The Objective
Historia canalla

El PSOE y la OTAN: de la pancarta a la 'realpolitik'

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

El PSOE y la OTAN: de la pancarta a la ‘realpolitik’

Ilustración de Alejandra Svriz.

Es evidente que a Pedro Sánchez le molesta que España esté en la OTAN. Sus declaraciones contradicen a sus compromisos, y las relaciones con EEUU, principal baluarte de la Organización Atlántica, están en su peor momento. Como en muchas otras cosas, el sanchismo, siguiendo la política de Zapatero, ha echado marcha atrás en avances importantes de España en el concierto internacional.

El proceso de integración de España en la OTAN no fue solo un cambio de estrategia defensiva, sino una de las transformaciones políticas más complejas de la historia democrática española. Desde la victoria arrolladora del PSOE en octubre de 1982 hasta el referéndum de marzo de 1986, la España de izquierdas pasó de la pancarta y el lema fácil a la realpolitik. Este periodo estuvo marcado por el viaje desde el lema «OTAN, de entrada, No» hasta el de «En interés de España, vota sí», culminando con la defensa cerrada de la permanencia en la Organización Atlántica por parte de los socialistas que antes la rechazaban. El salto puso a prueba la identidad de la izquierda, con todo su aparato mediático y cultural, de escritores y artistas, con su principal partido, el PSOE.

La historia de España con la Alianza Atlántica comenzó antes. Las Cortes Generales, en una sesión conjunta del Congreso y el Senado, acordaron el ingreso el 29 de octubre de 1981. El Gobierno de Leopoldo Calvo‑Sotelo, de la UCD, defendió que la adhesión era necesaria para consolidar la posición internacional de la democracia española. El PSOE y el PCE rechazaron la iniciativa por considerarla contraria a la neutralidad y favorable al imperialismo estadounidense. La Alianza Popular de Manuel Fraga también estuvo en contra alegando que España debía priorizar su integración en la Comunidad Económica Europea (CEE) y que la adhesión necesitaba un consenso más amplio. CiU y el PNV se abstuvieron. Hubo 186 votos a favor, 146 en contra, y 8 abstenciones. Aquella decisión parlamentaria permitió el ingreso formal el 30 de mayo de 1982.

La adhesión movilizó a la oposición izquierdista como nunca. La izquierda española veía la OTAN como un instrumento del imperialismo estadounidense, el mismo país que había apoyado la dictadura de Franco. El izquierdismo español no sabía entonces que la Administración de Gerald Ford había apoyado la transición a la democracia con Juan Carlos de Borbón antes de la muerte del dictador, y que había propiciado que el PSOE se convirtiera en la alternativa mayoritaria de izquierdas en España. Felipe González, entonces líder de la oposición a la UCD, calificó el ingreso en la OTAN como una «barbaridad histórica» y un «tremendo error», prometiendo que, si llegaba al poder, el pueblo español decidiría mediante un referéndum. La campaña socialista de 1981 y 1982 fue muy intensa. Se colocaron 125.000 carteles y vallas publicitarias para ganarse a los izquierdistas antiamericanos y evitar que se fueran al PCE. Esta estrategia permitió, junto a otros factores, la aplastante victoria del PSOE en las elecciones de octubre de 1982, con más de diez millones de votos. Sin embargo, una vez en el poder, los socialistas se encontraron con la dura realidad de la geopolítica internacional. El «giro» fue inmediato. Sin embargo, el Gobierno de Felipe González comprendió que España no podía actuar de espaldas al bloque occidental si quería modernizar el ejército y consolidar la democracia.

La estrategia inicial fue la «ambigüedad calculada»; es decir, hacer un giro gradual para evitar el impacto en la opinión pública izquierdista a la que había prometido salir de la OTAN. Fernando Morán, ministro de Asuntos Exteriores, anunció en diciembre de 1982 la congelación de la integración en la estructura militar de la Organización Atlántica mientras se realizaba un estudio estratégico. Durante este periodo, el Gobierno terminó de atar su posición internacional con el ingreso en la Comunidad Económica Europea (CEE). La idea era crear la sensación de que España se abría al mundo y que necesitaba estar a la misma altura que el resto de democracias; esto es pertenecer a todas sus estructuras, incluida la OTAN.

Aunque oficialmente se negaba el vínculo, los países europeos dejaron claro que no se podía participar del paraguas económico europeo sin compartir sus cargas defensivas. Ante esta situación, González visitó la República Federal Alemana en mayo de 1983. Cabe recordar que fue Alemania el país europeo que más ayudó al PSOE desde 1974 para ser la alternativa de izquierdas en España y preparar la estrategia electoral en nuestro país. En suelo alemán, González tuvo un gesto que contradijo su programa electoral al manifestar su «comprensión» ante el despliegue de los euromisiles, lo que le valió el apoyo del canciller Helmut Kohl. Aquello fue la prueba de que Europa y Estados Unidos podían contar con la España socialista. Así, la cumbre de Fontainebleau en junio de 1984, donde se fijó la entrada de España en la CEE para el 1 de enero de 1986, marcó el fin de la ambigüedad. Con la fecha europea garantizada, el gobierno de González ya no podía postergar más el «giro atlantista» ni evitar la batalla política dentro de la izquierda española.

En octubre de 1984, durante el Debate sobre el Estado de la Nación, Felipe González presentó un decálogo. En este documento se proponía la permanencia en la OTAN bajo tres condiciones para calmar a su electorado. Las tres circunstancias eran: la no integración en la estructura militar, la prohibición de armas nucleares en suelo español, y la reducción de la presencia militar de EEUU en España.

Este giro provocó un shock en el partido. El XXX Congreso del PSOE, celebrado en diciembre de 1984, fue el escenario de un duelo ideológico entre la dirección oficialista y la corriente interna llamada Izquierda Socialista (IS). IS defendía la desvinculación total y el neutralismo, argumentando que no se podía buscar la paz «defendiendo el instrumento de guerra».

Felipe González intervino de forma determinante en ese Congreso. Usó un argumento de gran calado emocional y pragmático: advirtió que si España se salía de la OTAN algunos Parlamentos europeos no iban a ratificar la entrada de España en la CEE, utilizando como pretexto la producción agrícola, «los tomates o el vino», dijo. Finalmente, tras el intenso debate, la disciplina de partido se impuso y el giro atlantista fue aprobado por un 71% de los delegados. Eso sí: quedaba la cuestión del referéndum.

La consulta se convocó para el 12 de marzo de 1986. La campaña fue de una intensidad sin precedentes. El Gobierno redactó una pregunta enrevesada que evitaba mencionar las siglas «OTAN» y se centraba en las condiciones del decálogo, buscando atraer a los indecisos y a los sectores antinucleares. La pregunta fue: «¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?».

La campaña se convirtió en un plebiscito sobre el propio Gobierno del PSOE. González lanzó un órdago: si ganaba el no, dimitiría, el país caería en la inestabilidad y el Gobierno de España estaría en manos de la oposición de derechas.

El aparato del Estado se volcó a favor del sí. RTVE fue acusada de una parcialidad abrumadora, dedicando espacios de máxima audiencia a la propaganda gubernamental centrada en el fuerte carisma de González, mientras que los partidarios del no tenían tiempos limitados. Incluso los grandes bancos españoles rompieron su neutralidad para apoyar la permanencia, temiendo el aislamiento económico.

En contraste, Coalición Popular (CP), la marca de Alianza Popular con otros pequeños partidos y liderada por Manuel Fraga, optó por una extraña «abstención activa» aun siendo proatlantistas, con la peregrina idea de desgastar al gobierno, una estrategia que muchos de sus propios votantes no comprendieron. CP argumentó que la decisión ya se había tomado legítimamente por vía parlamentaria en 1981 y que la opinión pública no debía ser consultada sobre temas complejos de seguridad. Los populares dijeron que el referéndum era una «trampa plebiscitaria» de Felipe González. Fraga incluso mostró «comprensión» hacia un posible voto negativo si este servía para castigar al Ejecutivo. Esta estrategia generó fuertes tensiones internas dentro de CP y críticas de sus aliados internacionales. Algunos «notables» de AP desobedecieron la consigna votando «sí» por coherencia ideológica, mientras que otros abandonaron el partido. El resultado fue un fracaso político para Fraga, cuyo liderazgo quedó seriamente debilitado y cuyo electorado terminó dividido en el referéndum.

Los sondeos iniciales fueron muy preocupantes para el Gobierno de Felipe González. En noviembre de 1985, solo el 19% de los españoles apoyaba la permanencia en la OTAN, frente a un 46% que era partidario de la salida. Sin embargo, la movilización personal de González y el recurso al voto del miedo, apelando al efecto económico negativo, al desempleo y al aislamiento internacional, lograron un vuelco. La campaña gubernamental consiguió revertir una opinión pública inicialmente mayoritariamente contraria a la OTAN. En febrero de 1986, un sondeo del CIS, dirigido entonces por el socialista Julián Santamaría, ya mostraba un empate técnico del 32% entre el sí y el no, con un enorme 36% de indecisos que finalmente decantarían la balanza.

Frente al sí estuvo la Plataforma Cívica para la Salida de España de la OTAN. Surgió a comienzos de 1986 como respuesta a la decepción por la política del PSOE. La formaron personas de izquierdas, y se dedicaron a lo de siempre: firmaron un manifiesto e hicieron actos públicos y conciertos. La figura más visible fue el escritor Antonio Gala, pero también estuvieron los habituales: Miguel Ríos, Ana Belén, Víctor Manuel, Eduardo Aute, Joaquín Sabina, o los cineastas García Berlanga, Trueba, Colomo y Almodóvar. La Plataforma actuó como eje de movilización social y cultural del rechazo a la OTAN desde la izquierda. Se presentó como independiente, pero estuvo en la creación de Izquierda Unida en torno al PCE y reunió al Pasoc, a Izquierda Republicana, al Partido Carlista, a la Federación Progresista, a colectivos ecologistas, movimientos pacifistas, asociaciones vecinales, grupos cristianos de base y a numerosos independientes.

Sin embargo, el resultado final del referéndum fue una victoria clara para el gobierno: el 52,5% votó sí, frente al 39,8% del no. La participación fue del 59,4% del electorado, una cifra superior a la esperada. Los datos mostraron un país dividido. El no triunfó en cuatro comunidades autónomas con fuerte identidad propia o tradición de izquierdas: el País Vasco, Navarra, Cataluña y Canarias. En Cataluña y el País Vasco, el voto negativo fue interpretado por los nacionalistas como un castigo a la política autonómica del gobierno socialista. El referéndum evidenció una profunda fractura territorial en el comportamiento electoral. Por el contrario, el sço se impuso con fuerza en las zonas rurales y en el sur de España, donde el liderazgo de Felipe González, todavía apoyado por Alfonso Guerra, era incuestionable. En Madrid, el voto favorable superó el 56%.

La abstención fue del 40,6%, la más alta hasta la fecha en una consulta nacional. Esto reflejó tanto el desinterés por la política exterior como el seguimiento parcial de la consigna de Alianza Popular en regiones como Galicia y las dos Castillas. La elevada abstención y el voto en blanco mostraron la desorientación de amplios sectores del electorado. El voto en blanco alcanzó un récord del 6,5%, utilizado principalmente por sectores conservadores desorientados o socialistas perplejos que no querían votar no pero tampoco avalar la nueva postura oficial.

La victoria del sí en el referéndum reforzó el liderazgo de Felipe González en España y en el partido, y permitió al PSOE revalidar su mayoría absoluta en las elecciones de junio de 1986, apenas tres meses después. Eso acabó de fortalecer la posición del PSOE, de manera que en 1995, Javier Solana, quien había sido uno de los líderes más contrarios a la OTAN cuando estaba en la oposición, fue nombrado Secretario General de la Alianza. El triunfo del sí consolidó definitivamente el giro atlantista del PSOE y de la política exterior española. Finalmente, en 1999, bajo el gobierno de José María Aznar, España se integró plenamente en la estructura militar, dejando atrás las cláusulas del referéndum de 1986.

Décadas después, Felipe González calificó la convocatoria del referéndum de 1986 como un «error serio», afirmando que los pactos militares no deben decidirse en consultas directas; es decir, lo mismo que dijo Manuel Fraga ese mismo año. La interpretación histórica dominante considera que el giro atlantista fue clave para la modernización y la integración internacional de España, pese a las contradicciones políticas que generó en su momento.

[¿Eres anunciante y quieres patrocinar este programa? Escríbenos a [email protected]]

Publicidad