The Objective
Historias de la historia

La estirpe de Alí

La división del mundo musulmán entre sunitas y chiitas es el telón de fondo de muchos de los conflictos de Oriente Próximo

La estirpe de Alí

Los estudiantes islámicos asaltan la embajada norteamericana en Teherán, cuatro días después del triunfo de la Revolución Iraní.

La razón de la actual guerra en Oriente Próximo es la obsesión de Israel por anular el poderío militar y nuclear de Irán. Aunque ambos países no se hayan enfrentado nunca directamente en el campo de batalla, los israelíes están convencidos de que Irán es su principal enemigo estratégico. Donald Trump, por mucho que sobreactúe, no es más que un comparsa, un útil compañero de viaje de Israel en esta guerra.

Pero una conflagración en una zona tan sensible del mundo, de donde sale el principal suministro de petróleo de Occidente, inevitablemente se expande e implica a toda la región. Es entonces cuando actúan unos parámetros históricos que están presentes en los conflictos de Oriente Próximo desde hace 15 siglos, cuyo conocimiento es necesario para entender lo que pasa. Me refiero a la confrontación dentro del mundo islámico entre sus dos ramas principales, sunitas y chiitas.

El conflicto es tan antiguo como el propio islam. Podría decirse que lo armó el propio Mahoma poco antes de morir, y estalló en el momento de su fallecimiento. En el décimo año de la hégira musulmana, es decir, en 632 de la era cristiana, Mahoma proclamó sucesor a su yerno Alí. Si hubiese tenido un hijo varón como heredero, quizá todos le hubieran aceptado, pero un yerno no es lo mismo, de modo que un importante número de fieles no aceptó a Alí y proclamó otro califa, palabra que en árabe quiere decir «sustituto» o «representante», y que desde entonces designaría al dirigente máximo del islam.

No vamos a detallar el complejo cuadro de guerra civil que conmovió al islam en aquellos sus primeros tiempos. Alí murió asesinado, y su hijo Hussein también «sufrió martirio», según la terminología de sus partidarios. Precisamente este nombre, «partidarios», fue el que adoptaron los seguidores de Alí y Hussein (el hijo de Alí), pues «chía» en árabe significa «facción» o «partido», y de ahí viene «chiita». En resumen: los chiitas perdieron la guerra civil, aunque nunca aceptaron la derrota, y ahí siguen dando guerra, aunque sean un sector minoritario del Islam, entre un 10 y un 15%.

El otro bando, el vencedor, adoptó el nombre de sunitas, porque además de venerar el Corán, el libro escrito por Mahoma por revelación divina, siguen las enseñanzas de la sunna, la colección de dichos y ejemplos de Mahoma. Como ganaron históricamente la confrontación, son aplastante mayoría —entre el 85 y el 90% de los musulmanes— y han mantenido la unidad básica a pesar de que haya distintas escuelas teológicas. Los sunitas se consideran a sí mismos la ortodoxia musulmana. 

Los sunitas ven a los chiitas como unos herejes, e incluso les acusan de lo mismo que a los cristianos, de idólatras. Todos los años los chiitas celebran la Ashura, es decir, el martirio de Hussein, hijo de Alí y nieto de Mahoma, muerto en la desigual batalla de Kerbala. Alí, acompañado de 71 familiares y amigos, se enfrentó en el año 680 a un ejército de miles de hombres, y naturalmente los 72 fueron masacrados. Cualquiera que haya visto las procesiones que conmemoran la pasión de Hussein en Irak o Irán, se habrá acordado de la Semana Santa andaluza, con lo que la acusación sunita tiene cierto fundamento. 

Los chiitas no solo eran menos y perdedores, sino que desde el principio tuvieron una tendencia a dividirse en fracciones, lo que sin duda contribuiría históricamente a la gran distancia entre el poderío sunita y el chiita. Solamente una vez en la historia los chiitas alcanzaron la hegemonía en un gran territorio islámico: el califato fatimita de Egipto, que duraría casi 200 años, entre los siglos X y XII. En su momento de máxima extensión abarcaba desde la península arábiga por el este a Marruecos por el oeste, incluyendo incluso la isla de Sicilia. En el siglo XII sufrió una rápida decadencia, quedando reducido prácticamente a Egipto, hasta que el mismo Egipto fue conquistado y los fatimitas sustituidos por una de las grandes figuras del Islam, el sultán Saladino.

Eso sucedió en 1169, y pasarían ocho siglos antes de que volviese a haber un estado chiita poderoso en el mundo: la República Islámica de Irán.

La revolución iraní

Irán siempre ha sido el núcleo duro del chiismo: cerca del 90% de su población sigue esa religión. Sin embargo, el peso político de Persia cuando las potencias europeas se repartieron Asia nunca fue importante. Durante los años iniciales de la Guerra Fría, en 1953, Estados Unidos alentó un golpe de Estado militar en un país que no solamente tenía grandes reservas de petróleo, sino que era fronterizo con la Unión Soviética, el obstáculo geográfico para que los rusos se asomaran al Índico. El general que tomó el poder se proclamó sah, y su hijo Reza Pahleví instauró una monarquía de opereta que se pretendía descendiente de Ciro el Grande. El país alcanzó un notable desarrollo económico, las clases urbanas se occidentalizaron, en política exterior se seguían los dictados de Estados Unidos y la oposición política era duramente reprimida.

Para sorpresa de todos, especialmente de Estados Unidos, el régimen del sah cayó en 1979 como un castillo de naipes, cuando unieron sus fuerzas la izquierda, con un poderoso Partido Comunista, y la religión chiita, dirigida por un clero jerarquizado —algo que no existe entre los sunitas— que seguía las órdenes de un carismático líder exiliado, el ayatolá Jomeini. Un nuevo factor político entró en la escena mundial y el fundamentalismo islámico, encarnado en la República Islámica de Irán, pronto se libró de sus compañeros de viaje comunistas. En 1988, Jomeini ordenaría la ejecución de los prisioneros políticos, lo que supuso unos 30.000 asesinatos de opositores (Amnistía Internacional documentó 4.500 ejecuciones en las cárceles iraníes).

No es que la República Islámica se convirtiera en una amenaza para Estados Unidos y los intereses occidentales, es que directamente y desde el principio agredió a Estados Unidos. Cuatro días después del triunfo de la Revolución, el 4 de noviembre de 1979, los estudiantes islámicos asaltaron la embajada norteamericana y secuestraron a 55 diplomáticos, que mantuvieron como rehenes durante año y medio. Arabia Saudí y los Emiratos petrolíferos, países sunitas, pero con una débil demografía y con minorías chiitas potencialmente conflictivas, también se sentían amenazados. Había que neutralizar ese peligro, y se formó una alianza secreta en la que Estados Unidos pondría las armas, las monarquías del petróleo el dinero, y la República de Irak los soldados dispuestos a invadir Irán y quedarse con sus territorios petrolíferos.

La elección de Irak como ejecutor de aquella Primera Guerra del Golfo era en realidad paradójica, porque Irak es el país más chiita del mundo después de Irán, con un 55% de población chiita. Sin embargo, el poder absoluto estaba en manos de la minoría sunita, representada por Sadam Hussein y el partido Baas, que con su laicismo pretendía disimular la tensión entre sunitas y chiitas, siempre presente en Irak. El 22 de septiembre de 1980, un bien armado ejército iraquí invadió Irán. El presidente Reagan envió a Bagdad a Donald Rumsfeld, exsecretario de Defensa, para darle ánimos a Sadam Hussein. Curiosamente, Rumsfeld volvía a ocupar la cartera de Defensa en 2003 cuando Estados Unidos invadió Irak y derribó el régimen de Sadam Hussein.

Todos pensaban que la invasión iraquí sería un paseo militar, dada la desorganización que reinaba en los primeros momentos de la Revolución iraní, pero la agresión extranjera sirvió de catalizador e hizo que la población cerrara filas con el gobierno de Teherán. Lo que iba a ser una operación quirúrgica para extraer el tumor de la República Islámica se convirtió en una guerra de desgaste de ocho años, en la que al final Irak estuvo a punto de tirar la toalla. Irak tuvo que retirarse de todos los territorios invadidos y el régimen de los ayatolas salió tremendamente fortalecido. Fue tras esa victoria militar cuando Jomeini ordenó fusilar a los presos políticos, pensando que podía hacer lo que quisiera en Irán, lo que resultaría cierto.

Y un detalle que parecería menor ante el conflicto que hemos descrito. Irán había sido, junto con Turquía, el primer país musulmán en reconocer diplomáticamente a Israel, en 1950. Pero una de las primeras decisiones de la Revolución iraní fue el cierre de la embajada israelí en Teherán. En aquel lejano 1979 se había dado el primer paso hacia la actual crisis.

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