The Objective
Historia canalla

La mentira francesa y La Nueve: París, 1944

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

La mentira francesa y La Nueve: París, 1944

Ilustración de Alejandra Svriz.

La liberación de Francia fue un proceso complejo en el que el protagonismo extranjero, especialmente el español, fue deliberadamente ocultado. Durante décadas, la liberación de Francia en 1944 se ha contado como un triunfo exclusivo de la Resistencia del gaullismo y el comunismo. Es falso. Ni la Resistencia supuso el gran problema para la ocupación nazi de Francia, ni fueron solo franceses los que liberaron el país. Se ha ocultado la intervención no solo de las grandes potencias, sino el papel decisivo de los combatientes extranjeros. Entre ellos sobresalieron los republicanos españoles de la compañía conocida como La Nueve, integrada en la 2ª División Blindada del general Leclerc. Aquellos hombres se exiliaron tras la Guerra Civil, y fueron los primeros en entrar en París el 24 de agosto de 1944. Conducían blindados que llevaban nombres de batallas españolas. Sin embargo, su protagonismo fue borrado por la propaganda francesa, que prefirió levantar el mito de una resistencia nacional unida y heroica.

La derrota francesa fue consecuencia de una profunda decadencia política, social e intelectual previa a la invasión nazi. El historiador Marc Bloch se equivocó al señalar al ejército como único culpable de la capitulación francesa. Aquel intelectual judío, que entregó su vida contra el nazismo, plasmó en La extraña derrota (1940) su propia perplejidad, quizás cegado por la inmediatez del desastre. La realidad es que la sociedad gala había dado la espalda a la democracia, seducida por el comunismo y el nacionalismo excluyente. Como denunció Julien Benda ya en 1926, existía una intelectualidad traidora y un alto mando militar anclado en estrategias del pasado. Chaves Nogales, testigo español de la caída, relató con asombro en su libro La agonía de Francia, de 1941, la decadencia de un pueblo que se agolpaba en las terrazas de los bulevares para contemplar, con pasividad, el desfile nazi por París en aquel vergonzoso junio.

La rendición francesa fue rápida y humillante, marcada por la división interna y la colaboración institucional. La resistencia militar francesa apenas duró dos meses. Aunque Francia se unió a Gran Bretaña en la guerra, lo hizo sin fervor popular. Los soldados británicos en suelo francés eran vistos con recelo por los locales. Tras la retirada de los «hijos de Albión», el país quedó fracturado en dos zonas, la ocupada y la de Vichy, ambas cómplices del invasor. El escarnio alcanzó su cénit cuando Hitler exigió firmar la capitulación en el mismo vagón de tren donde Alemania admitió su derrota en 1918.

La mayoría de las fuerzas políticas francesas aceptaron o colaboraron con el régimen nazi por oportunismo o afinidad ideológica. Si bien algunos huyeron al sur o al extranjero, la mayoría se plegó al nuevo orden. Socialistas bajo el mando de Pierre Laval colaboraron activamente, y los comunistas aceptaron la ocupación amparados por el pacto entre Hitler y Stalin para repartirse Europa. Para muchos estalinistas franceses, el fin de la Tercera República no era una tragedia. Por su parte, la derecha tradicionalista vio en el desastre de 1940 la oportunidad perfecta para purgar los valores republicanos y reordenar el país bajo la figura tutelar del general Pétain, el supuesto salvador.

La colaboración francesa alcanzó niveles sistémicos, incluyendo la persecución activa de judíos y el oportunismo cultural. La aceptación de la derrota fue casi unánime en una sociedad moralmente quebrada. De hecho, los campos para «extranjeros indeseables» —que albergaban a republicanos españoles— funcionaban desde antes de la invasión. Las fuerzas policiales de París se transformaron en un instrumento del nacionalsocialismo, ejecutando con una frecuencia e intensidad abrumadoras el arresto, envío a campos y fusilamiento de la población judía. El vacío en las esferas de la cultura, el trabajo y las finanzas que generó este exterminio sistemático fue aprovechado por ciudadanos franceses, destacando la participación de diversas figuras del pensamiento. Jean-Paul Sartre, por ejemplo, ocupó la cátedra de un profesor judío que había sido deportado, para tiempo después construir su propio relato como miembro de la resistencia. No fue el único caso; hubo una convivencia relajada y social con los ocupantes por parte de personalidades como Simone de Beauvoir, Picasso —quien llegó a solicitar la nacionalidad francesa al régimen de Vichy—, Gallimard, Coco Chanel, Jean Cocteau o el intérprete Maurice Chevalier, todos ellos integrados en la vida social y cultural de aquel París bajo el mando nazi.

La supuesta resistencia comunista solo surgió cuando la invasión alemana a la URSS rompió el pacto con Stalin. La cultura francesa fue subvencionada por el Tercer Reich, como detalla Alan Riding en su obra Y siguió la fiesta, publicada en 2012, y los comunistas convivieron con los nazis. El giro llegó solo cuando Hitler rompió su pacto e invadió la URSS en 1941. Fue entonces cuando los comunistas se unieron a la mínima resistencia existente, fundando los «Franc-Tireur Partisans» y cometiendo su primer atentado en el metro de París para reclamar el liderazgo del movimiento.

La resistencia en Francia estuvo fragmentada y protagonizada mayoritariamente por combatientes extranjeros. La unidad insurgente fue un espejismo debido a las fracturas internas. Grupos como el «Ejército Judío» o la red polaca «Solidaridad» se centraron en salvar a los suyos de la Gestapo y la policía local. Los españoles, por su parte, organizaron el sabotaje a través del «XIV Cuerpo de Guerrilla». Robert Gildea sugiere en su obra Combatientes en la sombra, de 2015, que es más preciso hablar de «resistencia en Francia» que de «resistencia francesa», dado que el grueso de los combatientes eran extranjeros: polacos, europeos del Este y, sobre todo, españoles.

Los aliados utilizaron a estos grupos para debilitar estratégicamente al ejército alemán antes del desembarco. Londres utilizó estos grupos para el espionaje y el sabotaje logístico. Antes del desembarco de Normandía, se logró coordinar al Consejo Nacional de la Résistance. Los aliados confiaron a estos civiles la misión de aislar el frente. El 5 de junio de 1944, los resistentes cortaron comunicaciones vitales, como por ejemplo los descarrilamientos masivos cerca de Dijon. Estos sabotajes obligaron a los alemanes a usar radios, permitiendo que la inteligencia británica interceptara sus planes a través de Ultra.

La entrada en París fue liderada por combatientes españoles, aunque el relato oficial lo atribuyó a una liberación francesa autónoma. Mientras los aliados avanzaban, De Gaulle y Leclerc se obsesionaron con liderar la entrada en la capital. El 19 de agosto de 1944, con el Reich ya hundido, la policía parisina —antes colaboracionista— se declaró en huelga. El día 24, la división de Leclerc entró en París encabezada por «La Nueve», una unidad de republicanos españoles con uniformes estadounidenses. Mientras la población cantaba La Marsellesa, los soldados de «La Nueve» entonaban el himno republicano ¡Ay, Carmela!. Solo tras el cese de las balas, De Gaulle desfiló ante las masas y pronunció su famosa frase: «París ha sido liberada por ella misma», lo que las fuentes describen como un ninguneo o un acto de olvido deliberado hacia los héroes españoles para favorecer una narrativa de autoliberación francesa.

Tras la guerra se construyó un mito nacional para ocultar la colaboración masiva con el ocupante nazi. Tras la guerra, gaullistas y comunistas forjaron el mito de la Résistance para lavar la conciencia nacional y ocultar años de silencio y colaboración masiva. Fue una leyenda sobredimensionada, nada comparable al sacrificio de los partisanos en Polonia, Grecia o Yugoslavia. El relato oficial borró la verdad para evitar la vergüenza de un país que, en su mayoría, aceptó el yugo nazi por convicción o supervivencia.

Los republicanos españoles fueron actores decisivos en la liberación de París y su reconocimiento llegó décadas tarde. Los primeros tanques que liberaron París lucían nombres como «Madrid», «Ebro» o «Guadalajara», pero la propaganda francesa los ocultó. Eran 146 republicanos españoles, muchos anarquistas, curtidos en batallas como El Alamein y desembarcados en Normandía el 1 de agosto. Ellos fueron quienes cercaron al gobernador alemán Von Choltitz en el Hotel Meurice hasta su rendición. Tras escoltar a De Gaulle, reprocharon a los franceses su pasividad. Para estos españoles, la lucha no acabó allí: algunos intentaron reavivar la guerra contra Franco como maquis, mientras otros llegaron hasta el Nido del Águila de Hitler. Amado Granell, héroe de la liberación, rechazó ser comandante francés si debía renunciar a su patria. El Estado francés tardó hasta 2004 en admitir su deuda con ellos.

La historia demuestra cómo los mitos políticos pueden borrar verdades incómodas y héroes olvidados. Este episodio histórico nos deja dos lecciones: la fragilidad de la verdad frente a los mitos políticos construidos por el gaullismo y el comunismo, y la imperativa necesidad de rescatar del olvido la épica de aquellos exiliados españoles.

[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]

Publicidad