Juan Bautista de Toledo, el arquitecto que diseñó El Escorial y trabajó con Miguel Ángel
Este artista madrileño participó en la construcción de la basílica de San Pedro y del gran proyecto de Felipe II

Juan Bautista de Toledo.
El próximo mes de noviembre se cumplirán 400 años de la inauguración —técnicamente, dedicación— de la iglesia más famosa del mundo, la basílica de San Pedro del Vaticano. Aquellos que recuerden algo de sus apuntes de historia del arte sabrán que en su construcción estuvieron involucrados algunos de los más importantes arquitectos del Renacimiento italiano, tales como Bramante, Rafael, Miguel Ángel o Bernini, entre otros. Sin embargo, lo que los manuales han enterrado fue la participación clave de un artista español de nombre Juan Bautista de Toledo.
Sabemos poco acerca del origen de este artista, aparte de que nació en torno a 1515. Lo que sí parece claro es que, pese a que durante una etapa de su vida firmó sus proyectos como «Giovanni Battista de Alfonsis», nuestro personaje no era italiano sino español, tal vez nieto de una familia de judíos de Toledo e hijo de conversos. Lo más probable es que fuera madrileño.
Con todo, sus inclinaciones artísticas sí le llevaron pronto a Italia, que en aquellos años bullía con las ideas humanistas y estéticas del Renacimiento. Allí, Juan se formó al calor de uno de los grandes de la época, Antonio Sangallo el Joven, en cuyo taller llegó a ser oficial. Junto a él trabajó para levantar multitud de edificios representativos del periodo, como iglesias, palacios —como el Palazzo Farnesio, hoy sede de la embajada francesa en Roma—, o fortificaciones como la Fortezza da Basso, encargada por los Médici en Florencia.
Construyendo la basílica de San Pedro
Pero sin duda la obra más importante que llevaba Sangallo era la construcción de la basílica de San Pedro del Vaticano, el gran proyecto del papa Julio II para renovar la primera iglesia de la cristiandad. El artista había asumido la codirección del proyecto junto a Rafael Sanzio desde 1514. A la muerte de este último, el jefe de Juan Bautista quedó como arquitecto principal, presentando una idea que respetaba en parte el modelo inicial en forma de cruz griega de Bramante, pero añadiéndole un gran campanario doble en la fachada.
Durante los últimos años de la vida de Antonio da Sangallo, Juan Bautista de Toledo se convirtió en uno de sus discípulos más cercanos y le asistió en las obras de San Pedro. Es por eso que, cuando el maestro murió en 1546, el nuevo arquitecto jefe, Miguel Ángel, quiso contar con la experiencia del español. Esta circunstancia hace muy probable que Bautista y el escultor de la Pietà se hubieran conocido previamente y que pudieran haber trabajado juntos.
Así, a lo largo de los siguientes años, Juan Bautista de Toledo trabajó a las órdenes del artista florentino. Además de su participación en diseños, administración de gastos y organización del material, una de sus principales funciones fue la de hacer de enlace —y muchas veces de mediador, por los habituales conflictos— entre Miguel Ángel y la llamada Fábrica de San Pedro, la comisión papal encargada de supervisar las obras. Precisamente fueron los miembros de este órgano quienes presionaron al pontífice para lograr el cese del arquitecto español, que dejó la construcción de San Pedro en 1548.
De Roma a Madrid, pasando por Nápoles
Juan Bautista se había labrado un currículum envidiable durante sus años en Florencia y Roma. Por tanto, no le fue difícil conseguir nuevos encargos. Su nuevo mecenas apareció en Nápoles, por esa época territorio español, en la figura del virrey Pedro de Toledo. Allí, Juan Bautista pasó once años, donde trabajó como arquitecto de Carlos V diseñando diversos proyectos como la iglesia de San Giacomo degli Spagnuoli (Santiago de los Españoles) o los castillos de Castel Nuovo y Castel Sant’Elmo. También llevó las obras de una de las principales avenidas de la ciudad de Nápoles, la Strada di Toledo, de la que Herman Melville, el autor de Moby Dick, llegó a decir que era «difícilmente distinguible de Broadway».
Estos méritos llegaron a oídos de Felipe II, que en 1559 le llamó a su Corte para nombrarle su arquitecto de cabecera. Para «el Prudente», Juan Bautista de Toledo ejecutó obras de gran alcance, como la ampliación y remodelación del desaparecido alcázar de Madrid, la renovación del palacio de El Pardo y los planos del imponente palacio de Aranjuez, que no vio terminado en vida y que fue ejecutado por su discípulo Juan de Herrera.
La gran obra de El Escorial
Pero el proyecto arquitectónico que marcó con más fuerza el reinado de Felipe II fue sin duda el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Encargado como celebración de la victoria contra los franceses en San Quintín, el descomunal complejo pretendía ser al mismo tiempo residencia y lugar de enterramiento real, monasterio, colegio, biblioteca y, ante todo, un testimonio hecho en piedra de la gloria del Imperio español en el centro geográfico de la península ibérica.
Juan Bautista de Toledo recibió la comisión del proyecto solo seis años antes de su muerte, por lo que tampoco llegó a ver finalizada la faraónica obra. No obstante, de su mano salió la llamada traza universal, es decir, los planos generales que, con pequeñas modificaciones, siguieron los arquitectos posteriores. Juan Bautista de Toledo es, por tanto, el autor intelectual de El Escorial, pese a que hoy sigamos hablando de estilo herreriano, en alusión a Juan de Herrera.
En 1563, se colocó la primera piedra del monasterio y, en 1567, Felipe II sancionó la Carta de Fundación y Dotación del complejo. Apenas un mes después de aquello moría en Madrid Juan Bautista de Toledo, sin duda uno de los más importantes arquitectos de nuestra historia.
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