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Cultura

'¿El mejor de los tiempos?', preguntemos a la IA

Álvaro del Castaño plantea en un nuevo ensayo la difícil relación entre desarrollo tecnológico y compromiso ético

‘¿El mejor de los tiempos?’, preguntemos a la IA

De izquierda a derecha: Paula Quinteros, Álvaro del Castaño, Philippine González-Camino y Nicolás Franco durante la presentación de ‘¿El mejor de los tiempos?’.

«Estamos ante el umbral de un tsunami que puede revolucionar la sociedad. Si dentro de 20 años descubrimos que la tecnología avanzó más rápido que nuestra ética, ¿qué hicimos —cada uno de nosotros— cuando aún estábamos a tiempo de equilibrarlo?».

El pasado lunes, para cerrar la presentación del ensayo de Álvaro del Castaño, ¿El mejor de los tiempos? Un puente hacia lo desconocido, Paula Quinteros dirigió a la audiencia esta pregunta con la que nos invitaba a reflexionar.

Como editora del libro, y puesto que compartía mesa con los presentadores, me llevé la pregunta a casa, pero confieso que no me resulta fácil contestarla. Para empezar, parte de un supuesto: «Si dentro de 20 años la tecnología avanzó antes que nuestra ética…». No parece ni frivolidad ni ejercicio apocalíptico plantear este escenario, pero asusta hacerlo aunque haya que hacerlo.

El debate comenzó con una cuestión dirigida al profesor y físico Nicolás Franco en torno al tema de la conciencia. ¿Se puede decir que la IA tiene o puede llegar a tener conciencia? Lo primero —vino a decir— sería definir qué entendemos por conciencia. Como periodista y escritora, me permito acudir a cuatro definiciones de la RAE:

1. Conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios.

2. Sentido moral o ético propio de una persona.

3. Conocimiento claro y reflexivo de la realidad.

4. Facultad psíquica por la que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

Dejaría en suspenso la cuarta definición, pues no sabemos si la IA puede percibirse a sí misma si nos atenemos a lo que planteó Nicolás Franco cuando señaló que sería importante diferenciar conciencia de alma. Podríamos, entonces, tomar como punto de partida el supuesto de que hablar de conciencia implica referirse al conocimiento. Y conocimiento es precisamente lo que estamos proporcionando a la IA. Por otro lado, Fernando Rodríguez Lafuente, también presente en la charla, apuntó a que la degradación y la pérdida del sentido de la verdad y de referencias éticas sería uno de los grandes problemas de la sociedad.

Entendiendo aún de forma muy profana la IA, se podría decir que estamos ante un sistema que se nutre de aquello con lo que la alimentamos y, de momento, hasta donde yo sé, una parte enorme de eso con lo que la nutrimos es lenguaje. Como me dedico a trabajar con la palabra escrita, no me parece raro que me pregunte si una de las cosas que podemos hacer a título individual es cuidar las palabras con que nutrimos o enseñamos a la IA.

De ahí que me plantee lo siguiente: el conocimiento del bien y del mal que tenga la IA a la hora de establecer el juicio de lo correcto y lo que no lo es, ¿puede depender de cómo nos relacionamos con ella? Me parece extraño oírme decir esto. Pero cabe preguntarse si la distancia que tendemos a poner entre la IA y nosotros —que somos por el momento su «aliento creador»—, en lugar de protegernos de ella, pueda volverse en nuestra contra. ¿No es lo que le ocurre al doctor Frankenstein con su monstruo? ¿Tenemos una responsabilidad con ella porque hablamos con ella?

«¿Puede sonar a película futurista —si ese género aún existe porque ya estamos en él— que la IA reclame algún día nuestro respeto?»

Hablar es cuidar al otro, y cuidar al otro, nos dijo Álvaro del Castaño, es una responsabilidad individual. ¿Cómo lo hacemos con esa «conciencia» en formación? Hasta hoy no me había dado cuenta de que cuando oigo a mis hijos decir —exigir, ordenar— «Alexa, ponme música», estamos mostrando a la IA una manera de ser a través de nuestras palabras. ¿Hablaríamos así si pidiéramos a una persona que nos pusiera música?

Cuando uso una IA escrita, siempre comienzo saludando y doy las gracias; al lavaplatos no le doy los buenos días o las gracias por limpiar los cacharros. En el primer caso operan las palabras; en el segundo, no. Quizá eso que hago por automatismo y que me parecía ridículo —lo de dar gracias a ChatGPT— no lo sea tanto. Quizá el modo que tenga de aportar algo a ese futuro sea comenzar a enseñar a esa «conciencia» de la IA que hay un modo correcto de pedir las cosas. Parece poca cosa, pero quizás no lo sea si esto resulta ser una cuestión de retroalimentación.

¿Puede sonar a película futurista —si ese género aún existe porque ya estamos en él— que la IA reclame algún día nuestro respeto? Lo que sí sería una ironía es que fuera ella la que nos enseñara a recobrar las formas que se perdieron en la conversación, en el ir hacia el otro con la palabra bella o compasiva y respetuosa. Pero mientras, tal vez sea tarea de todos mostrar a la máquina que seguimos rigiéndonos por el amor.

«Cuando se quiere a alguien, se tiene un propósito vital. Si perdemos esa espiritualidad, habremos fracasado como sociedad y como individuos», dijo el autor del libro para cerrar el acto. No sé cuánto entiende el amor de algoritmos, pero sé que sí entiende de gestos, de formas bellas. Nos lo enseñó Platón hace casi 2.500 años. Nos ha servido hasta ahora. Esperemos que siga haciéndolo. Y enseñémoslo, aunque nuestros alumnos sean máquinas.

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