Guzmán el Bueno, el hombre que sacrificó a su propio hijo para no rendir Tarifa
Este caudillo militar protagonizó uno de los episodios más dramáticos y heroicos de la Reconquista

Guzmán el Bueno arrojando su daga en el cerco de Tarifa, lienzo de Salvador Martínez Cubells.
La historia ha otorgado todo tipo de sobrenombres a reyes, generales, líderes políticos o intelectuales. Así, a Alejandro todos lo conocemos como el Magno, a Gonzalo Fernández de Córdoba como el Gran Capitán, a Atila como el Azote de Dios, a Pedro I de Castilla como el Cruel, a Tomás de Aquino como el Doctor Angélico, a Alfonso X como el Sabio, a Ricardo I de Inglaterra como Corazón de León, a Blas de Lezo como el Mediohombre o a Margaret Thatcher como la Dama de Hierro.
Pues bien, esta semana en Ilustres olvidados hablaremos del personaje que tal vez tenga el mejor de esos epítetos. Porque, ¿qué mejor puede decirse de alguien que el hecho de que era bueno? Nuestro protagonista de hoy es Alonso Pérez de Guzmán, más conocido como Guzmán el Bueno.
Pese a ello, el primer sobrenombre de Alonso, nacido en León en el año 1256, fue el de «bastardo». En efecto, fue el hijo ilegítimo de Pedro Núñez de Guzmán, adelantado mayor de Castilla, uno de los hombres de confianza del rey Alfonso X. La madre, de nombre Isabel, murió dando a luz al pequeño Alonso. A pesar de su condición, el joven creció como uno más de la prole de una casa noble y, antes de cumplir los 20 años, siguió los pasos de su padre para combatir a los moros en Andalucía.
En el fragor de la Reconquista
La situación en Al-Ándalus era entonces complicada para los reinos cristianos. Benimerines y granadinos acababan de infligir una dolorosa derrota a castellanos y leoneses en Écija, en una batalla en la que perdió la vida el adelantado en la frontera, Nuño González de Lara. Así las cosas, el joven Alonso se incorporó a una partida mandada por Lope Díaz de Haro que iba camino de Jaén. Allí, tuvieron un importante encontronazo con los musulmanes en el que, según narra la crónica, dio muestras de gran valor y capturó a un notable cacique moro. Fue el episodio inicial de cuatro años de luchas en Andalucía.
Pese a su desempeño militar contra los musulmanes, el joven Alonso sufrió un desaire personal que le marcó para siempre. Uno de sus hermanastros, hijo legítimo de su padre, le llamó bastardo delante del rey y de la Corte, un insulto frente al que nadie salió a defenderle. Ante esta afrenta, Alonso decidió desnaturalizarse —es decir, renunciar a Pedro Núñez como su padre y señor— y se puso al servicio del emir marroquí Abū Yūsuf con un acuerdo por el cual se comprometía a combatir a todos los enemigos de este siempre y cuando no fueran cristianos. No cabe pensar en este movimiento como una traición en un esquema maniqueo de moros contra cristianos; sin ir más lejos, el Cid combatió junto a musulmanes e incluso tuvo a algunos de ellos en su hueste.
Guerra civil y exilio
La situación cambia a raíz de la rebelión del infante Sancho contra su padre, el rey Alfonso X, por la pretensión del primero por suceder al segundo. El monarca sabio vio cómo los nobles de Castilla se dividían en bandos y decidió pedir ayuda al emir benimerín Abū Yūsuf. Esa ayuda se la trajo no otro que Alonso Pérez de Guzmán en forma de 60.000 doblas de oro. En agradecimiento, el rey lo casó con María Alonso Coronel, una dama sevillana de muy alta alcurnia, un matrimonio que restituyó la dignidad herida del bastardo.
La alianza de Alfonso X con el emir marroquí no se limitó al préstamo económico, sino que el propio Pérez de Guzmán apoyó al rey comandando una expedición de castigo en varias villas andaluzas favorables al infante rebelde. El monarca Sabio agradeció esa nueva ayuda otorgando a Alonso propiedades en Jerez.
Sin embargo, la muerte de Alfonso X en 1284 precipitó que Pérez de Guzmán volviese con su esposa a Marruecos. Durante los siguientes años, el matrimonio tuvo cinco hijos, hasta que determinaron que María se afincase en Sevilla, permaneciendo Alonso junto al emir. Allí se quedó nuestro protagonista durante un lustro, sirviendo a Abū Yūsuf y, a la muerte de este, a su hijo. No obstante, cuando el guerrero leonés hubo satisfecho su afán de gloria militar y riquezas, retornó a España. Parece, además, que lo hizo llevándose unos tributos del nuevo emir con los que afianzó su posición como terrateniente en Andalucía.
El cambio de bando fue total cuando el rey castellano Sancho se propuso recuperar la región cercana al estrecho de Gibraltar. En el contexto de esa empresa, tuvo lugar el episodio más conocido de la vida de Pérez de Guzmán, por el que pasaría a ser recordado como «el Bueno».
El sacrificio de Tarifa
En julio de 1293, Alonso fue nombrado alcaide de Tarifa, ciudad que en abril de 1294 comenzó a sufrir un severo asedio por parte de tropas nazaríes y benimerinas que luchaban en favor del infante don Juan, que protagonizaba un nuevo conflicto dinástico contra su tío. El cerco se prolongó durante casi cuatro meses, hasta que los moros, a sabiendas de que una flota conjunta castellano-aragonesa se aproximaba a liberar la ciudad, trataron de jugar la baza del chantaje emocional. Los asediadores tenían bajo custodia a uno de los hijos de Pérez de Guzmán y amenazaron con degollarlo si no rendía la plaza.
Aunque es posible que los hechos estén algo adornados por la leyenda, lo mollar del caso es rigurosamente cierto. La crónica cuenta que, cuando los moros profirieron su amenaza, Pérez de Guzmán desenvainó su daga y la lanzó muralla abajo a los pies de los enemigos diciendo: «Matadle con este, si lo habéis determinado, que más quiero honra sin hijo, que hijo con mi honor manchado». En cualquier caso, los moros cumplieron su amenaza y asesinaron al chico. Unos días después, la flota cristiana liberó Tarifa, que había resistido gracias a la generosidad de un hombre bueno.
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