The Objective
Historias de la historia

La estirpe de Alí (y 2)

La dicotomía entre sunitas y chiitas ha estado en las guerras más importantes de Oriente Próximo del último medio siglo

La estirpe de Alí (y 2)

Derribo de una estatua de Sadam Hussein en Bagdad.

El tercer país más importante del mundo chiita es Siria. Está muy lejos de las grandes naciones de la estirpe de Alí, Irán e Iraq, que son mucho más grandes, más pobladas e infinitamente más ricas que Siria, que no tiene petróleo. Además, los chiitas, mayoritarios en Irán e Iraq, son minoría en Siria.

Por esas paradojas que se producen en Oriente Próximo, la debilidad demográfica de los chiitas sirios no les ha impedido detentar el poder en su país durante más de medio siglo. En 1970, un joven general de aviación llamado Háfez al-Ásad dio un golpe de Estado militar. Ásad estableció una dictadura familiar, otra característica de esa región del mundo, y se apoyó en la minoría religiosa a la que pertenecía, los alauitas, una de las múltiples sectas en las que se divide el chiismo.

La situación del país en el último tercio del siglo XX era idéntica a la de Irak, aunque invertida, como si fueran el positivo y el negativo de una imagen. En Irak, donde había mayoría de población chiita, monopolizaba el poder la dictadura familiar de Sadam Huseín, apoyándose en la minoría sunita. Para hacer más extravagante el paralelismo, tanto Sadam Huseín como Háfez al-Ásad proclamaban seguir la misma ideología, el baasismo, un movimiento nacionalista panárabe, laico y socialista, y se acusaban mutuamente de haberla traicionado. En realidad, la única ideología de los dos dictadores era monopolizar el poder.

La historia de Oriente Próximo ofrece estos ejemplos de minorías religiosas que se hacen con el control de sus países. Es el espíritu de supervivencia lo que las estimula, porque las minorías siempre están amenazadas de extinción en esas latitudes. De hecho, el gran problema en la zona, el Estado de Israel, es una manifestación de ese fenómeno, pues los judíos son una ínfima minoría en la región y, sin embargo, son los que mandan sobre todos sus vecinos.

Pese a su debilidad, durante el último medio siglo, Siria se convirtió en un actor importante en el juego de poderes de Oriente Próximo, como una especie de vicario de la gran potencia regional; una avanzada iraní que se asomaba al Mediterráneo y tenía frontera con Israel.

La entrada de Siria en este juego se produjo en 1976, cuando su ejército intervino en Líbano como «fuerza pacificadora». En 1975 comenzó un conflicto en el Líbano por el enfrentamiento de un grupo nacionalista cristiano, la Falange Libanesa, y milicianos palestinos. En un país donde se reconocían 17 comunidades étnico-religiosas distintas —sin contar a los refugiados palestinos—, el precario equilibrio de poder que hacía del Líbano un lugar próspero y atractivo se rompió. 

La guerra civil libanesa duraría 17 años y no podemos resumirla aquí, pero lo que nos interesa es que Siria ocupó hasta 2005 mucho territorio en el este del Líbano, llegando a veces a los barrios periféricos de Beirut. El ejército regular sirio, especialmente su potente artillería de escuela soviética, intervino repetidamente en los combates con una fuerza desmedida: un bombardeo que alcanzó la Embajada de España, matando al embajador Arístegui en 1989. Y bajo el paraguas sirio se potenció a la comunidad chiita libanesa, tradicionalmente marginada, convirtiéndola en un eficaz agente de Irán. Así surgiría la milicia chiita proiraní Hezbolá, literalmente «el Partido de Dios», no solo la fuerza militar más importante del Líbano desde hace años, sino la única capaz de plantarle cara al ejército israelí en encuentros pasados.

La caída de Sadam Huseín

En ese juego de alianzas y hostilidades alternas —característico de la geopolítica en Oriente Próximo—, Siria se convirtió en aliada de Estados Unidos en 1990. Fue cuando Sadam Huseín tuvo la mala idea de invadir Kuwait y anexionarse uno de los productores de petróleo más ricos. Los iraquíes conquistaron el emirato en un paseo militar, y todo el mundo pensó que Arabia Saudita sería el siguiente objetivo de Sadam Huseín.

Estados Unidos reaccionó inmediatamente enviando sus fuerzas armadas a Arabia Saudita, a la vez que las diplomacias de Washington y Riad ponían en marcha una auténtica coalición mundial. Con una debilitada Unión Soviética que vivía sus últimos días bajo Gorbachov, y en una época en que China todavía no tenía peso mundial, 42 países respondieron al toque de corneta de Estados Unidos para contribuir a la coalición militar. La más estrambótica fue la de la República de Níger, uno de los países más pobres e inoperantes del mundo, perdido en el desierto entre Nigeria, Malí y Argelia.

Pero el huésped más inesperado de aquella coalición sería Siria, estrecha aliada de Irán, que proporcionaba a Rusia las que serían sus últimas bases en el Mediterráneo. Así, mientras Sadam Huseín pasaba de aliado de Estados Unidos contra Irán (véase La estirpe de Alí en Historias de la Historia, THE OBJECTIVE, 15 de marzo) a enemigo público número uno, Háfez al-Ásad tuvo una breve luna de miel con Washington.

La contribución militar siria no sería simbólica, como la de la mayoría de los 42 países de la coalición: ofreció una división completa del ejército. Pero las fuerzas sirias no se estacionarían en Arabia Saudita, desde donde las fuerzas terrestres de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia lanzarían la operación Tormenta del Desierto, sino que se desplegaron a lo largo de la frontera sirio-iraquí, convirtiéndose en una amenaza para la retaguardia de Irak.

La segunda guerra del Golfo tuvo un acento chiita cuando esta comunidad se levantó contra Sadam Huseín y su dictadura sunita en Basora. Esta ciudad es la segunda de Irak y salida estratégica al golfo Pérsico, con una población mayoritariamente chiita. Los sublevados esperaban que los estadounidenses, que estaban a pocos kilómetros, vinieran a apoyar su liberación, pero no fue así. Bush padre, que había sido director de la CIA antes que presidente, comprendía la complejidad de Oriente Próximo y no quería alterar los equilibrios derrocando a Sadam Huseín.

Los americanos se limitaron a reconquistar Kuwait y a destrozar la potencia militar iraquí, pero no fueron a Bagdad para derribar el régimen, ni a Basora para ayudar a los chiitas. El resultado es que la mayor concentración de víctimas de aquella Guerra del Golfo fue entre la población chiita del área de Basora, duramente reprimida por la Guardia Republicana de Sadam Huseín.

Una década después, el presidente Bush hijo, que carecía de la perspicacia de su padre, le enmendó la plana. Embaucado por su vicepresidente Cheney, que representaba los intereses de las multinacionales del petróleo y la industria bélica, invadió Irak en 2003 y derribó al régimen de Sadam Huseín, que sería ahorcado. Aquello desató el caos en la región, y propició que los chiitas de Iraq se convirtieran en la primera fuerza del país.

Como reacción a esa súbita expansión del chiismo aliado de Irán, Arabia Saudita respaldó la aparición del Estado Islámico, un movimiento fundamentalista sunita de extraordinaria crueldad, que sembró el terror en Irak y Siria.

El presidente y premio nobel de la paz Obama Paz, también se dejó embaucar, en su caso por Arabia Saudita, para derrocar la dictadura de los Assad en Siria. En 2011, animada por Washington y Ryad, comenzó una rebelión de la mayoría sunita de Siria, provocando una terrible guerra civil de 13 años, con millones de refugiados «invadiendo» Europa. En 2024 finalmente Bashar ea-Ásad, hijo y heredero del instaurador del poder chiita en Siria, tiró la toalla y abandonó el país. La guerra civil terminó oficialmente, pero no la violencia, pues el nuevo régimen sunita de Damasco tiene muchas cuentas pendientes con los chiitas.

La estirpe de Alí parece destinada a lidiar siempre con un hado violento.

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