¿Matar al padre? Rupturas en la monarquía española
En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
Las memorias del rey Juan Carlos están a punto de ser publicadas en España. Sabemos por la edición francesa que habla de la relación con Felipe VI, reconociendo que su hijo le «dio la espalda» porque era su obligación. En 2017, Felipe VI decidió apartar a su padre de la celebración por los cuarenta años de las elecciones democráticas. Fue una decisión cargada de simbolismo político para marcar el comienzo de un reinado distinto, menos centrado en la figura del monarca como lo fue el juancarlismo, y alejado de los escándalos judiciales y personales que han afectado la imagen de los Borbones.
A partir de ahí, la relación se estancó. Juan Carlos recuerda en sus memorias, todavía inéditas en España, que encontró a su hijo «amurallado en un silencio de malentendidos y de dolor». Pese a estas tensiones, Juan Carlos I describe a Felipe VI como «el heredero mejor preparado de Europa» y confía en poder restablecer las relaciones con él. Revela, además, que cuando Felipe VI le retiró su asignación anual, le advirtió que había heredado un sistema político que había forjado él, y que podía excluirlo en lo personal y financiero, pero que no podía rechazar la «herencia institucional» sobre la que reposa. Esa era la clave. Juan Carlos confiesa que abdicó para no obstaculizar «el buen funcionamiento de la Corona, ni poner trabas a mi hijo en el ejercicio de sus deberes como rey». Este episodio entre padre e hijo no es un hecho aislado en nuestra historia. Se ha repetido muchas veces en los últimos doscientos años, desde Carlos IV con Fernando VII hasta el día de hoy. Empezamos en sentido inverso.
Don Juan de Borbón, el padre de Juan Carlos, intentó restaurar la monarquía sin enfrentarse directamente a Franco, aunque rechazaba el franquismo y sus instituciones. Por su parte, Juan Carlos se integró en el marco legal del régimen. Estas posturas divergentes generaron una desconfianza mutua que se mantuvo hasta casi el final de sus vidas.
Franco conocía esas diferencias, y fomentó la rivalidad entre padre e hijo usando la Ley de Sucesión de 1947, que le otorgaba el poder de designar al restaurador de la monarquía. Cada vez que Don Juan se oponía al franquismo, el régimen lanzaba campañas para desacreditar su vida privada y pública, sus relaciones y aspiraciones, mientras Juan Carlos evitaba intervenir.
El matrimonio de Juan Carlos con Sofía de Grecia en 1962 agravó la distancia entre padre e hijo, ya que la princesa congenió rápidamente con Franco. Mientras Don Juan se acercaba a la oposición, la Junta Democrática liderada por el PCE, que pedía una ruptura revolucionaria en España, Juan Carlos cumplía con su papel dentro del régimen. En ese tiempo, los intentos de los juanistas por acercarse al príncipe fueron rechazados.
Desde 1965, la sucesión parecía clara. Juan Carlos presidió junto a Franco el desfile militar de ese año, no asistió al homenaje a Alfonso XIII en Estoril en 1966, y en 1967 declaró en Estados Unidos que sucedería a Franco respetando los principios del Movimiento Nacional. La ruptura familiar era tan evidente que sorprendió la presencia de Don Juan en el bautizo de sus nietos.
El 12 de julio de 1969, Franco comunicó a Juan Carlos su decisión de nombrarlo sucesor ignorando la línea dinástica, que caía en Don Juan. El príncipe aceptó y escribió a su padre que lo hacía para salvar la monarquía. Don Juan respondió: «No has salvado nada. ¿Quieres salvar una monarquía franquista?». El 23 de julio de 1969, Juan Carlos juró lealtad a Franco, a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales.
Don Juan se molestó, pero no actuó contra su hijo. Aun así, el Gobierno le prohibió entrar en España el 14 de junio de 1975, y envió al general Díez-Alegría para comunicarle que el Ejército apoyaba a Juan Carlos. Ya en plena Transición, el Gobierno de Adolfo Suárez organizó una ceremonia discreta de abdicación para el 14 de mayo de 1977. Desde entonces, la relación entre padre e hijo fue correcta, sin mayor cercanía.
Damos un salto al siglo XIX. La legitimidad de Alfonso de Borbón nunca fue cuestionada por los españoles de su época: era hijo de Isabel II y eso era suficiente, aunque se supiera que el padre no era el rey consorte. Todo el mundo sabía que el matrimonio entre Isabel II y su primo Francisco de Asís, celebrado en octubre de 1846, se rompió pocos meses después. Nunca se entendieron; de hecho, se odiaban, al punto de que Francisco intentó varios golpes de Estado contra la reina, quien lo recluyó en El Pardo con ayuda del general Narváez. Alfonso era apodado «puigmoltejo» por los rumores que lo atribuían al capitán Enrique Puigmoltó. A pesar de todo, Isabel II sentía una profunda devoción por su hijo, nacido en 1857, incluso más que por sus hijas.
Es conocido que la revolución de 1868 destronó a los Borbones, y que lo cambió todo en la Familia Real. Los partidarios de Isabel II intentaron frenar el cambio dinástico mediante la abdicación de la reina en su hijo Alfonso. Isabel convocó en París a sus leales para consultar sobre su abdicación. Cánovas respondió por carta el 10 de julio de 1869, sugiriendo que la dinastía se beneficiaría si la representaba un príncipe nuevo, ajeno a los conflictos recientes. Convencida, Isabel abdicó el 25 de junio de 1870 en su hijo Alfonso, a quien proporcionó una educación superior a la suya, bajo la tutela del marqués de Alcañices. No sirvió, y los revolucionarios eligieron a los Saboya en la persona del príncipe Amadeo. A partir de entonces, Isabel II confió en una restauración por aclamación o golpe militar.
El pronunciamiento del general Martínez Campos y la retirada de Serrano, presidente de la República, facilitaron la Restauración borbónica. Alfonso XII fue recibido con entusiasmo en su camino hacia Madrid. Sin embargo, el joven rey consideraba que su madre no debía regresar aún a España. Quería mostrar que comenzaba un nuevo reinado, sin los errores del pasado, y prohibió a su madre la entrada al país.
Cánovas, ya presidente del Gobierno, envió a Molins como embajador en París para evitar el regreso de la Familia Real, vigilar a Isabel y contrarrestar la influencia de su entorno. El Gobierno autorizó solo el retorno de la infanta Isabel, princesa de Asturias, para asegurar la sucesión. Isabel II se enfureció y quiso revisar su abdicación para ser nombrada regente si Alfonso XII fallecía. Cánovas le explicó que eso era imposible, ya que el acto de abdicación era firme. Isabel, indignada, destruyó el acta original en noviembre de 1875, por lo que solo se conservan copias.
La intención de Alfonso XII y Cánovas era mantener a Isabel II en el ostracismo hasta que fuera políticamente conveniente. El 12 de abril de 1876, el gobierno envió una carta al Palacio de Castilla, residencia de la reina, autorizando su regreso. A finales de julio, Isabel partió de París con sus hijas Eulalia, Paz y Pilar. En San Juan de Luz escucharon por primera vez desde 1868 la Marcha Real. Esa noche, según las memorias de Paz de Borbón, «mamá pudo dominar su emoción hasta entrar en su camarote, y allí se echó a llorar».
El príncipe Fernando de Borbón, el que fuera llamado «El Deseado», era un hombre desconfiado, egoísta y manipulador. Formó en la corte un partido fernandino con los opositores a Godoy, incluyendo nobles y el viejo partido aragonés del conde de Aranda, desplazado por Carlos IV. El primer intento de derrocar a su padre fue en noviembre de 1807, en la llamada «conspiración de El Escorial», una maniobra torpe para tomar el poder.
Fernando planeó entonces un golpe de Estado que combinara apoyo militar con movilización popular al estilo de la Revolución Francesa. Mientras atacaba a Godoy, difundía libelos, caricaturas y canciones que ridiculizaban a su madre y mostraban a su padre como cómplice. Además, organizó una red de agitadores dirigida por el conde de Montijo, conocido como «Tío Pedro».
Ante un ambiente hostil, la Familia Real, junto a Godoy, se refugió en Aranjuez. El primer motín ocurrió la noche del 17 al 18 de marzo de 1808. La Guardia Real se pronunció, bien pagada por el Tío Pedro, y los alborotadores tomaron las calles, llegaron a Madrid y asaltaron el palacio de Godoy. Carlos IV, temeroso, cesó a su ministro. Al día siguiente, cuando ordenó trasladar a Godoy a Granada, se produjo el segundo motín en Aranjuez. Carlos IV, intimidado, abdicó en su hijo Fernando.
Fernando VII entró en Madrid el 24 de marzo de 1808 con gran entusiasmo. Anuló las disposiciones de Godoy y concedió una amnistía que benefició a figuras como Jovellanos, Cabarrús y Urquijo, marcando así su diferencia con el reinado anterior.
El 10 de abril, Fernando VII salió de Madrid para reunirse con Napoleón, quien, según Murat, quería restaurar a Carlos IV. La Familia Real, Godoy y los Bonaparte se encontraron en Bayona el 30 de abril. Las escenas de reproches fueron bochornosas. Carlos IV exigió a Fernando la devolución de sus derechos para cederlos a Napoleón a cambio de recibir asilo y una renta. Fernando aceptó, aunque pidió que la renuncia se hiciera en Madrid. Finalmente, accedió a las condiciones y se retiró al Palacio de Valençay. El 5 de mayo, un día antes de las abdicaciones que hicieron rey a José Bonaparte, ordenó a sus agentes iniciar la insurrección en España —aunque ya había comenzado el Dos de Mayo— y convocar a las Cortes.
Durante la Guerra de la Independencia, nadie reivindicó a Carlos IV, quien recibió una pensión generosa de Napoleón durante el conflicto. En 1815, la familia llegó a un acuerdo: Fernando VII asignó una pensión a su padre con la condición de que no saliera de Italia ni reclamara la Corona española. Así concluyó una de las rupturas más crudas entre monarcas españoles.
Estas historias, separadas por siglos, comparten un mismo hilo: el poder heredado no siempre se transmite con armonía. En la monarquía española, la sucesión ha sido muchas veces una batalla simbólica entre generaciones. Padres e hijos enfrentados por el trono, por la legitimidad, por el rumbo de una nación. Porque en la historia de los Borbones, «matar al padre» ha sido más que una metáfora: ha sido a veces una necesidad para mantener la monarquía.
[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]
