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Historia canalla

Juan Carlos I y el 23-F: verdades y patrañas

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Juan Carlos I y el 23-F: verdades y patrañas

Ilustración de Alejandra Svriz.

La desclasificación de más de 150 documentos sobre el 23-F ha desmontado las teorías de la conspiración y los intentos de culpar a Juan Carlos I y de cargarse la Transición. Lo que ha quedado claro es el papel central del Rey en la desarticulación del golpe y la implicación de los servicios de inteligencia. De hecho, uno de los hallazgos es un análisis manuscrito de los mandos militares realizado tras el fracaso del golpe. En el documento señalan que el «primer fallo» había sido haber dejado al «Borbón» libre y haberle tratado como a un caballero, en lugar de neutralizar su capacidad de actuación. El documento califica al monarca como un «objetivo a batir y anular» debido a su disposición a formar un Gobierno con el PSOE.

Los papeles confirman la existencia de operaciones en marcha desde noviembre de 1980, con diversos planes golpistas civiles, militares y mixtos. Entre ellos, la operación de los «espontáneos» (liderada por Tejero) era considerada la menos sofisticada pero la más probable. Además, los conspiradores planearon nuevos golpes tras el fracaso del 23-F: uno para el 24 de junio de 1981 (onomástica del Rey) y otro, la Operación Halcón, para la jornada de reflexión de las elecciones de octubre de 1982 y al que ya dedicamos un episodio.

Respecto al Cesid, un informe interno admite la participación de seis agentes. Se detalla la Operación Míster, activada el 24 de febrero para encubrir los movimientos de estos agentes mediante la falsificación de fechas. También constan contactos previos del comandante José Luis Cortina con el embajador de EEUU y el nuncio del Vaticano.

Desde el Palacio de la Zarzuela, los documentos ofrecen una cronología de las 11 horas de tensión. Se confirma que el Rey prohibió al general Armada acudir a palacio y ordenó a la Jujem tomar el control militar. Son especialmente relevantes sus órdenes directas a Milans del Bosch, advirtiéndole que «cualquier golpe de Estado es contra el Rey» y jurando que nunca abdicaría ni abandonaría España.

Finalmente, se desvelan las campañas de desinformación orquestadas por la extrema derecha para implicar falsamente al Rey en el golpe con el fin de reducir la responsabilidad penal de los procesados. Aunque el apoyo internacional de líderes como Reagan e Isabel II fue rotundo, algunos expertos señalan que los documentos más sensibles no se conocerán hasta 2031.

La desclasificaciónha confirmado algunas interpretaciones historiográficas mientras que las más extravagantes han quedado muy mal.

Durante los años noventa, los historiadores profesionales asentaron la idea de que el Rey fue decisivo para frenar el golpe y mantener la democracia. Javier Tusell, en su obra Juan Carlos I. La restauración de la Monarquía (1995) fue uno de los principales artífices de esta interpretación. Para Tusell, el Rey actuó con plena coherencia respecto a su proyecto democratizador, y el 23-F no hizo sino confirmar la solidez de la monarquía parlamentaria como eje vertebrador de la Transición. Su negativa a avalar cualquier solución de fuerza y la contundencia de su mensaje televisado se interpretaron como la culminación de un liderazgo político que había guiado al país desde la muerte de Franco.

En una línea similar, Charles Powell desarrolló lo que denominó la «tesis institucional» en su obra El piloto del cambio. El Rey, la monarquía y la transición a la democracia (1991). Powell subrayó que el Rey, formado en los valores militares del franquismo, era el único interlocutor capaz de comunicarse con los capitanes generales en un lenguaje que estos respetaran. Según su interpretación, los contactos del monarca con militares descontentos no deben entenderse como complicidad, sino como una estrategia de contención: escuchar para desactivar, y aproximarse para neutralizar. En esta visión, la Corona actuó como un dique frente a las pulsiones involucionistas que atravesaban al Ejército en los primeros años de la democracia.

La consolidación internacional del mito monárquico tiene en Paul Preston a su gran artífice con su biografía sobre el rey Juan Carlos. En la obra presentó al monarca como una figura clave en la modernización política del país. Preston insistió en que Juan Carlos I rechazó de manera explícita las propuestas de Alfonso Armada y que su autoridad simbólica fue determinante para aislar a los golpistas. La narrativa del «Rey salvador» quedó así consolidada en el imaginario público y académico, alimentada también por la necesidad política de estabilizar la joven democracia. En esta narración, el Rey no solo detiene el golpe; lo hace en coherencia con un itinerario político que, desde la designación de Suárez y la legalización de los partidos hasta la aprobación de la Constitución de 1978, habría tenido como horizonte una democracia parlamentaria plenamente homologable a la Europa occidental. El 23-F, así, opera como punto culminante de una biografía política que legitima retrospectivamente el conjunto del reinado.

A partir de los años 2000, esta imagen de «soledad providencial» del Rey comenzó a erosionarse. El foco de investigación para explicar el 23-F se desplazó a los meses previos, marcados por una severa crisis política, la intensificación del terrorismo de ETA y un creciente malestar en los cuarteles. El deterioro de la relación entre Juan Carlos I y Adolfo Suárez ocupa aquí un lugar central. Santos Juliá, en Transición. Historia de una política española (2017), muestra cómo, hacia 1980, se había producido una auténtica «erosión de la confianza» entre el monarca y el presidente del Gobierno, compartida por amplios sectores de la oposición y de la derecha, que veían en Suárez un obstáculo tanto para la gobernabilidad como para la propia consolidación del sistema. También Paul Preston matizó su visión inicial diciendo que la Corona consideró vías de sustitución de Suárez que no encajaban plenamente en los cauces estrictamente parlamentarios. El Rey no habría deseado un golpe involucionista, pero sí habría mirado con simpatía proyectos de «reordenación» política que, en su formulación más elaborada, cristalizaron en la llamada «Solución Armada»: un Gobierno de concentración tutelado por un militar de confianza, capaz de restaurar la autoridad del Estado sin cuestionar formalmente la Constitución.

La figura del general Alfonso Armada, antiguo preceptor del Rey y hombre de enormes conexiones en las élites políticas y militares, se vuelve aquí decisiva. Juan Francisco Fuentes, en su obra 23 de febrero de 1981. El golpe que acabó con todos los golpes (2020), insiste en que la versión que presenta al Rey como cómplice es, en origen, una «tesis golpista» que, «desde el día siguiente al 23-F, ha migrado de la extrema derecha a la extrema izquierda y al independentismo», y que esas lecturas «creativas» encajan mejor en la lógica de la teoría de la conspiración que en el trabajo histórico serio.

Fuentes sostiene que el papel del Rey fue decisivo para el fracaso del golpe. Su tesis es que durante el 23-F, el Rey consiguió evitar nuevas incorporaciones de mandos militares al golpe, lo que indica que ni se quedó al margen ni fue cómplice. El intento fracasó por la actitud del Rey, ha escrito Fuentes, que desautorizó a los golpistas y ordenó a los militares mantenerse dentro de la legalidad. Reconoce, no obstante, que hubo imprudencias previas, como haber creído en el general Armada, que mintió y actuó por libre. En este marco, las ambigüedades del Rey habrían generado una zona de penumbra interpretada por los conspiradores como una forma de autorización tácita.

Una aportación distinta procede, sin duda, de Roberto Muñoz Bolaños. En su obra 23-F: Los golpes de Estado (2015) propone que lo ocurrido ese día fue la convergencia de tres proyectos distintos: el pronunciamiento involucionista de Milans del Bosch, orientado a restaurar un orden autoritario clásico; la acción directa de Tejero, que perseguía la instauración de una junta militar; y la denominada «Operación Armada», concebida como un golpe de «diseño constitucional» que habría de desembocar en un Gobierno de concentración presidido por el propio Armada. Esta tercera vía, según Muñoz Bolaños, contaba con la simpatía de sectores políticos significativos y con la aquiescencia o participación activa de la propia Corona en su fase de gestación. El objetivo principal habría sido sustituir a Suárez por una figura de autoridad que, desde la legalidad formal, encauzara el proceso político.

En la reconstrucción de Muñoz Bolaños, el drama del 23-F reside precisamente en la convergencia y contaminación de estos tres proyectos. Lo que desde Zarzuela se concebía como operación controlada se vio desbordado por la lógica de un golpismo de corte decimonónico: la irrupción armada de Tejero en el Congreso y los tanques de Milans en Valencia hicieron visible una escalada que amenazaba con arrastrar al país a una ruptura violenta y, con ello, comprometer la propia supervivencia de la monarquía. La famosa aparición televisiva de Juan Carlos I, vestido de capitán general, se interpretaría así como una rectificación estratégica: un intento de cortar de raíz una dinámica que se había ido de las manos, desmarcándose de una operación que en su fase inicial habría sido tolerada —cuando no alentada— desde el entorno real. El Rey, en esta lectura, no salva una democracia aséptica, sino que se ve obligado a abortar una operación política que él mismo había contribuido a incubar una vez que acabó degenerando en un golpe militar clásico.

La interpretación más alejada es la de Jesús Palacios, que sostiene que el 23-F fue una operación político-institucional diseñada alrededor del Rey y de generales monárquicos de su confianza, hasta el punto de decir que «sin el consentimiento de Juan Carlos no habría habido un 23-F». En 23-F, El Rey y su secreto, el 23-F fue una maniobra desde el propio sistema para «resolver algunos problemas al inicio de la Transición». Palacios sostiene que los principales implicados creyeron que actuaban bajo las órdenes del Rey: Tejero entró en el Congreso invocando al monarca, Milans se sublevó en Valencia «quedando a las órdenes del Rey», y Armada afirmó que «antes, durante y después» estuvieron pendientes exclusivamente de las decisiones reales. De este modo, Palacios invierte el relato dominante: el 23-F no sería el ataque de una «España negra» contra un monarca demócrata, sino una operación de «golpe sobre el sistema» en la que el Rey habría pasado de tolerar o amparar la maniobra a presentarse, cuando fracasa, como salvador de la democracia. Esta interpretación ha cuajado en medios de la extrema derecha, y es contestada por la historiografía académica especializada.

Otras interpretaciones que han quedado fuera de juego y que señalaron al Rey como el golpista del 23-F son las de Amadeo Martínez Inglés titulada 23-F: El golpe que nunca existió (2011), la de Antonio J. Candil 23-F. El golpe del rey (2020), con el subtítulo «La trama político-militar diseñada para fracasar de la que se benefició la Corona», o el de Carlos Fonseca 23-F: La farsa (2024), que habla de un autogolpe del Rey, o, por no citar más obras prescindibles, la de Rebeca Quintans titulada Un rey golpe a golpe (2000) y Juan Carlos I, la biografía sin silencios (2016).

La memoria pública del 23-F también ha sido moldeada por representaciones culturales que han reforzado o cuestionado la narrativa oficial. Javier Cercas, en Anatomía de un instante, de 2009, y luego llevada a una serie de televisión, ofreció una visión híbrida donde el Rey aparece como una figura ambigua pero decisiva, mientras que Adolfo Suárez se convierte en símbolo de la dignidad democrática. Por su parte, producciones televisivas como 23-F: El día más difícil del rey (2009) han contribuido a consolidar la imagen del monarca como salvador, aunque en las últimas décadas ha crecido un escepticismo revisionista alimentado por los escándalos posteriores de la Casa Real y por un intento de deslegitimar la Transición y la Constitución de 1978.

No obstante, los historiadores serios coinciden en que Juan Carlos I frenó el golpe en su fase decisiva, evitando una tragedia nacional. Pero también se reconoce que su distanciamiento de Suárez y su confianza en Armada generaron una zona de sombra que algunos golpistas quisieron aprovechar por la debilidad del poder y la falta de confianza.

El papel del Rey en el 23-F ha sido durante mucho tiempo un tema muy apetecible para los rumores periodísticos, los historiadores que buscan escándalos para vender libros, y los políticos que quieren un relato para sostener un discurso destructivo.

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