al cine y encarnada por Nicolas Cage), y una muy desagradable herida. Dos, mejor dicho. La de una tragedia que no le permite enterrar la culpa, y la herida en carne viva de un costado, a la que de la inanición y el alcoholismo le salen incluso coleantes gusanos.

Luego salta, reflexiones mediante, a la vida del señor London. Un tipo peligroso, taleguero, aunque de buenas formas y educado, que suele ser el mejor indicio de psicopatía. Pero, nada de eso… El señor London, como muchos de los que transitaban el albergue donde trabajó Agulles, era víctima de una circunstancia. Conductor, sólo en parte, del vagón que lo precipitó a la indigencia. Como lo son el señor Hyde, quien pilota el apartado sobre los locos, o la señora Bovary, la categoría de las putas…

A quienes nos ha interesado el margen sucio de este relato al que llamamos vida, las historias que cuenta Agulles no se nos presentan nuevas. Quiero decir, que el sociólogo no está descubriendo las Américas de la degradación y la ruina, pero creo que lo ha hecho en un momento tan necesario, que es como si lo hiciera. Y digo esto porque, salpicada nuestra cotidianidad de incesantes victimismos del plano acomodado, llevando a la máxima expresión las corrupciones de lo importante por visibilizar nimiedades que son anécdotas, un libro que versa sobre los apátridas, sobre esos «olvidados» que retrató Buñuel en su película de los 50, devuelve la brújula a su caudal.

Todo ello, contando además con que, seguramente, lo más envidiable de Vagabundias sea la capacidad de su autor para ligar estas experiencias reales con sus muchas lecturas, y con sus acertadas metáforas que logran galvanizar una poética de la angustia, tan asfixiante como bella, alrededor de los límites de la razón.

Trotamundos, abigarrados hobos sin mayor patria que el pozo hacía el que los atrae el magnetismo de la mala suerte, son los protagonistas de este ensayo. De este híbrido que podría ser, en ocasiones, novela de no-ficción. Una misiva clara, a ratos emocionante, casi siempre desesperanzadora, contra la banalización, la infantilización y la criminalización del desamparado.

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