Rostros y retratos de la 'España ejemplar'
Ricardo García Cárcel y Juan Pablo Fusi biografían a medio centenar de españoles eminentes de los últimos siglos

Logo de la colección 'Españoles eminentes'. | Taurus
«Cuando leas una biografía, ten siempre presente que la verdad nunca es publicable». El escritor irlandés George Bernard Shaw, Premio Nobel de Literatura, advertía de esta manera tan cáustica y sincera sobre los peligros de dar por indiscutibles los episodios y avatares de las grandes figuras de la historia, no digamos ya del ámbito de la cultura con todas sus variaciones. La frase tiene un punto de verdad: ningún biógrafo, por bueno que sea, puede vivir la misma experiencia vital de su biografiado, aunque haya sin duda quienes crean administrar el patrimonio de aquellas figuras a las que alguna vez han retratado.
Se trata, por supuesto, de un espejismo desmentido por la sabiduría popular cuando cinceló una de sus sentencias maestras: «Nadie conoce a nadie». Siendo esto así, como es, no tenemos más remedio que concluir que la biografía, como la traducción, es un arte imposible y que únicamente puede ejercerse por aproximación, sin garantía alguna de exactitud, por mucho rigor que se ponga en la tarea. Los mejores biógrafos son, en realidad, escritores cuyas fuentes pueden ser documentales y ciertas, sí, pero cuya lectura e interpretación sobre sus personajes —seres que son o fueron de carne y hueso y tuvieron (o tienen) nombres y apellidos— no puede desligarse por completo de la ficción.
Claudio Magris, el germanista italiano, acostumbra a decir que sus biografías favoritas son las que relatan lo que el biografiado no hace, aunque quizás pudiera haber hecho. Nuestra perspectiva coincide con la idea de Anatole France sobre el género: «Un buen retrato es una biografía pintada». Una estampa del natural que, de un solo golpe de vista, resume un carácter, una forma de estar, una cierta actitud ante la vida.
Más difícil que sobre un lienzo, donde se tolera un elevado grado de subjetividad, es retratar con palabras. La pintura no está limitada por los hechos; a lo sumo, trabaja con el aspecto y las apariencias. Un biógrafo que escriba sobre sí mismo, sin embargo, como explicó Philippe Lejeune, se debe a la convención que presupone que dirá la verdad de su vida, que no necesariamente tiene que casar con la exactitud de los hechos.
Esta ley no rige en el caso de las biografías ajenas, pues quien relata estas trayectorias no es el protagonista, sino un observador que puede ser un testigo directo o estar lejano en el tiempo. Tampoco su escritura es inocente. En la historia del género existen desde las vidas encomiásticas a las hagiografías («vidas de santos», sean religiosos o paganos), pasando por las impugnaciones, los libelos ad hominem y las reconvenciones morales. De todo hay en la viña del Señor y, más aún, en la selva de los hombres.
Galería de personajes
Algo menos consideradas están, sin motivo, las biografías divulgativas: aquellas que, a partir de fuentes históricas, condensan un perfil humano, político o cultural. A esta última clase pertenecen los retratos que Ricardo García Cárcel y Juan Pablo Fusi, dos de nuestros mejores historiadores, reúnen en Vidas españolas. Razón biográfica de España (Taurus), un volumen panorámico donde se analiza a señalados personajes históricos desde el siglo XVI a la pasada centuria.
El libro, incluido dentro de la colección Españoles eminentes —editada por Taurus y patrocinada por la Fundación Juan March— con el objetivo de crear una galería bibliográfica de personalidades ejemplares, acoge más de medio centenar de semblanzas de individuos de los que, al contrario de aquellos que han sido objeto de una biografía particular (se han publicado hasta ahora diez tomos), según sus responsables no se dispone de tanta documentación contrastada y fiable.
Es una afirmación discutible, dada la cantidad de biografías existentes, muchas de ellas excelentemente documentadas, de personajes como Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo o Lope de Vega. Baroja, visto por José-Carlos Mainer y Unamuno, retratado por Jon Juaristi, estrenaron esta relación de monografías; después se sumaron Ignacio de Loyola (Enrique García Hernán), el cardenal Cisneros (Joseph Pérez), Ortega y Gasset (Jordi Gracia), Bartolomé de las Casas (Bernat Hernández), Concepción Arenal (Anna Caballé), Emilia Pardo Bazán (Isabel Burdiel), Luis Vives (José Luis Villacañas) y Diego de Saavedra Fajardo (María Victoria López-Cordón). Por publicar quedan cinco títulos más: Rosalía de Castro (María Xesús Lama), Mariano José de Larra (Domingo Ródenas de Moya), Jovellanos (Benigno Pendás García), Juan Valera (Isabel Burdiel) y Manuel de Falla (Elena Torres).
El compendio de Vidas españolas viene, pues, a multiplicar el número de los personajes eminentes y a cubrir algunas ausencias clamorosas, como es el caso de figuras tan capitales como el pensador Francisco de Vitoria, Elcano, Hernán Cortés, Servet, Teresa de Jesús, Fray Luis de León, Juan de Mariana, Juan de Austria, Calderón de la Barca, Velázquez, Goya, Blanco White, Galdós, Cánovas, Giner de los Ríos, Ramón y Cajal, Picasso o Marañón, entre muchos otros nombres ilustres.
Base documental
García Cárcel y Fusi, responsables también de la colección, se han dividido los perfiles en función de su especialidad académica (el primero escribe los personajes de la España moderna y el segundo traza los perfiles de la contemporánea). No hay, sin embargo, ninguna figura del último cuarto de siglo de la actual centuria, aunque no sabemos —porque los autores no lo explican—, si es porque la ejemplaridad ha desaparecido de la vida pública española o porque a los responsables de esta colección les parece que 26 años es tiempo insuficiente para esbozar un canon de relevancia. Su selección, como todo en esta vida, es discutible, pero en líneas generales se ajusta a lo esperable, incluyendo indudables gestos de corrección política, inherentes a una iniciativa institucional con pretensión hegemónica.
El libro, de todas formas, es una fecunda galería de personajes españoles cuya trayectoria, actualizada y puesta al día, desmiente a aquellos que todavía dudan de que la idea de España haya tenido alguna vez encarnadura. Puede, pues, leerse como una sinfonía del tono ciudadano de España a lo largo de su historia, lejos de la encomiástica barroca, la ideología decimonónica y las grandes estatuas patrióticas. García Cárcel y Fusi, académicos fiables y maestros de generaciones posteriores, cumplen la tarea encomendada a la perfección: sus semblanzas condensan los datos, las peripecias y los hechos esenciales de todos sus biografiados, apuntando los sucesos que son probables, pero no seguros; delimitando las verdades de las leyendas y explicando cuánto de estas vidas escritas responde a un sustento documental objetivo y cuáles se han ido forjando gracias a los silencios y a ese material de desecho que arrastra el tiempo, señor de todos nuestros días y también de nuestras noches.
